J. mira sereno pero estoico, con la barbilla elevada igual que un faraón de alguna colección egipcia inacabada, probablemente comenzada en una época de paso como septiembre o enero, mira (decía), al nuevo subarrendador del quiosco de la esquina, ésa donde confluyen tres líneas eléctricas, cuatro tuberías de saneamiento y algún que otro semáforo. La mirada de J., desafiante aunque honesta, se mueve mientras que su propio cuerpo se mueve también, por iniciativa de una fuerza extraña que le hace alejarse de ese quiosco totémico, a lo largo de la acera levantada y de nuevo tapada por las últimas obras en la ciudad. La mirada se mueve para mantenerse inprimada sobre la mirada del quiosquero, que también le mira ahora como diciendo yo-no-puedo-hacer-nada-más, mientras el padre, de paternidad reprogramada, desintoxicada, reclasificada como no conflictiva, se repite a sí mismo ‘debes decir no’ una y otra vez, una y otra vez. J. compara en este mismo momento, en el que su padre se cruza y esquiva el hombro de alguien que ha amado y odiado en la misma semana y habitación de hotel, compara (decía), la altivez de su cabeza con la fuerza que ha secuestrado sus movimientos, para después echarse a llorar, como si su destino fuese un motor de compresión impulsando el circuito de sus lágrimas.
Los cromos de la discordia son de marca-imagen Panini, ahora aglutinada en el holding de Marvel Entertainment Group, en este momento exacto participado por inversiones privadas, tan privadas que no han de aparecer en el presente folleto.
Stoichkov no ha aparecido en ninguno de los tres sobres que el padre ha comprado a J., en serie no repetida de sensaciones de alegría-condescendencia-arrepentimiento en el quiosco totémico de la esquina concurrida.
V. sí ha visto pasar por la mesa de formica esmaltada de su despacho varias veces la tez tensa y oscura del carismático jugador. Suponemos, solamente por otorgar un grado-red al microrrelato, por intentar colocar entre las orejas del ávido lector una fórmula matemática inviable por compleja, que una de esas tuberías comunica, pongamos, el quiosco y la oficina de V. Más sencillo parece, sin embargo, conectar ambos puntos de la megalítica y horriblemente distribuida ciudad mediante un camión de reparto contratado por Marvel Entertainment Group, que puntualmente martes y viernes, deja nuevo material de coleccionismo moderno en esa y otras esquinas, con quiosco incluido.
En su despacho V. selecciona y maqueta cromos de la colección de la temporada 1992-1993 de la Liga de Fútbol Profesional. Observa los datos de demanda elaborados por él mismo semanas atrás, justo dos meses después de la primera distribución de la colección, en colegios y parques de la zona, que lo llevan a un nuevo resultado del análisis matemático concreto que alterará las proporciones de cromos en circulación, para supravalorar los tres ejemplares con el rostro agitanado aunque casi plástico de Stoichkov que V. guarda bajo su mesa, y que podrá intercambiar en trueque por prácticamente lo que desee un martes o viernes cualquiera, en un patio o parque cualquiera, después de que el azar haya cumplido con su cruel trabajo y los ojos de J. y sus enemigos en la lucha por el cromo creen un vínculo indestructible, de una sustancia entre metálica y gelatinosa cual médula ósea urbana, que atará por la cintura y la entrepierna a todos los niños con el hombre que los visita con cromos, al trabajador del quiosco y a todos los padres ciegos de serenidad, y que rodeará el quiosco totémico una y otra vez, una y otra vez hasta impedir que abra y provocar que no pueda competir con los grandes quioscos de la plaza, mientras que J., ya hecho hombre y apostado en una cola infinita de hombres sin rostro, con la mirada perdida y un fajo de formularios a modo de nuevos cromos entre los brazos cruzados, esboza una sonrisa cuando recuerda la visión onírica del cromo de Stoichkov tocando su mano, otorgándole una fuente de luz que eliminaba sus entrañas y extremidades, haciéndole volar por encima de los cúmulos y perder la referencia del horizonte, un cohete de luz hacia el cielo, un cromo supersónico sin billete de vuelta, un trampolín hacia el superhombre de Nietzsche, en resumen: una fotografía de su espíritu que le llevó donde ningún hombre, incluido él mismo, volvería a estar jamás.

©Toño Rodríguez

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