Casi todos en el pueblo lo conocíamos. No era conflictivo. Llevaba una poblada barba que, probablemente, le haría aparentar más edad de la que tendría. Se sentaba en las escaleras del polideportivo o en algún portal cerca del mercado de abastos. Andaba bastante sucio y le acompañaba un perrillo. No pedía, ni aceptaba comida si ya había recibido, de algún alma caritativa, su ración diaria de sustento. Miraba el devenir de la muchedumbre desde unos diminutos ojos de trasgo como un duendecillo que hubiese sido extrapolado de su hábitat y tuviera que recabar información sobre las gentes de ese mundo al que alguna criatura superior lo había enviado.

Las gentes pasaban cerca de él,  la mayor parte de las veces, ignorándolo. Otros, los menos, se sentaban en algún momento junto a él y le ofrecían un cigarro. Me cuentan que alguna vecina solícita le entregó una manta. Y que otro joven le ofreció su casa para que pudiera asearse. Pero creo que pocos, por no decir ninguno, sabían adónde encaminaba su maltrecho cuerpo cuando llegaba la noche.

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Hace unos días, la noticia corrió de boca en boca como la pólvora: el mendigo había sido encontrado muerto en una nave abandonada. Al parecer llevaba más de un día sin vida. «Pobrecico. Es que estas noches está haciendo mucho frío…», decía alguno en tono conmiserativo.

Alguien comentó que todos los mendigos tenían un momento en el que podrían ser «recuperables» para la sociedad, tal y como acababa de ocurrir con Frederick Callison, de 42 años, que, tras perder su trabajo y su estabilidad familiar, vivía en las calles de Sacramento, California (EE.UU.) Se situaba a las puertas de un supermercado, sólo pedía comida y entregaba a todo transeúnte su currículo. Un buen día, uno de esos muchos receptores del currículo lo colgó en las redes sociales y el mendigo fue contratado en una pizzería.

En qué momento, me pregunté, un ser humano deja de ser «recuperable». ¿No será que la propia sociedad es la que está en fase de no recuperación?

«A ellos les gusta ir a su aire», decía otro, «prefieren pasar frío en la calle, pero sentirse libres, a dormir en alguna residencia y tener que plegarse a horarios o normas».

Recordé las palabras de Viktor E. Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco, padre de la logoterapia y superviviente de campos de concentración nazis: «Al hombre se le puede quitar todo excepto una cosa, la última de sus libertades: elegir su actitud frente a cualquier circunstancia, elegir su camino». ¡Elegir! Y, aunque no creo que nadie elija libremente vivir privado de lo más elemental, sí creo que, cuando han arrojado la toalla de la esperanza de poder ser «recuperables» –cómo resonó en mí esa palabra– sabe Dios para quién, entonces deja de importarles mantenerse limpios o sucios para una colectividad que puede que presuma de limpia, pero no cabe duda de que a ellos no los engañan.

Dormía en una nave destartalada y vieja a las afueras del pueblo. Y él, al contrario que Callison, no contaba su vida, ni su currículum laboral, ni las circunstancias que lo habían llevado a la situación que vivía. No importunaba jamás a nadie, casi se había mimetizado con el entorno. Era, simplemente, el mendigo de las escaleras del poli.

Mi padre siempre ha dicho que «No es pobre el hombre que no tiene un céntimo, sino aquel que no posee un sueño». Y durante muchos años, hasta que leí esa misma frase en un libro, pensé que era de mi padre, porque para él los sueños son el motor de la vida. Quién sabe si el mendigo del polideportivo, muerto en el deshabitado frío nocturno, era inmensamente rico en sueños. Quién puede saber si sentía lástima de los pobres ricos embutidos en recios abrigos que pasaban de largAna María Tomáso junto a él.

Tal vez, refugiado en el gélido hueco de una noche de febrero, observado por esas luces que se colaban por los desconchados de la uralita de la nave y que seguían brillando una vez que se apagaban esas otras de mentira, soñaba que encontraban algo perdido mucho tiempo atrás o soñaba «mapas que Ulises no habría comprendido jamás», o tal vez se soñaba protagonista del sueño de la mujer que una vez amó…

Me pregunto si fue consciente de que se moría en la soledad de una noche oscura. Esas noches tantas veces cantadas por los poetas. Esas noches en donde el alma de San Juan de la Cruz, «con ansias, en amores inflamada», salía sin ser notada… Quién nos asegura que no fue la oscura noche el vehículo que, «¡Oh, dichosa ventura!», lo «recuperó», salvo al fin.

Ana M.ª Tomás

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En una noche oscura. Por Ana M.ª Tomás, 10.0 out of 10 based on 1 rating