Los sábados, pobre. Por Rafael Borrás Aviñó

El centro comercial ocupaba tres manzanas en la isla de asfalto, luminosos y escaparates más concurrida de la ciudad. Una vez liquidada la competencia pudo monopolizar los sueños íntimos del cliente y gobernarlos a placer. De lunes a sábado una procesión interminable de hormigas compradoras, con cada yo individual disuelto en un solo yo colectivo, recorría como un río poderoso la aldea saturada de carteles coloreados para rendir tributo a las rebajas y demás tesoros.

Sin embargo, y considerando las previsiones, ese año las ventas estaban siendo peor que discretas. Imprescindible un impacto mediático, una iniciativa brillante que desencadenara la epidemia compradora. Diligente y eficaz, el equipo de publicistas creyó dar con la clave: la caridad confiere caché. Bastaba comprobar la recaudación obtenida en colectas para aliviar los efectos de un huracán, de un terremoto, de cualquier cataclismo natural. ¿Quién iba a resistirse a gastar dinero en unas tiendas que demostraran amar al prójimo tanto como a sí mismas?

Se diseñó la campaña “Tiendas con corazón”, centrada en el concurso “Los sábados, pobre”. En una cadena televisiva se daría el pistoletazo de salida para que los clientes acudieran lo antes posible con un resguardo de compra. Obligatorio llevar un pordiosero. Si raro, mejor. Miserable y extravagante a partes iguales. Daba igual un muerto de hambre entero que mutilado, nacional que de importación, blanco que oscuro. El premio para el concursante consistiría en un jugoso cheque regalo, y para el pobre algo de ropa a estrenar y una semana de vacaciones donde quisiera. El acontecimiento iba a retransmitirse en directo, con el ganador como protagonista de un programa especial. Corrió la noticia, y pronto hubo quien comenzó a husmear de noche por albergues, intemperies y cajeros automáticos a la caza de alguna joya sin papeles.

Hacia el mediodía del primer sábado de concurso, un presentador vocinglero anunció entre aspavientos el inicio de la competición.

centro comercial

Angelina empleó doce minutos exactos en llegar al escenario instalado en el centro comercial. Al borde del colapso mostró la tarjeta de cliente y el recibo de una cafetera. Arrastraba un mendigo asustado y calvo que, según ella, malvivía por las estaciones del metro tocando la mandolina con los pies y cantando polcas en ruso mientras dibujaba garabatos en el aire con pelotitas de colores.

Hasta ese sábado la buena mujer creyó que su sueño nunca iba a cumplirse. Rondando la cincuentena y de intelecto no demasiado vigoroso, albergaba la esperanza de un milagro sonado que la sacara del anonimato. No era muy exigente; le bastaba con ser reconocida una temporada por la calle. Con, por ejemplo, aparecer en algún reality de la tele, como tantos desconocidos que lo lograban echándole morro. Con respirar un poco del oxígeno de la fama.

La pareja de Angelina y su pobre no tuvo rival frente a las otras cuarenta y siete participantes. Ella recibió el cheque ante las cámaras llorando de dicha, con el pelo teñido del mismo rojo que una borla de cardenal. Durante una hora que recordaría de por vida fue presencia exótica en todos los hogares. Al mandolinista lo enviaron a Italia -según su deseo, a Venecia-, con un peluquín color ladrillo y vestido de Tucci.

A las dos semanas, hambriento y helado, como un resto de naufragio, lo encontraron los carabinieri en la playa del Hotel des Bains. Era un atardecer con niebla y suave llovizna sobre la isla del Lido. Dentro de la mochila llevaba un billete de avión, algo de dinero y vales de alojamiento sin usar. Y un peluquín. Según su pasaporte se llamaba Kiril Vorodiov, de sesenta y ocho años y originario de Omsk, Siberia. Sin figurar en ningún papel ni ir guardada en la mochila, transportaba consigo una historia sentimental con cuatro décadas de antigüedad. Una historia que sucedió allí mismo, a comienzos del verano de 1971, en el rodaje de «Muerte en Venecia».

Por los salones del hotel y por la playa, frente a la solemnidad malva del Adriático, Luchino Visconti inmortalizó a una esbelta Silvana Mangano, esmeradamente vestida, símbolo de una época fascinante perdida para siempre. Una época en la que restaba puntos ser grosero, canalla o tonto del bote a secas. Fue el mismo director, reconocido homosexual, quien quiso elegir los extras que intervendrían como camareros del hotel. Le llamó la atención un joven ruso, un intérprete a contrato de mirada muy azul. El cuerpo anguloso, algo desgarbado, melena castaña turbulenta y sonrisa diáfana. Vistiendo paños de calidad, si acaso un punto ajados, desplegaba unas maneras de innata cortesía. Diseño vivo del gentleman. No dudó ni un segundo en darle a Kiril un puesto de figurante sin frase.

El joven llevaba la mitad de su corta vida enamorado de la Mangano. Al ser de los elegidos pudo saludar a la actriz en un descanso. Quedó encantada ante su espontánea elocuencia, nacida de un hablar melodioso. Además, lucía la casaca y el bigote de espadachín con la distinción de un húsar del imperio austrohúngaro. Durante las catorce semanas de rodaje ella le enseñó a amar en italiano, entre sábanas perfumadas con espliego y bajo arañas de mil lágrimas. Después de aquella descarga erótica jamás volvieron a encontrarse. Sucesivos infortunios quebraron la vida de Kiril. Emigró a España para acabar pidiendo limosna con su mandolina y sus habilidades. Siempre quiso regresar a Venecia, hasta que tuvo la ocasión gracias a una loca que lo pescó de un zarpazo según cruzaba la acera como una ráfaga. Juró a los carabinieri que ya no le importaría morir.

Al escuchar el resumen caótico de sus peripecias vitales, un inspector muy paciente creyó reconocer en el fondo de sus ojos extasiados una empanada mental rayana en la chifladura. Lo facturaron de vuelta a España sin más pesquisas ni contemplaciones. Para entonces a Angelina no le quedaba un céntimo del dinero del premio.

Kiril terminó trabajando en la tele. Su florida labia en un español mestizo encandilaba al público. Al frente de su grupo, los «Mangano’s boys», reducía la tensión de esas tertulias en las que unos cuantos golfos caraduras proclaman sus idioteces y crueldades y se despanzurran recíprocamente ante una audiencia cenutria y cateta. Los Manganos eran el contrapunto emotivo, el de un muestrario de infelices titiriteros. Kiril interpretaba polcas tocando la mandolina con los pies, otro delicioso pelanas rebuznaba siguiendo el compás, y un tercer sin techo, tras abrir una lata familiar de atún con los dientes, engullía el contenido en un santiamén y luego la aporreaba a modo de perola de percusión haciendo los coros. El Lido y Visconti quedaron muy lejos.

Rafael Borrás Aviñó

 

Rafael Borrás Aviñó

letrasrafaelborras@gmail.com

Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”

 

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