JaqueEn el barrio de Harlem Ground tienes el tiempo justo para coger tu arma y escapar por la escalera de incendios mientras tu madre se pregunta si volverá a verte con vida. Los chicanos te ofrecen peyote a plena luz del día, interrumpidos por los andares de una mujer que les obliga a exclamar un impúdico “¡Ay, mi jaina!” con la codicia de sus muslos llameando en las pupilas. Le dije a Brandon que se mantuviera al margen de los chanchullos de Johnny y sus muchachos. Le advertí de que casi siempre resulta de necios actuar a este lado de la ley y de que la mala fortuna gana con trampas en el cruce de Westford Park con Rockface Avenue.

Los pasillos del almacén estaban desiertos a aquellas horas de la mañana; el cargamento de los camiones que llegaban se vaciaba de madrugada y luego Johnny alquilaba un coche sin distintivos y de diésel eléctrico que lo llevaba a Todt Hill, donde un judío de Zaventem tenía un taller de pulido de piedras preciosas.

Probablemente hubiera algún celador rondando por allí pero resultaría bien fácil zafarse de él. “Me encanta el olor del serrín empapado de nitroglicerina.” Este es otro ritual más, investido de todas las solemnidades propias del resto. Hay que tomarse el tiempo necesario para calcular las dimensiones del objetivo y la cantidad exacta de dinamita, así como dónde colocarla para lograr el efecto máximo y sentir el dulce placer de apretar el cable del detonador siguiendo el compás que marca el latido en tu sien. Sin prisas. Entonces, todo se volatiliza y queda suspendido en el aire por un instante para después convertirse en la nada.

Salí corriendo a la calle y me alejé todo lo que pude de allí, con el vestido de novia todavía manchado con la sangre de Brandon. Unos cascotes salieron disparados y, tras realizar un arco en el aire, cayeron con gran estrépito sobre la cabina de una furgoneta aparcada frente a la barbería de Pete Tompkins.

Brandon, tuviste que dejarte matar precisamente aquella mañana. Con toda seguridad se debió a una ficción planificada por un grupo de malnacidos o quizás tú también lo tenías todo meditado. A lo mejor fue culpa mía, que no supe leerlo en el morado que sombreaba tus ojos con demasiada regularidad en los últimos tiempos y que pretendía transcribir tus errores y mis miedos. No sé si cuando Johnny movió ficha ya contaba con mi respuesta y me reserva otro mate aún peor que me cuesta imaginar. Nunca fui buena jugadora ni supe adelantarme a los movimientos y eso es algo que solías reprocharme aunque, al fin y al cabo, tampoco a tí te ha ido demasiado bien. Tal vez fuera cierto que a la tercera va la vencida, si no te hubieras quedado en la segunda. Brandon, llegué tarde y de casualidad, creo que porque olí tu sangre derramada en la acera. Tan solo me miraste como excusándote para no tener que escuchar mi presuntuoso “te lo dije” y descubrí la mano que me mostraba el anillo al tiempo que me susurraste: “Sí, quiero.” Después, abriste mucho los ojos y comenzaste a atragantarte.

No me importa si estoy haciendo justo lo que él espera que haga. Nadie le roba el protagonismo a una novia el día de su boda.

 Minerva Aventino

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Jaque a la reina. Por Minerva Aventino, 10.0 out of 10 based on 1 rating
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