Ilustración de © Estefanía López.

Ilustración de © Estefanía López.

«Sólo hay dos fuerzas en el mundo, la espada y el espíritu. A largo plazo, la espada siempre será conquistada por el espíritu.» Napoleón Bonaparte

 

«La violencia, la fuerza dominadora, el maltrato físico o psíquico o la mala baba, ni se pueden justificar en modo alguno, ni se puede permitir venga de donde venga. El “ahora que se jodan ellos” no nos vale porque tanto las palabras como el sentimiento al que pueden remitirnos sólo nos lleva a la parte más oscura de nosotros mismos.» Ana M.ª Tomás. Escritora y articulista de La Verdad.

 

«Ay que ver, cómo cambia todo», decía mi abuela. Y si levantara la cabeza vería que los cambios son condición sine qua non al giro terrestre, salvo que hoy la velocidad es vertiginosa; eso sí ha cambiado. Y nuestra actitud. En los tiempos de mi abuela «felicitar» era un verbo que casi siempre los conducía al entusiasmo de celebrar sin contemplaciones. Ahora felicitas la Navidad y te contestan con un gruñido. Y que no se te ocurra recordar la onomástica a alguien que detesta cumplir años: te puedes llevar un buen zarpazo. Parece ser que en esta época agresiva y mediática han prescrito algunos plácemes. Hasta celebrar nos enfrenta. «Qué pena…», hubiera dicho mi abuela.

Esta semana me obsequiaron con una buena arenga por felicitar a una compañera en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. «Que no. No me felicites por ser mujer, que no estoy para fiestas…», así comenzaba la perorata de tinte sindicalista que me dejó con un resabio parecido a cuando te explota una bomba fétida. Me sentí como si me hubieran escupido en plena jeta a cambio de un gesto amable. Menos mal que la mayoría de mis mujeres-amigas me devolvieron un corazón latiendo.

Y es que una felicita porque se siente orgullosa de tener una profesión unisex y encima poder ejercerla con libertad. Mi abuela no tuvo esa suerte. Era modista y, cuando se casó y comenzó a tener retoños, se acabó lo que se daba; los pespuntes, la aguja y el hilo quedaron relegados a los remiendos domésticos.

Esta soflama, de forma casi imperceptible, calificaba de machistas a las mujeres que celebramos este Día. Somos unas traidoras, el sexo femenino-débil-sumiso que encima pulula por el bando de los seres primitivos: los hombres, esas criaturas que nos hacen la vida imposible y que encima son el sexo masculino-fuerte-dominante, en general. Por lo visto «son todos iguales», así, a pelo, sin una reflexión o un acto de consciencia sobre el gran número de particularidades que existen. Y claro, el lobo siempre será el malo si solo escuchamos a Caperucita. «Eso es así, nena», hubiera apostillado mi abuela.

John Frederick Boyes descubrió que «La violencia en la voz es a menudo la muerte de la razón en la garganta.» Y es que, muchas veces, la agresividad verbal mantenida a lo largo del tiempo también es muy dañina y no soluciona lo que pretende.

En la época que vivió mi abuela ya existían cafres que asesinaban a sus mujeres, o tipos sin escrúpulos que pulían sus egos a costa del menosprecio o de bombardear la autoestima de su compañera. ¿Qué ha cambiado? Nuestra consciencia, el hacernos cargo de estos abyectos episodios para que la ley caiga sin piedad sobre los salvajes. Pero, por desgracia, no es sólo nuestra comprensión de la gravedad de estos hechos detestables lo que ha cambiado: además ahora tenemos que convivir con unas cifras indecentes de cernícalos trogloditas que siegan vidas igual que rastrillan heno. O con los favoritismos machistas que en pleno siglo XXI siguen produciéndose en el mundo laboral… Y un largo etcétera, todo un recorrido histórico de rechazo, desprecios y violencia de género que comenzó mucho antes de que naciera mi abuela; quizás desde que el hombre conoce su condición de homo habilis.

«Está claro que la forma de sanar la sociedad de la violencia y de la falta de amor es reemplazar la pirámide de dominación con el círculo de la igualdad y respeto», argumentó sabiamente Manitonquat.

Hace tiempo le comenté a una compañera, a raíz de una reflexión suya sobre la violencia de género perpetrada en hombres, que no creo en los movimientos pendulares de tintes cainitas. No me subyugan para nada esas fuerzas fanáticas que sólo tiran para un lado, o que se ponen de parte de una de las partes (valga la redundancia) con el mazo listo para descogotar a la primera de cambio. Ya nos hemos percatado de que el ojo por ojo o el «arrieritos somos y en el caminito nos encontraremos» no nos libera de nada ni nos hace mejores; al contrario, nos sigue sometiendo a la tiranía de la violencia, esa que tan bien conecta con la parte más oscura de nuestro ser. No podemos construir los caminos del presente sobre los odios y animadversiones del ayer.

Decía mi abuela que los buenos consejos nacen del corazón, nos aportan sabiduría y nos acercan a la memoria de las personas que nos los transmitieron. Las monsergas pertenecen al territorio de las tripas y poseen una caducidad muy breve. Son especialistas en inocular esa tirria que acaba alejando posiciones en lugar de aproximarlas.

Es cierto que la violencia perpetrada en contra de la mujer durante siglos ha dejado y sigue dejando muchas víctimas. Que muchos tipos siguen en el Pleistoceno portando un ser acémila y caduco. Pero también existen hombres maravillosos, caballeros galantes de corazón sensible. Dispuestos a regalarnos su bondad y a recorrer juntos el camino destruyendo los mojones de la discriminación. Compañeros conscientes que saben proteger nuestra vulnerabilidad a sabiendas de que ellos también portan sus propias flaquezas. Príncipes capaces de pagar con su vida para rescatarnos de las garras del monstruo.

Muchas veces hablo con mi abuela y le pido consejo, una vez más:

—Oye, abuela… ¿Qué tal estaría eso de inaugurar en el calendario un día para hombres y mujeres, a la vez, los dos juntos? Hum… Podría ser algo así como: «El Día Internacional de Mumbre», el comienzo del final… Que sí, abuela, que ya lo sé… Pero es que Homjer suena a ujier, a asuntos aburridos y monótonos. Y el nombre es muy importante, abuela: debe transmitir la alegría de la celebración. Y Mumbre se parece a «cumbre», a algo elevado, a una conquista, a hombres y mujeres en la cima…

«Siempre te gustó inventar palabras, nena… Y una palabra nueva es como una flor recién abierta, capaz de dibujar su aroma en el gris azufrado de algunas trincheras…».

Entonces me acordé de cómo admiraba mi abuela a García Lorca, con su Poeta en Nueva York siempre en el regazo. Y pensé en cómo a veces la más ramplona de las chácharas puede lograr el efecto contrario y conducirnos por los creativos y fértiles senderos de la memoria.

¡Gracias abuela, Femenina-Grande-Creativa!Mar Solana

Palabras desde mi luna

Mar Solana

Blog de la autora
Colaboradora de Canal Literatura en la sección «Palabras desde mi luna»
marsolana@canal-literatura.com

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El Día Internacional de «Mumbre». Por Mar Solana, 9.7 out of 10 based on 3 ratings
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