calle de barrio

         A Diego le gustaba pasear por el barrio al empezar la mañana, cuando aún parecía subsistir algo del silencio y la calma de la noche. Quizá antes había pasado varias horas de vigilia frente al ordenador, y era precisamente esa quietud nocturna filtrándose a través del ventanal la mayor garantía de eficacia en su trabajo de traductor. Leyó en la pantalla: La mano de Yuri Petrov apresó la culata de su Magnum 357 provocándole un sentimiento indefinido. Encendió un cigarrillo. Al traducirla, la frase aparecía lógica, como el resto del párrafo, todo él bastante fácil de entender.

         La presencia de una muchacha que a menudo salía a peinarse en el balcón de enfrente, apenas a unos metros de él, le tentó para aparcar su labor y bajar a tomar el aire. Sus ojos, analíticos, volvieron al renglón: …un sentimiento indefinido. La estufa de gas bisbiseaba junto a la mesa auxiliar con los diccionarios. Evocó la personalidad de un asesino en serie como era el tal Yuri, un criminal feroz e inmisericorde al que su creador le endosaba novela tras novela un rosario de maltratos y torturas sobre los desgraciados que caían en sus manos. Un tiro final entre las cejas, bajo el gesto convulso de la víctima, era su sello personal. Para Diego, y según el texto ya revisado, utilizar el adjetivo «indefinido» respecto del sentimiento tenía que ver con cierta zozobra, fruto de un cercano lance amoroso de Yuri que habría agrietado su consistente audacia.

         Desde que la editorial le encargó la traducción de la primera novela de la saga, Diego había sentido una simpatía espontánea hacia el sanguinario protagonista. Para su sorpresa, en esta nueva entrega, el autor, Misha Vasiliev, un hábil artesano de la novela negra metido en el beligerante ambiente universitario moscovita, trataba de que su personaje adquiriera novedosos tintes de una laxa humanidad. Tal como lo presentó Vasiliev en sus inicios, Yuri era un trasunto de James Bond trasplantado a los círculos mafiosos de la Rusia contemporánea. Un albino de amplia cultura y maneras elegantes. Cercano a la cuarentena, poseía una admirable preparación física, y lo mismo controlaba los mandos de un deportivo vertiginoso que se arrastraba por las cloacas hasta el lugar donde, ajeno a su final, esperaba su próxima presa. De mirada paralizante y sin el menor atisbo del sentido de la piedad, le divertía torturarlas con el machete para escucharles gemir y gritar antes de resolverlas con el disparo de gracia. Y, como no podía ser de otra manera, sexualmente promiscuo hasta la impudicia.

         Tanta conmiseración en esta novela con un tipo de su calaña le sonaba a Diego a vergonzosa sumisión del autor hacia el mercado europeo, un mercado ya ahíto de sangre en los telediarios. Miró de nuevo hacia la fachada del otro lado de la calle. La joven había terminado de peinarse y observaba el trasiego de peatones mientras dividía la melena con dedos ágiles e iba trenzándola para sujetarla con cintas de colores. Apagó el cigarrillo en el cenicero atiborrado de colillas. La imagen de la vecina desafiando el frío de una mañana gris le quitó del todo las ganas de seguir trabajando y decidió ir a dar una vuelta.

         Diego vivía de traducir libros escritos en ruso, un idioma que había aprendido cuando todavía trabajaba en una entidad bancaria. Una predisposición innata le ayudó a adquirir muy pronto soltura con la expresión oral y escrita. Su aplicación en trabajos minuciosos y de calidad contribuyó a que no le faltaran encargos. Superada de largo la treintena, pudo dejar su oscuro empleo en el banco y cumplir el sueño de emanciparse, mudándose a un piso de un barrio popular adquirido a costa de una longeva hipoteca. Para entonces se le presentó la oportunidad de ser contratado por una conocida editorial. La trascripción de cada novela de Misha Vasiliev le ocupaba como media un par de meses, con traducciones hasta el momento escrupulosas de principio a fin. En cuanto a la última, sus reparos hacia el flagrante cambio de actitud del protagonista no habían encontrado en la editorial sino la más firme reprobación. Su trabajo no consistía en interpretar, le reconvinieron, sino en copiar, con la única particularidad de cambiar el idioma. Para Diego, el escritor había seguido una trayectoria quebrada, comenzando como un narrador con oficio, fiel a un estilo propio, imaginativo, para derivar de repente hacia un producto súbdito de un mercado literariamente analfabeto. No aprobaba tal comportamiento en un autor que poseyera unos mínimos de ética y decoro profesionales.

         Anduvo acera abajo con el forro polar calado hasta las orejas. A tomar un café y comprar el periódico, pan y tabaco. En mitad del paseo se le ocurrió meterse en la peluquería. Mientras Paco le recortaba las patillas lo interrogó sin preámbulos.

         ― ¿Tú piensas que las personas cultas son más sensibles ante la muerte ajena, ante el sufrimiento en general?

         ―De eso nada, Diego, yo no acabé el bachiller y el sábado me pegué otra vez una panzada de llorar viendo a la “Merilestrit” en «Memorias de África».

         De vuelta a casa rectificó el final de la frase: La mano de Yuri Petrov apresó la culata de su Magnum 357 provocándole un sentimiento de indiferencia. En el original el párrafo estaba construido para generar una suerte de empatía hacía un personaje resuelto a finiquitar poco a poco sus fríos parámetros de conducta. Y todo por obra y gracia del amor, como en los culebrones venezolanos. Inadmisible.

         Al cabo de un par de días obtuvo una de las colaboraciones más valiosas gracias a la patrona de la tasca en la que se tomaba el cortado, largo de café y con la leche caliente.

         ―Dime una cosa, Carmen, ¿te gustan las películas de intriga y espías?

         ― ¿A qué viene eso?

         ―Estoy trabajando en un guión. Necesito un juicio sabio.

         ―Entonces adelante. Sí, me encantan.

         ― ¿Crees que un asesino puede llegar a sentir compasión?

         ―Nunca. Las hienas comen carroña hasta la muerte.

         ―Gracias, Carmen.

         Antes de tirar el cadáver del chivato al pantano, Yuri sonrió con desdén al recordar su cara de espanto cuando desenfundó el revólver y le enroscó el silenciador.

         Según avanzaba en la trama, la traducción de la novela de Vasiliev pasó de convertirse en una labor enojosa por la deriva absurda del personaje a estimulante y provocadora. Buscó y rebuscó sinónimos y adjetivos, metáforas y símiles, juegos sutiles de palabras y cambios de ubicación de las frases, resortes que eliminaran en la mente del lector la idea de redención moral en Yuri. Durante sus paseos matinales fue perdiendo las reservas para consultar con lo más florido del barrio.

         Bajo un toldo de la plaza, una mañana entabló la cháchara habitual con Roque, el mendigo, al pedirle éste un cigarrillo.

         ― ¿Cambiaste mucho al enamorarte por primera vez, Roque?

         ―Los pobres no nos enamoramos. El amor no da de comer.

           Al encontrase con Irina, a él le pareció una mujer de belleza insulsa, postiza, nada extraordinaria; prefería acariciar el mango del machete.

         Procuró seguir tratando en el texto al sicario de un modo parecido, hasta conseguir que su estrenada debilidad se convirtiera en trance pasajero, sus dudas en reflexiones irrelevantes y su apaciguamiento en prólogo de una brutalidad revitalizada.

         Otro día aprovechó el paseo para comprar un lápiz de memoria y sondear al musculitos de la tienda de informática, en la esquina de la calle.

         ―Escucha, Kevin, ¿en el gimnasio os enseñan a controlar la fuerza frente a adversarios más débiles?

         ― ¡Y un huevo! El que atiza primero y más duro evita que el otro le salte los dientes.

         Tras desnucar al matón con un giro brusco del cuello, sintió un escalofrío de placer mientras el cuerpo inerte se desmoronaba entre sus brazos como una marioneta sin hilos.

         También quiso conocer la opinión de Nuria, la dependienta de la panadería, una ricura con delantal. Información rotunda, como ella, junto con la barra de pan candeal y las rosquilletas.

― ¿Tú has notado si a los hombres se nos pone el corazón tierno cuando nos colgamos por vosotras?

         ―Al contrario. A los tíos más bien se os pone duro lo que os cuelga, cuando dejamos que además de mirarnos nos metáis mano.

         Apenas hubo apurado su copa, Yuri la tumbó en el sofá y la hizo suya pese a la enconada resistencia de la mujer. A la mañana siguiente, la asistenta descubrió el cadáver de Irina con un tiro en mitad de la frente.

         Después de haber traducido con tal documentación a pie de calle la novela de Misha Vasiliev, nadie en la editorial acusó diferencias entre la traducción y el original. Como es lógico, mantener el temperamento implacable de Yuri era lo que todo el mundo quería; el lector lo reconocería con naturalidad. Bien pensado, se dijo Diego, lo contrario es lo que hubiera llamado la atención. Es decir, si hubiera metamorfoseado al protagonista en un pistolero llorón y vulnerable, un despropósito que su habilidad había esquivado, incluso hasta el punto de revelarlo en la versión asesina más despendolada. El libro se puso a la venta en el país para un ejército devoto del temible Yuri Petrov.

         Diego esperaba con interés que le trajeran el manuscrito de la siguiente novela del ruso, según sus noticias en trance de las últimas correcciones. Se relamía pensando en las horas suculentas de creatividad literaria que iba a proporcionarle, semejante a cuando traducía otros textos que le complacían por su brillantez y su capacidad para sorprenderle. En lugar del manuscrito, una mañana recibió de la editorial una carta certificada con la comunicación de su despido. Según supo después, cuando ya la novela estaba en los escaparates, un filólogo, compañero de Vasiliev, había advertido a éste de la manipulación sufrida por la historia original. Pese al éxito de ventas en España, el escritor, con modales impertinentes y soberbios, había denunciado ante sus jefes al culpable y exigido el despido fulminante, salvo que prefirieran perder la exclusiva de la comercialización de su obra.

         Leyó el finiquito mientras le daba las últimas caladas al segundo cigarrillo del desayuno. La chica de las trenzas no se había peinado ese día en el balcón, pese al tiempo primaveral. Pudo entreverla tras los visillos moviéndose por el dormitorio. Parecía que se estaba arreglando para salir. Diego pensó que sería una buena idea imitarla, aparcar de momento las traducciones y salir a caminar y a un recado que se le acababa de ocurrir. En la librería que había en el bulevar del barrio compró media docena de ejemplares del último superventas: «San Petersburgo nunca duerme» de Misha Vasiliev. A la vuelta se detuvo en la tasca, la panadería, la tienda de informática y la peluquería. Finalmente fue a sentarse bajo un madroño junto al mendigo, en un banco de la plaza. A éste, como a los otros, le firmó la novela con una dedicatoria personalizada: «Para Roque, un genio anónimo».

         ― ¿Sabes leer, Roque?

         ―No mucho, pero si me regalas un libro practicaré.

         ― ¿Aunque eso no te alimente?

         ―Anoche cené, así que por lo menos hasta mañana no hay urgencia. Gracias, Diego.

         ―A ti, amigo, a ti. Siempre.

 ( Segundo premio del último certamen de narrativa AEFLA ). 

 

Rafael Borrás Aviñó

Rafael Borrás Aviñó

letrasrafaelborras@gmail.com

Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”  

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El genio anónimo. Por Rafael Borràs Aviñó, 10.0 out of 10 based on 6 ratings
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