tortilla de patatasLo sé. Es un lema algo abrupto. Y con él no me refiero solo a que tropecemos una y otra vez en las mismas piedras hasta el punto de encariñarnos con ellas y no aprendamos de lo que se nos dice (con mejor o peor intención, eso es lo de menos), sino a que, simplemente, no consentimos en que nadie nos enmiende la plana.

Pongo dos ejemplos; el primero de ellos, literario, que para eso estamos en el Canal.

A principios del año pasado gané un premio en Perú, modesto, pero que a mí me subió la moral. Los relatos premiados fueron publicados, junto con los finalistas, en un libro muy pulcro en el que el editor puso todo su empeño.

Y lo sé porque mantuve durante esa fase de preparación una fluida correspondencia con él y su equipo, quienes no solo enviaron varias pruebas, sino comentarios y sugerencias que verdaderamente enriquecían el texto.

Pues, según me confesó meses después, muchas fueron las quejas recibidas por esas «intromisiones», especialmente de este lado del charco (lo que viene siendo España), donde parece que todos, en esto de escribir, nacemos sabiendo.

Cuento esto porque no es la primera vez que lo escucho y que lo experimento en mis propias carnes. Nos cuesta trabajo aceptar que nos hemos equivocado. O, simplemente, que podríamos haberlo hecho mejor.

Y enlazo con el segundo ejemplo.

De un tiempo a esta parte (bueno, en realidad, de toda la vida), sospecho que mi empleada del hogar se columpia, no solo en el sentido de que ha descendido mucho la calidad de su trabajo, sino de que miente más que habla.

Ella sabe que, si me pide faltar alegando cuestiones médicas, no puedo decir que no (sería yo poco humana, aparte de absolutamente divina), pero creo que a veces sus males y los de su familia son como los de Molière: imaginarios. Entre otras cosas porque no he conseguido que traiga a casa un solo parte de baja, cosa que yo tengo que hacer en mi trabajo cada vez que falto. (Aunque, ahora que recuerdo, no lo hago desde que nació mi hija pequeña, y de eso ya han pasado quince años.)

Pero lo que voy a contaros es mucho más gracioso.

Un día en que ninguno íbamos a almorzar a casa le pedí que dejara hecha una tortilla de patatas para la noche. No me digáis que engorda, que ya lo sé (a mí tampoco me gusta que me corrijan: no iba a ser menos); pero fundamentalmente era por necesidad de, como decimos por aquí, «darle salida al producto», esto es, porque sobraban patatas y huevos y era la receta más apetitosa que se me podía ocurrir.

Por la noche, cuando fui a echar mano del plato, me di cuenta de que el horno estaba ocupado por una de esas tortillas que se compran envasadas al vacío. Y lo supe enseguida no solo porque aún brillaba la superficie, recubierta hasta hacía poco por un plástico protector, sino porque podía seguir contando en la despensa el mismo número de patatas y de huevos que tenía por la mañana y de los que quería a toda costa deshacerme.

Mi marido, con toda su guasa, le puso precisamente un wasap con el texto: «Con lo buena que te salen las tortillas y me he tenido que tomar una de paquete». Cuál no fue su sorpresa cuando contestó que sí, hombre, que por supuesto que la había hecho ella, que había comprado huevos (otros huevos) y que había utilizado unas patatas (fantasmales) que guardaba en algún compartimento oculto del frigorífico que ninguno de nosotros conoce. Pero el caso es que, por mucho que buscamos las mondas y los cascarones que probaran la ejecución real de la tortilla, no los encontramos ni en la bolsa de la basura ni en ningún rincón del piso. Lo mejor de todo es que aún sigue manteniendo la autoría de la misma, igual que otras muchas cosas en que ni el mejor abogado defensor se pondría de su parte.

En fin, cualquiera dirá que son tonterías, pero ¿tanto cuesta reconocer algo tan fácil como que no había ganas de pelar tubérculos o que salió antes de casa sabiendo que no vendría nadie a mediodía?

Alguno me espetará: «¿Y por qué cuentas estas dos cosas en un portal literario?». Lo primero, lo de mi experiencia peruana, porque veo la necesidad de que quienes estamos aprendiendo seamos capaces de reconocer nuestros errores de principiantes y acoger los consejos con buen ánimo; lo segundo, para demostrar lo mentirosillos e imaginativos que somos los españoles e intentar sacar ventaja de ello, pues hay que reconocer que, con esos mimbres, ya tenemos un gran camino andado en el mundo literario: buenos ingredientes para contar historias, por muy inverosímiles que sean, y, por encima de todo, empeño para hacérnoslas creer.

Posiblemente solo nos falte, para alcanzar el éxito (el desparpajo y la valentía también los tenemos en medidas adecuadas), combinar ambos elementos en buenas proporciones: inventar farsas un poco más creíbles, pues la verosimilitud es necesaria incluso en el género fantástico, y aceptar de mejor grado las recomendaciones y las críticas para que lo que contamos, con más o menos acierto, quede mejor.

Aun así, sigo sin tener mucha fe. Para mí que esas dos cosas, en nuestro caso, que aceptemos las críticas y dejemos de mentir, solo podrán formar parte del tosco argumento de una novela (que igual, por qué no, podría llevarse a cine) del nunca bien alabado y casi siempre desprestigiado género absurdo de la ciencia ficción.

Elena Marqués

Dama Literatura 2013

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