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Al subir al autobús, Juan Torres (que por cierto trabajaba en una Notaría) se quedó como paralizado, perplejo, sin poder dar crédito a lo que estaba viendo. Aquel sujeto que se sentaba en el último asiento era igualito que él: el mismo color de pelo, la misma nariz, la misma boca, los mismos ojos. Hasta iba vestido de la misma forma, con un traje azul. Se aproximó hasta él, casualmente el asiento contiguo estaba vacío, y no pudo evitar dejar de mirarle durante todo el trayecto. No se atrevió a decirle nada, tan sor­pren­dido estaba. ¡Cuando lo contase a sus compañeros seguro que no le creerían! El otro individuo, sin embargo, no le prestaba atención, aún no se había percatado del asombroso parecido entre ambos.
Para mayor coincidencia, bajaron en la misma parada. Entonces, el otro se dio cuenta de que alguien le miraba con mucha atención, con descarado interés.
‑ Esto es sorprendente, ¿no le parece? ‑dijo nuestro hombre.
‑ ¿El qué es sorprendente? ‑replicó el otro.
‑ Nuestro parecido físico, nuestras ropas … ‑Juan Torres le miraba de arriba abajo para explicárselo‑. Parecemos dos gotas de agua. Si no fuese porque es imposible, se diría que somos la misma persona. Nunca creí que tuviese un doble.

‑ Bah ‑señaló el otro, un poco malhumorado‑, si acaso el doble lo será usted. Yo me llamo Juan Torres, y trabajo en una Notaría no lejos de aquí. Y ahora, si tiene la bondad, no me moleste más que llevo mucha prisa.

© Juan Ballester

Recordando al autor desde su Blog 

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