AILANN JOY. Por Anita Noire


Ailann Joy se recuesta sobre la cama jugueteando con el hilo que se escapa del dobladillo de la falda. Lo enrolla con el dedo y tira de él con suavidad. Nunca ha sabido porque le pusieron un nombre tan poco femenino pero, con el tiempo, ha llegado a gustarle. Es lo suficientemente desconcertante como para llamar la atención de cualquiera, rotundo, como ella.

Enciende un cigarrillo aunque sabe que no le gustará y tendrá que vencer la inicial resistencia a besarla en la boca. Agita la mano intentando dispersar el humo como si el aliento cambiara con ese simple gesto.

El rumor de las olas se desliza por la ventana entreabierta, y una brisa ligera mece una cortina escasa. Ahora que ha llegado septiembre, apenas hay nadie en la playa y el graznido de las gaviotas se convierte en el escandaloso acompañamiento de una tarde de final de verano.

Se cubre las rodillas con la rebeca que ha dejado a los pies de la cama al llegar, y comprueba, una vez más, la hora en el reloj. El tiempo es una medida relativa que controla unas manecillas que se mueven a una velocidad caprichosa, contraria a su necesidad.

Algo discreto, fuera de la mirada impertinente de cualquiera con los que se pudieran cruzar. Así describió el lugar escogido. Le había dejado una nota junto a la correspondencia por clasificar y fue así, de ese modo tan corriente y vulgar, como durante semanas fijaron sus citas clandestinas.

Ailann Joy escondida tras unas oscurísimas gafas de sol, semana tras semana, recoge las llaves del mostrador de una recepción discretamente abandonada en cuanto cruza la puerta giratoria.

Se gustaron lo suficiente como para que esa aventura, nacida a principios del verano, se prolongara durante algunas semanas. Pero las cosas han cambiado y debe saberlo. No ha podido esperar y entre sus cosas, antes de salir, le deja una nota fijando el encuentro que ahora espera.

Reconoce el ruido de su Chrysler Town Coupe. De un salto se coloca frente al espejo, se alisa la falda y pellizca las mejillas buscando el rubor que el permanente mareo de los últimos días le ha robado a su piel.

Un golpe de viento cierra la ventana y el mar brama implorando calma.

No queda nadie en el aparcamiento, las gaviotas chillan con vehemencia. Es el otoño.


Anita Noire
Blog de la autora

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