El cíclope. Por Rubén Castillo

El cíclope

 

el cíclope

La historia es bien conocida desde que Homero nos facilitó la secuencia en su monumental obra La Odisea: Ulises retorna de la guerra de Troya y se dispone a instalarse de nuevo en su isla de Ítaca; pero algunos dioses, que mantienen frente a él una actitud beligerante y vengativa, han decidido impedir esa vuelta. Y el pobre barco de Ulises, tripulado por sus más fieles guerreros y capitaneado por él, se convierte en un juguete para Poseidón y Eolo. En una de las ocasiones en que tocan tierra se encuentran con el cíclope Polifemo, gigante de un solo ojo y costumbres antropófagas bastante incómodas, que decide comerse a todos los nautas uno detrás de otro… hasta que el astuto esposo de Penélope descubre la forma de impedir su sangrienta fechoría.
En la formulación dramática que Eurípides tituló El cíclope (que leo en la versión de Juan Antonio López Férez) nos encontramos con una variante de esta historia, en la que Sileno, un sátiro al que el gigante mantiene secuestrado y usa como apacentador de sus rebaños, intenta vender queso y carne a Ulises a cambio de vino. Descubierto, alegará que el rey de Ítaca intentaba obtener esos productos haciendo uso de la violencia. Ulises, rebelándose contra esa versión y temiendo la ira del engendro, le pide respeto en nombre de los dioses. El cíclope desgrana ante él el discurso quizá más interesante de toda la obra, en el que resume su forma de ver la existencia (“Beber y comer cada día, eso es Zeus para los hombres sensatos. Y, además, no afligirse por nada. Y a los que dispusieron las leyes complicando la vida de los humanos, los mando a paseo”).
La comicidad de algunos instantes de la pieza (con alusiones sexuales y priápicas incluidas) adereza el conjunto hasta fundir humor y dramatismo en una mezcla admirablemente equilibrada.

Rubén Castillo

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