Ilustración de © Estefanía López.

Ilustración de © Estefanía López.

 

«Abuelo… ¿de verdad crees que existen?»

Lo había visto muchas veces en las películas y había pensado sobre ello en bastantes ocasiones. Pero aquello, lo que sucedió el verano del ochenta y ocho, ella, esa mujer, me hicieron replantearme mi conducta caprichosa y altanera con la vida. Sostenía que el karma y la reencarnación, los ángeles y los seres especiales e invisibles formaban parte de esas chorradas adheridas a una new age hortera y pasada de fecha. Yo solo creía en lo que podía ver, oler, tocar, escuchar… y sentir, aunque sonara paradójico, me consideraba una persona en extremo sensible.

Todo, absolutamente todo lo que ocurrió aquel día, parecía producto de una ensoñación, de un duermevela agitado con tintes de pesadilla…

Siréngelas…

La pertinaz canícula de primeros de agosto nos mordisqueaba la voluntad…, varias noches durmiendo a saltos derretía las mejores intenciones. Pese a todo, planeamos un día de playa con nuestra pequeña. A nosotros nos gustaba el mar, pasear por sus ecos y fundirnos con sus caracolas al atardecer, cuando el griterío cedía su protagonismo a los románticos. Sin embargo, desde que había nacido nuestra hija, no nos quedaba más remedio que sumergirnos sin escrúpulos en los ardores de una arena masificada, marcada a fuego por un arcoíris de sombrillas protectoras.

Carina llevaba en brazos a la niña y yo… todo lo demás: una bolsa playera que casi parecía una maleta y nuestro súper paraguas solar. Un equipaje pesado para un día denso, infestado de pensamientos reptilianos. Carina quería tomar un atajo para llegar antes. Pero yo prefería la bajada de siempre: escaleras anchas y seguras. Discutimos y nos separamos. Ambos senderos se situaban a los extremos de la playa dividiéndola en dos partes, peinando una raya de escurridizas y peligrosas rocas marinas en medio de ambas. Cuando la marea estaba más alta de lo normal, dificultaban en extremo el paso de un lado a otro de la playa. Por supuesto, yo cruzaría aquel sendero rocoso para llegar hasta mis chicas.

Me lo tomé con calma. Las espadas solares, casi con la misma rapidez que la diestra de un ninja, se encargaron de tajar el sulfuro del enfado. El mercurio no daba tregua. Me parecía que con cada escalón que descendía el calor era cada vez más asfixiante. Antes de aventurarme en mi cruzada particular entre peñascos para encontrar a mi familia, decidí paladear una buena copa de cerveza. El chiringuito, muy cerca ya de la playa, lucía al completo. El delicioso líquido ámbar calmando la resequedad de mi gollete se evaporó con la misma premura que las gotas de los bañistas, que en aquel momento salían del agua con mohines risueños y satisfechos.

Aquel día la marea se paseaba algo subida de tono dificultando la caminata entre las escarpadas rocas. Después de acicalarme un sudor insistente y pegajoso que casi me impedía pensar, me calé de nuevo mi gorra color sandía. En mi cabeza se activó el piloto automático que me ponía en modo «lagartija»:

Solo tienes que llegar a la otra parte de la playa para tumbarte…, y no pensar en otra cosa que baños y más baños de mar y sol, vuelta y vuelta… Nada más…

Comencé a sortear los escollos rocosos. La bolsa playera y la sombrilla pesaban más que otras veces y el esfuerzo empezó a hacer mella en mi ánimo. Con cada paso intentaba alentarme, seguir, no parar…

Entonces la vi, casi a la mitad de mi recorrido, encaramada en el peñón más alto. Me pareció una mujer extraña. No se distinguía por su belleza; sin embargo, sus ojos me observaban desde una atractiva sonrisa. Debía bordear aquel farallón para seguir mi camino. De pronto, tuve la certeza de que conocía a esa mujer y de que todo lo que estaba pasando ya lo había vivido antes. Me acerqué hasta ella y con un sutil gesto de su cabeza me indicó que mirara varias rocas más allá. La cruz roja intentaba auxiliar a un hombre de mediana edad. El cuerpo inerte, flotando entre dos peñas, y la cabeza abierta de par en par con los sesos incrustados en uno de los mogotes. Un gran bolsón de playa, una gorra color sandía y una sombrilla se mecían y golpeaban su peso contra uno de los peñascos. Sentí ganas de vomitar. La curiosa sensación de haber vivido ya todo aquello cobró una fuerza inusitada inundando todo mi ser.

Ella se volvió de nuevo a mirarme y movió su cabeza repetidas veces en un gesto de negación… Supe con absoluta certeza, con claridad meridiana, que no debía seguir. Yo, que jamás había creído en mi instinto ni en el de nadie. Me despedí de la mujer y volví sobre mis fatigados pasos. Me giré de nuevo para contemplarla y comprobar si los socorristas ya se habían llevado a aquel pobre hombre. El canchal seguía en su sitio, pero en el risco más alto ya no estaba ella. Tampoco quedaba ni rastro de aquel fatídico accidente que hacía tan solo unos minutos había observado con mis propios ojos. Salvo que fueran los seres humanos más rápidos del planeta, incluso, más que Superman, pensé que estaba dentro de una funesta pesadilla, una especie de sueño premonitorio del que me iba a despertar tarde o temprano. Pero eso no sucedió…

Desde el chiringuito, con una copa bien fría de cerveza sobre la mesa, esperé. Todavía me dio tiempo de tomar otras dos antes de ver aparecer a Carina con la niña y de lanzarse a mi pecho para fundirnos en un abrazo que, hoy, recuerdo interminable…

Averiguamos que la gente de aquellos lares creía en las siréngelas, una especie de ninfas marinas con alas para volar y branquias para respirar bajo el agua. Estos curiosos seres, mezcla de ángeles y sirenas, se dedicaban a recordar a los bañistas su inconsciencia estival y a alertarles de posibles peligros playeros. También cuidaban de los navegantes en altamar.

En aquella época no disponíamos aún de teléfonos móviles, pero sí de suficientes agallas e intuición como para vivir un «colorín-colorado» aceptable. O quizás todo ocurrió como debía ocurrir. No había nada que temer, ningún cabo suelto que plantearse o atar…

«¡Claro, cariño, por supuesto que existen!»

 

Palabras desde mi luna
Mar SolanaMar Solana

Blog de la autora
Colaboradora de Canal Literatura en la sección «Palabras desde mi luna»

 


 

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