Comieron perdices. Por Pilar Gorricho

 

Un relato en el que hablo de las relaciones dependientes de las parejas, sobre todo imperantes en la década de los setenta. Podrían ser mis padres los protagonistas de este relato, o los padres de muchas gente de mi generación.

Fue incluido en el número 9 de la revista Codal del Instituto de Estudios Riojanos, que se presentó el 19 de noviembre en Logroño.

Incluso la paz se puede comprar

a un precio demasiado alto.

Benjamin Franklin

Comieron perdices

Algunas mañanas traen consigo restos de otros amaneceres ya conocidos, donde nos percatamos de que estamos siempre unidos al cordón umbilical del vientre de la tierra y, como en una lavadora de estrellas muertas, volteamos al son de nuestro destino. Flora miraba ensimismada hacia el horizonte y el río donde unos patos chapoteaban ajenos a la desgracia por la ventana del tanatorio donde unos minutos antes habían colocado el cadáver de quien había sido su esposo desde que aquel 8 de agosto decidiesen darse el «sí quiero» en Pola de Laviana, un pequeño municipio de la cuenca minera asturiana de donde ella procedía.

Había sido una boda modesta, así, como la vida que ambos vivieron durante los años sesenta cumpliendo el precepto y multiplicándose (como conejos) según una paisana del pueblo que tuvo a bien dar lecciones a Flora de cómo detener ese desatinado modo de hacer niños, explicándole que ella con su marido practicaba la marcha atrás, que era «mano de santo» bueno… algún susto que otro, pero no tomas esos venenos de las jóvenes de la capital que dicen que te sale pelo por to el cuerpo.

Paco y Flora tenían cuatro hijos que ahora rodaban los treinta y cuarenta años de edad, y dos de los cuales vivían en Zamora, al lado de la modesta casa del matrimonio, lo que permitía a la prole tener de canguro a la abuelita Flora.

Los otros dos habían volado del nido familiar en cuanto les salieron esas alas que salen a los agraciados con la suerte de quien con la salud y la juventud es bendecido. Pero a menudo regresaban a controlar las perdices de este cuento que seguramente tendría un final feliz augurado por la vida austera, controlado por las expiaciones y los iconos religiosos que poblaban las paredes de la humilde casa donde todo se sucedía con el beneplácito que nos regala la rutina, permitiéndonos vivir una existencia quizás no demasiado plena, pero ocultos de la muerte.

Un piso de protección oficial lograron; según decía Francisco, «gracias a que me dejo el pescuezo en esa puta fabrica». «¡Ay, que si no fuese por mí», gime mientras se sacude alguna que otra viruta de madera de los zapatos emitiendo una tos como un mascullar desde las tripas del mismo infierno que atronan el cuarto.

Paco y Flora poseen ese piso y un Citroën XSara al que Paco cuidaba y mimaba como si fuese su segunda piel, al punto de bajar con las zapatillas de casa a vigilar que todo estuviese en orden cuando no podía aparcarlo enfrente de la casa, y retirar los excrementos de las palomas para que el parabrisas estuviese como una patena.

«Toda la vida de carpintero, para no tener na, pa ganar cuatro perras y andar siempre debiendo», espetaba con frecuencia antes de bajar al bar de Toñín a tomar unos vinos hasta la hora de la cena. Mientras, apuraba el pitillo con la fruición de quien sabe que eso que según los médicos le está quitando la vida es a su vez aquello que se la otorga.

Y Flora asentía con la cabeza, en una especie de murmullo indeleble y pobre, como un canto de protesta acallado por la intervención de su propia garganta.

«A fin de cuentas tú no quisiste que siguiese trabajando», siempre pensaba en cada ocasión que «su Paco» se quejaba de la triste condición del proletariado. Y recordaba sus palabras, tan de la época de la posguerra, tan castradoras y humillantes como esas lenguas de los padres que apenas si aprendieron el noble arte de la contienda a fuerza de gélidas noches y días mancillados.

–¡Dónde vas a ir tú sin mí, si no sabes valerte por ti misma! exclamó. Dime, tú, anda, dime, ¡si te tengo como a una reina todo el día sin dar golpe!

–Anda, déjate de cuentos que van a dar el parte y estamos sin cenar.

–Ea, niña, ponte las pilas.

Y Flora, diligente y con un rictus asertivo y complaciente, terminaba de poner la mesa, memorizando la sentencia que su madre le dejó en herencia al fallecer por una pleuritis cuando ella contaba con treinta años: «La vida es una lucha, Florita, una lucha. No lo olvides nunca: sé mujer de tu casa con un buen hombre y no te faltará de nada».

Y en mitad de esa lucha todo se sucedía como se suceden las canículas tras el invierno, con la precisión calculada que a unos complace y a otros atormenta. Con el convencimiento de que aquello que sentía no era otra cosa que una pataleta y que era su deber ahogar esos pensamientos para siempre en el pozo donde van a parar las necedades y convencerse de una vez por todas de que Paco llevaba toda la razón.

¿Dónde iba a ir ella con esa artrosis que de la rodilla se le pasó a toda la pierna y ese colon tan irritable convertido en su alter ego que apenas la dejaba salir de casa por temor al inoportuno estallido?

Flora gastaba un genio de mil demonios. El descontento y la rutina hacían de ella una mujer huraña y taciturna a la que solo los nietos conseguían arrancar alguna que otra sonrisa en su semblante circunspecto. Y las relaciones sexuales hacía años era tema olvidado por sus continuas cistitis que apenas la dejaban descansar unos meses sin tomar esos malditos sobres de monurol.

Sin duda, su Paco no era mala persona, salvo esos arrebatos donde la menospreciaba, y llamaba inculta o gorda, o como cuando se compró un bikini y le dijo que dónde iba ella con esas carnes fofas, que eso era de guarras, y ella era una señora. Pero nada grave, pues sabía de muchos casos de hombres que pegan a las mujeres y eso su Paco jamás de los jamases.

–Mi Paco, jamás me ha puesto la mano encima contaba ufana a las vecinas cada vez que en El caso leían asesinatos de mujeres mientras se atusaba la melena ya canosa y deslucida.

De un día para otro la tos, el esputo y su sanguinario modo de revelarnos lo efímero de nuestros trazados donde la guerra corpórea va deshaciendo la monotonía en la que cobijados vivían para esconderse del sufrimiento, mientras la mal nacida ejercía su invisible papel y el cáncer de pulmón había colonizado el endeble cuerpo de Paco, al punto de que, en dos meses, como se suele decir en estos casos, «había hecho», tras un breve periodo de quimioterapia que, salvo menoscabar su ya precario estado de salud, no había conseguido nada.

Como si el morirse fuese hacer algo. Como si culminar una vida mediocre y gris tuviese que doler hasta la extenuación. Hacer pronto frente a la muerte lleva un extraño código entre claudicación y benevolencia, una especie de sanguinario regalo con el cual Dios muestra su lado más amable. Como si morir, y abandonar todo aquello que nos pertenecía, pudiese pasarnos a nosotros, pensaba la triste Flora mientras observaba la extrema palidez del rostro de su marido tras los cristales engalanados por dos coronas que rezaban: «De tu esposa, hijos y nietos», y otra preciosa con unos lirios blancos: «De tus compañeros de “Carpintería Pérez hermanos”».

La sala aparecía atestada de gente: los hijos, nueras y yernos, los nietos mayores, los amigos de Paco del chiquiteo, los compañeros del trabajo, un continuo transitar de personas a dar el pésame, incesante y porfiado, y las típicas e impertinentes preguntas de ¿cómo pasó todo?, si sufrió mucho, etc., donde todos dicen conocer al difunto como la mismísima palma de su mano.

Los consejos, por doquier: «tú ahora no te hundas y sal, sal de casa, que, como te dé por pensar, te vas a pillar una depresión».

Hierática, y como sacada de un sueño de lustros, ella bajaba la cabeza y asentía, apenas daba crédito a la sórdida rapidez que lleva la muerte cuando se empecina en hacer su trabajo de sicaria mal pagada.

Flotaba en el agotador aire de agosto que la sala respiraba, sin percatarse apenas de por quién era abrazada, a quién anegaba el hombro de unas lágrimas, sospechosas de estar varadas en sus ojeras durante años. Mareada y confusa pudo percatarse de un hecho que, por un instante, la llenó de inquietantes preguntas. ¿Por qué todas las amistades allí presentes tenían algo que ver con Paco? ¿Por qué ni una sola amiga que pudiese considerarse suya nada más?

La sombra de alguien es un reducto para el tránsito, aposentarse allí por siempre te garantiza que solo entrará de vez en cuando la luz por las fisuras que él desee. Y sus ojos se llenaron de lluvia, de ese llanto circuncisión de la pena que es una forma de constatar que estamos vivos cuando el sabor salado de la lágrima resbala por la mejilla hasta adentrarse en los labios. Una sonrisa siempre brota desde lo visible; para llorar, es necesario ser un experto zahorí del sufrimiento.

Ella no había muerto como muchas veces había fantaseado sucedería, ella seguía viva, en medio del desastre, y se sintió culpable de sentir un ligero sosiego al percatarse de ello.

Una buena esposa debiera querer morir en ese mismo instante, partir con el ser amado al infinito, seguir esa historia de amor comenzada tantos años atrás perpetuamente, como los amantes de Teruel.

Se sorprendió a sí misma cuestionándose el amor. ¿Qué es el amor si nunca me he sentido completa? Si nunca me he sentido realizada en mi piel, si todos los atardeceres caían sobre mis hombros las miasmas de todos los cansancios, hasta que el agotamiento de ser y estar se me clavaron en estos ojos surcados por lo inviable de la alegría y su cortejo de maravillas.

De nuevo la voz de su marido asaltando sus pensamientos:

–Anda, hija, que pareces de mantequilla, por eso te llamas Flora, ja, ja, ja. 

Y esa carcajada resonaba todavía más allá de aquel cielo donde, se presuponía, ya era una habitante más el bueno de Paco.

–No es mantequilla, es margarina, y además yo nací antes.

–Anda, chiquilla, déjate de tonterías y tráeme un vinito con unas olivas que juega el Madrid.

Y siempre su respuesta de pusilánime mujer atormentada con tal de que el grito no fecundase el sueño de sus hijos, con tal de estar en paz, esa paz que nace desde las amorfas tripas de un dejarse llevar, de las mismas vísceras del asesino de voluntades que cercena las decisiones.

Lo cierto es que en un par de ocasiones pensó en dejarle, pero enseguida al echar cuentas descubría, pesarosa, que no podría sacar adelante a los hijos. Cómo pagar colegios, cómo la comida, cómo la ropa. Qué sería de ella, si no sabía hacer nada que no fuese guisar, llevar una casa y ese macramé que, de vez en cuando, practicaba para maceteros.

Además  no era como esa mujeres que a la primera de cambio abandonan todo. Era una luchadora, hija de luchadores, nieta de un minero de Mieres por parte de madre, fiel y entregada al «para siempre» y al «hasta que la muerte os separe».

Recordaba un día en que por el vecindario corría la voz de que Marisa, la hija del frutero, se había separado por su afición al sexo con otro paisano vecino de sus padres, y se le ponían los pelos de punta pues a la Marisa se le llamó de todo, menos bonita. Incluso se rumoreaba que sabía hacer algo feo, muy feo a los hombres, que les gustaba mucho, y Paco espetó durante la cena unas palabras que la inquietaron, pero sin llegar a transcender más de estas absurdas paredes que cobijaban algo parecido a la vida.

–Si es que hay mujeres que se lo buscan, que se buscan que les peguen una hostia o las maten.

Unas palabras sin más, y las palabras, pues eso, que se las lleva el viento. Y, además, de ser cierto el rumor de aquello que hacía, quizás llevase hasta razón su Paco.

Sí, en el fondo ella estaba feliz con sus revistas del corazón y sus novelas de las tardes. Ella era libre a las seis y media cuando en ese silencio limpio, con una taza de café frente al televisor veía Puente Viejo y soñaba, soñaba con esas mujeres de postín que ante su mirada aparecían intrépidas y obscenamente atractivas.

Un par de veces viajaron con los niños a la playa de Gandía y recordaba con precisión cómo siempre estaba deseando regresar a casa para poder guarecerse de ella misma, pues la batalla con su cuerpo siempre había sido cruenta desde que naciese el tercero y engordase unos veinte kilos que no había conseguido bajar. Para ser exactos ni siquiera lo había intentado, pues toda la angustia siempre la enfocaba en las comidas, manteniendo con la nevera cómplice relación.

En realidad, ninguno de los dos había hecho otra cosa durante estos años que no fuese vivir por y para la familia, por y para el trabajo, por y para el qué dirán y todas las respuestas eran cálices amargos que llevaban a la misma conclusión: ambos habían desperdiciado el preciado don.

«No estoy hecha yo para la vida moderna» se había autoconvencido, y, en ese convencimiento, jamás se atrevió a coger un volante, ni un ordenador, y salir más allá de esas cuatro paredes se había convertido en una aventura no apta para ella.

Mientras seguían las condolencias, en esta ocasión la voz del operario de la funeraria la sacó de sus pensamientos que no acertaba a precisar si eran suyos o era que Paco había optado por no partir y dentro de ella fermentar murmullos.

–Señora, la acompaño en el sentimiento. Despídanse, que vamos a cerrar la caja para partir hacia el camposanto, donde el señor Francisco Núñez Álvarez recibirá cristiana sepultura.

Ella temblaba, ojeando por la ventana, cómplice y altiva, cómo ese sol de agosto hacía añicos toda la vegetación y la tremenda sed de los chopos en aquella tarde estival, cuadrando a la perfección con sus delirios.

Sobre la mesa unos cafés, la esquela, y el periódico de aquel 25 de agosto, resaltando la noticia «La crisis de China amenaza la economía mundial» y en la parte derecha del mismo, en letras pequeñas, «ofertas en viajes a Baleares y Benidorm, septiembre y octubre, para jubilados».

Pasó a dar el último adiós a Paco, hincó sus mancilladas rodillas frente al difunto (no sin cierto pavor) y cuando sus labios rozaron la congelada mejilla todos los inviernos se le agruparon en las sienes, y tan solo pudo articular un leve susurro: «te quiero, cariño, siempre vivirás dentro de mí», y al retirarse le pareció escuchar la voz trémula de su Paco cual sentencia:

–Pero ¿dónde vas a ir tú sin mí?

Al salir del cuarto, temerosa por si alguien observaba sus movimientos de irracional títere, recortó con la mano la parte derecha del periódico mientras su hija mayor le metía prisa, y se la guardó en el bolsillo de la enlutada chaqueta de punto.

–Vamos, madre, que ya salimos. Pero ¿qué haces ahora?

–Voy, hija mía, voy, que estoy recortando la esquela.

De vez en cuando, mientras el televisor ruge como el único motor acompasando las horas, rememora el recorte guardado en el bolsillo de su chaqueta, y añora ese día donde fue audaz y pérfida como Francisca Montenegro, la señora de su novela preferida. Ese día donde acarició la idea de viajar sin su Paco. Ese día donde arrojó esa ocurrencia al pozo donde van a parar las necedades. Pero ella conservaría siempre aquel papel como un tesoro, o la prueba fehaciente de su hazaña, y quién sabe…

Arrulló la medalla con la foto de su marido (aquella que se sacó en la boda de Inés la segunda de las hijas), la besó con veneración mientras un leve suspiro como de flor en octubre despertó al silencio. Ay, Paco, ¿dónde te has ido sin mí? Y la lágrima empapada en oro coronó los labios de Flora con ese dulce sabor a sal, como el mar de Benidorm.

Pilar Gorricho

Blog de la autora

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 5.5/10 (2 votes cast)
Comieron perdices. Por Pilar Gorricho, 5.5 out of 10 based on 2 ratings