El último verso (II). Por María José Martí (Majomar)

Antonio y Machado y FAMILIA

Sería bueno que en las escuelas nos dieran a conocer sus discursos, ensayos y artículos, y también, por supuesto, los de otros escritores que dejaron impresiones lúcidas e inteligentes, tan jugosas para la democracia a la que aún hoy en pleno siglo XXI se le hace ayunar con demasiado mendrugo untado de juego grasamente sucio. Tal vez aprendiéramos, ahora que parece que todo es cuestión de corruptelas y mentiras recién inventadas; tal vez entendiéramos que hemos caído en los mismos errores que ellos ya denunciaban, aunque las circunstancias sean distintas frente a las de entonces. Ahí le tenemos, en el Diario de Madrid, donde publicó sus ensayos desde noviembre de 1934 hasta octubre de 1935. En la ficción, el apócrifo Juan de Mairena era un profesor catedrático de ¡Gimnasia!
Hablando por boca de su profesor de Gimnasia, Machado consideraba que los españoles poseen cualidades muy positivas, como la generosidad o la falta de soberbia, pero también graves vicios, como, por ejemplo, no querer aprender del prójimo. Resulta chocante —no me digan que no— que incluso ahora nos sonriamos hacia adentro, con cierta complicidad autocrítica, al leer sus palabras:

En España no se dialoga porque nadie pregunta, como no sea para responderse a sí mismo. Todos queremos estar de vuelta, sin haber ido a ninguna parte. Somos esencialmente paletos.

¿Qué les parecen estas afirmaciones? ¿Creen que son fuertes? ¿Se pasó dos pueblos?
Pues esperen a saber lo que Mairena deseaba fundar: una «Escuela Popular de Sabiduría Superior», cuyo altísimo cometido sería la enseñanza del hombre del pueblo. ¿Quieren saber en qué consistirían los estudios?

Se enseñaría a repensar lo pensado, a «desaber» lo sabido y a dudar de su propia duda, que es el único modo de empezar a creer en algo.

Hombres y mujeres como Machado hubieran podido ayudar a construir unaMACHADO EXILIO España democrática, culta, tolerante, abierta a Europa y al mundo, incluso hoy en día. ¿Creen que habremos conseguido esa quimera setenta y ocho años después?
Su objetivo prioritario era que la cultura llegara a las clases más desfavorecidas de la sociedad, ¡al pueblo llano! Machado sentía el deber de ser «actual», de saber mirar y entender plenamente su propio tiempo, y ese tiempo, estaba seguro, comportaba la apertura hacia «el otro». En su madurez, no creía en el poeta que se canta y escucha a sí mismo; para él, era importante que la poesía se abriera, se mirase y se creyera en los demás, fuera instrumento de comunicación y aprendizaje para el prójimo. Incluso para el hombre llano. Sobre todo, para el pueblo llano.
Valedor de algunos de los ideales del marxismo, y acérrimo defensor de la Tercera República, no militó políticamente en ningún partido, pero fueron muchos los manifiestos antifascistas que firmó durante la guerra, consciente del peso de su nombre y de la obligación moral de ponerlo al servicio de la democracia. El primero se publicó en el Heraldo de Madrid, el 7 de abril de 1934, y se titulaba «Contra el terror nazi». También en sus artículos periodísticos y para distintas revistas trabajó por la defensa de la causa de la República y se manifestó reiteradamente en contra del fascismo. Según cuenta su biógrafo, Ian Gibson, «Machado debió de ser muy consciente de que, si caía en manos del enemigo, declaraciones como aquellas serían su pasaporte al paredón».
HUIDA HACIA EXILIO,MACHADOResulta increíble. La mayoría de los españoles no sabemos nada de esto hasta que leemos una biografía suya, como la de Ian Gibson. Desde niños nos entregan la información a cuentagotas y con filtros bien estudiados, dejando que la verdad incómoda se pudra desde el olvido… Hay muchas cosas que desconocemos. ¿Qué sucedió realmente en los años de la guerra, qué fue de aquellas vidas que se truncaron para siempre y de las que nadie hablará nunca? Habrá quien diga: «Bueno, pero eso ya es agua pasada…» Sí, tiene razón, pero también podría repetirse. Podría ocurrirle a usted, o a mí, y no nos gustaría en absoluto… Si tenemos constancia de lo que sucedió con Machado y su familia, es precisamente porque ellos eran quienes eran, y, como hoy, ocurre que no todos somos iguales. Machado, en su desgracia, tuvo el apoyo de ángeles guardianes que supieron protegerle, y, ciertamente, gracias a ellos hubiera sobrevivido de no llevársele antes la enfermedad en el exilio.

Murió en Collioure, un 22 de febrero de 1939, después de un largo peregrinaje hacia el destierro. En la estación de Cerbère un panel informativo hace mención en francés, castellano y catalán del éxodo al que se vieron sometidos más de cien mil españoles en aquellos días del 28 de enero al 10 de febrero de 1939, después de tres años de lucha, agravio y persecuciones. Se considera que estos exiliados fueron las primeras víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Entre ellos se contaban Antonio, su hermano José, su cuñada Matea y su anciana madre, doña Ana. Cruzaron la frontera en un terrible invierno, bajo la lluvia, el frío y la amenaza de las bombas de la aviación enemiga. Después de tres años dando tumbos, de Madrid a Valencia, de Valencia a Barcelona, de Barcelona a Francia, les quedaba el paso de aquella horrible experiencia. Fueron pocos los días que el poeta siguió con vida tras cruzar su última frontera, y no encuentro mejor modo de entender su angustia que leyendo estas palabras que José, su inseparable hermano, dijo acerca de él:

No podía sobrevivir a la pérdida de España. Tampoco sobreponerse a la angustia del destierro. Éste fue el estado de su espíritu en el tiempo que aún vivió en Collioure.

Allí, en ese pequeño pueblo del sur de Francia, la familia se alojó en el hotel Bougnol-Quintana. Pauline Quintana, la dueña del hotel, contó que, un día, don Antonio bajó al salón con una cajita de madera y le dijo: «Es tierra de España. Si muero en este pueblo, quiero que me entierren con ella».
A Pauline le impresionó la personalidad de Machado. Su estoicismo la conmovió de tal manera que guardó la caja hasta su muerte —a los casi cien años—, como si de un tesoro se tratara.
Manuel y Antonio MachadoLa estancia en Collioure transcurrió entre la incertidumbre y la desesperanza por la caída irremisible de la República, la dolorosa separación de su familia —su hermano Manuel permanecía en el bando franquista y habían roto toda relación con él, y no sabían nada de las tres hijas de José y Matea desde que fueran trasladadas para ser conducidas a Rusia junto a otros niños. Sus padres tendrían que esperar nueve años para volver a reunirse con ellas—.
Así fue y así es la atrocidad de una guerra. Familias rotas, separadas, a veces aniquiladas. Y en esos últimos momentos, sintiendo próxima la muerte, con su madre en la cama contigua, inconsciente y moribunda —recordemos que murió sólo tres días después que él—, Antonio Machado tuvo lugar en sus pensamientos para Guiomar (Pilar Valderrama), la mujer a la que amaba en secreto compartido desde hacía algunos años. Le había reescrito unos versos de otros tiempos y los llevaba en su bolsillo.
¿Serían esos versos su amuleto? Pues, frente al fracaso de todo lo demás, ¿no es acaso el amor lo único que nos salva?
Días después de su fallecimiento, su hermano José encontró en un bolsillo de su gabán un trozo de papel arrugado, y en él, escritos a lápiz, tres apuntes. El primero eran las palabras iniciales del monólogo de Hamlet «Ser o no ser…»; el segundo, un verso alejandrino en el que rememoraba su niñez: «Estos días azules y este sol de la infancia»; el tercero, una estrofa de cuatro versos, ligeramente modificada, perteneciente a un poema dedicado a Guiomar que decía:

Y te daré mi canción:
se canta lo que se pierde
con un papagayo verde
que la diga en tu balcón.

No posee este poema la misma factura romántica que el que escribió a su amigo José María Palacio, refiriéndose años antes a su amada Leonor, enterrada en el Espino, pero el hecho de que lo mantuviera consigo revela algo más de la clase de hombre que era. Poeta por encima de todo que amaba no sólo a Guiomar, sino a su familia, a sus muchos amigos, a sus ideales indestructibles; amaba el conocimiento, la justicia, la poesía, la naturaleza, a su país, y sobre todo, por encima de todo, Machado situó siempre a la conciencia. Importantes, no olvidemos, sus palabras: «La conciencia es anterior al alfabeto y al pan.»
Escribamos en mayúsculas esta frase y hagamos llegar a todo el mundo lo mucho que significa. Tiene la fuerza suya, la humanidad que tanto nos engancha, esa que sentimos al enaltecerle frente a otros intelectuales de su época, porque él supo pensar lo que decía y decir lo que pensaba de un modo inigualable.
Machado es, en definitiva, nuestra cuenta pendiente: amor y conciencia unidos para siempre y hasta el fin; la creencia de que es posible hallar un equilibrio, una fórmula social, política y económica que nos lleve por un camino más recto hacia un futuro mejorable.
Pero ya sabemos que no hay magia, el tiempo apremia, y no hemos cambiado mucho desde entonces, excepto por la complejidad de nuestro mundo, que hoy se nos revela como un auténtico galimatías de cifras, vanidades, mercantilismos y juegos de poder.
Y ante este panorama: ¿quién se atreve a escribir hoy poesía para el futuro?
Para ese futuro que ya comienza, acabemos con una mirada optimista citando «Una España joven», magnífico poema que nuestro visionario poeta escribió en 1915 y del que aquí transcribiré únicamente sus últimos versos, pues me parecen muy adecuados para esta ocasión:

Y es hoy aquel mañana de ayer… Y España toda,
con sucios oropeles de carnaval vestida
aún la tenemos: pobre y escuálida y beoda;
mas hoy de un vino malo: la sangre de su herida.

Tú, juventud más joven, si de más alta cumbre
la voluntad te llega, irás a tu ventura
despierta y transparente a la divina lumbre,
como el diamante clara, como el diamante pura.

Tal vez así hubiera querido el poeta terminar esta historia —su leyenda—, con un pulso de luz iluminando la esperanza de los jóvenes, pues de ellos será el futuro.

 Epitafio Antonio Machado

(Agradecimientos a Rocafort Antic y especialmente a Juan Pérez Navarro, que me aportó documentos de interés sobre la estancia de Machado en Rocafort.)

María José Martí (Majomar)

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