ADIÓS es más que un saludo inerte y automático, también es una palabra que sabe a despedida, para valientes u osados o tal vez para héroes o cobardes, poco usada por su contundencia y rotundidad, nace fruto de la semilla que engendra un cambio, impuesto u obligado, deseado o ansiado, que persigue dejar atrás un camino para cruzar por otro nuevo, no necesariamente más llano, más limpio o más verde, quizás más árido, seco y pedregoso, pero siempre diferente.
Adiós tiene muchos disfraces, muchas voces, muchas gamas de un mismo color, sus matices encarnan diferentes historias que protagonizar a lo largo de la vida:

Adiós con escepticismo: porque se dice pero no se piensa

A veces adiós se emite en vano, con intención pero sin decisión, porque irrumpe a horcajadas en la garganta fruto de un valor repentino pero vago, que necesita oírlo para cargar las piernas y hacerlas avanzar un paso hacia delante creyendo con un escudo que protege nuestro juicio que realmente nos alejamos de aquello que dejamos atrás, teniendo la certeza de que se olvida lo que no se ve físicamente, lo que la mente no percibe con la nitidez de los ojos, adiós para el futuro y hola para siempre a esa caja infinita de recuerdos que siempre cargamos y no ocupa espacio.

Es el adiós que se emite por boca ajena cuando la mente nos empuja a hacer lo establecido y el corazón se resiste a obedecer, nuestra voz es autómata y repite lo inculcado, lo educado, lo correcto para la superficie, y el centro que nos mueve se revuelve en nuestro interior hasta que finalmente se doma por la conciencia, se adormece para no molestar, se hipnotiza por la sociedad, aunque a veces, se espabila de su letargo y baila esa música prohibida que tararea nuestro espíritu, y que no nos abandona nunca, porque sus notas tienen raíces tan hondas que para arrancarlas habría que blandir el corazón entero.

Adiós con firmeza: porque se cree, se necesita y es la única verdad

Adiós otras veces es un grito de guerra para sobrevivir y no perder la cordura, lava la memoria y arranca de cuajo un pedazo de alma traicionera que insiste en martirizar, entierra la mentira y tiene sed de olvido, precisa de fuerza para decidirlo y es el más obligado porque, o se grita desgarrado para liberar, o su ahogo te mata en vida.

Este Adiós pretende causar liberación y calma, cuando necesitamos con urgencia cambiar nuestro sendero, respirar aire limpio, buscar la ilusión implícita en el inicio de episodios nuevos. Es el adiós que se grita sonriendo, invita a la renovación, sella el punto y final de una etapa que deja huellas que logran borrarse con el optimismo que otorga la disponibilidad de un gran periodo de tiempo libre por delante, y no libre por su ociosidad, sino por su derecho a gastarlo con vivencias nuevas, y todas decididas desde una línea de meta donde nos situamos deseosos de empezar a correr, o a volar si la experiencia vivida se carga como un libro de instrucciones para mejorar, no como una piedra que nos ralentiza el paso.

Adiós con nostalgia: es dulce y vive de recuerdos

Este adiós provoca un dolor de miel que vive rememorado por la dicha de antaño, invita a la melancolía que hace sentirnos vivos en momentos de hastío, el recuerdo no escapa en el tiempo y recrea con placer y precisión cada detalle grabado, acaricia las huellas del corazón para renacer los sentimientos que se guardan con mimo inalterables en el pozo del deseo.

Es por ejemplo el adiós a una ciudad cualquiera que visitamos por azar en un viaje cuando sus calles y sus casas se construyen con el molde de un sueño, cuando al pasear por ella respirando su esencia nos impregnamos de la magia de su luz, que presenta a nuestros ojos un color nuevo que nos enamora, y descubrimos que se torna en paisaje de nuestros cuentos infantiles, que quizás su belleza está hecha para disfrutarla con calma, y nos preguntamos si quizás hubiéramos sido los mismos viviendo en aquel lugar, tal vez más felices, y así, con ansiedad y sintiéndonos actores de una película tratamos de conocer cada rincón, aunque siempre nos marchamos con la sensación de haber dejado un lugar por descubrir, un entorno por contemplar, un espacio sin desnudar, brillante excusa que consuela al adiós por la esperanza de regresar algún día. Este adiós se recita con melancolía dibujando una tímida sonrisa en el momento de partir, que no se borra hasta que nos alejamos inmersos en el tren de pensamientos.

También es el adiós a esas personas que se cruzan en nuestro camino sin formar parte íntegra de ella, pero aportando a nuestro espíritu sensaciones de aprendizaje, de alegría, de cariño, más palpable en gestos cruzados que en palabras directas, son esas personas a las que la vergüenza mutua ha impedido prolongar en el tiempo, que son presente efímero y futuro ajeno, pero que a veces sobreviven en el recuerdo con más intensidad que otras que protagonizan físicamente todo nuestro desarrollo vital.

Adiós con alegría: es el triunfo de luchar, de ganar la partida, y como premio, mejorar

Este adiós se demuestra con esfuerzo, no hace falta oírlo o pronunciarlo para comprenderlo, se basa en hechos o logros sudados más que en palabras, se trabaja con ahínco para poseerlo, es el que cierra una ventana para abrir una puerta dorada bien grande y hermosa, y al atravesarla, nos espera un laurel de victoria. Es un adiós que recompensa el tesón por escalar los retos que elegimos con voluntad para prosperar. Sin duda, es el más satisfactorio, porque su génesis impulsa la bienvenida automática a una etapa más azul.

El trabajo o el estudio siempre son apuestas que decidimos hacer y en las que invertimos nuestro tiempo, nuestra energía y nuestras ganas, y aunque a veces no son suficientes para ahondar la bandera, la fe que cree en el propio “yo” da coraje y estimula las ansias que promueven nuestra constancia y empeño, el adiós, en este caso, despide la época de duro entrenamiento y te sitúa en la meta que proyecta la revalorización de tus dones, tu valía.

Adiós con tristeza: sella un punto y final y siempre se rompe algo por dentro

Este adiós es huracán que devasta las flores de tu alma durante la estación del dolor, y la ilusión que era el motor de vida se hace agua que se escapa entre las manos cerradas. Es un adiós temido, que se trata de evadir para que nunca llegue, traicionero, aparece sin aviso, y asusta porque es ladrón despiadado que se lleva sin recelo un pedazo de tu esencia, y por momentos no eres más que carne, tan sólo un bulto de la cama que busca evaporarse entre la oscuridad.

Sin duda incluye uno de los adioses más difíciles de emitir, el adiós de enamorado, porque ahueca el cuerpo y cala hasta los huesos, su sonido hace desgarrar el alma en jirones, coartar los sentidos, matar sin remedio un pedazo de corazón seco que latió con la misma fuerza con la que se rompió en pedazos que ya no encajan, este adiós duele más cuando se escucha que cuando se pronuncia. En el primer caso, se clava en la sien y no basta con cubrir los oídos para silenciarlo, su eco nos acompaña sin querer hasta que suena como el chuzo que cae en un día de lluvia intermitente, es el adiós mojado por agua que emana pura y transparente de los ojos, desde la fuente del dolor, y es a la vez seco de amor. En el segundo caso, cuando se transmite, es aquel adiós que con miedo se susurra para amortiguar el golpe, y que a veces no llega a nacer en el aire porque el silencio lo corta, entonces tan sólo una mirada fría y ausente basta para descifrarlo. Sobre todo es un adiós mentiroso, porque nunca se olvida el amor.

Es también el adiós por excelencia y, sin duda, lamentable a seres amados que vuelan difuminándose en el aire hacia el infinito y se alejan irreversiblemente de nuestra vera,

mientras despiertan la fe de un posible reencuentro en el mundo eterno del paraíso, es un adiós que se llora y bebe entre lágrimas de impotencia, que sabe a sal y rasga la piel pintándola de roja porque es una piedra ruda y tosca que araña el alma. Es el adiós al cuerpo y la bienvenida al ángel que formará una nube siempre alerta sobre nuestra cabeza.

Adiós natural: que llega por su propio paso y rige la evolución de la vida

Adiós deja sabor agridulce en los labios si se pronuncia con la obligación que imprime el paso del tiempo, que transcurre con el conocimiento de acercarnos al final de un capítulo que en vano pensamos no acabará nunca, o quizás sólo tratamos de evadir la evidencia de que todo lo que empieza siempre termina.

Es el adiós a una etapa de vida invertida y exprimida para el trabajo, que ha llenado nuestra vida vaciándola de todo lo demás, que ha distraído tantas veces nuestra mente alejándola de preocupaciones, y por eso se descubre en la proximidad de su destino final que será muy difícil o casi imposible ocupar nuestro tiempo de manera tan intensa, que la ociosidad que se avecina amenaza nuestro equilibrio, y que mirar nuevos horizontes es la tabla que nos hará flotar en el océano de la rutina vaga.

Es además el adiós lento a la juventud que pinta cabello blanco y arruga la piel como el viento que silba contento sobre la cara del mar, es el adiós que desciende la fuerza de los brazos y aumenta la de la sabiduría, que resta tiempo y suma recuerdos, que da respeto y no sabe cómo volver, porque pasa la vida, única ley de justicia.

ADIÓS desafía al destino y cree tener el control de la vida que queda, piensa que nunca regresará a su punto de partida, afirma que jamás dará luz volviendo sobre su camino. Realmente adiós es pretencioso y seguro de si mismo, a veces gana, cuando cumple su objetivo y hasta el último momento de respirar no ha concedido la rendición de su significado, no ha claudicado y los ojos han vivido ausentes de aquello que un día pensamos no presenciar más………aunque es una victoria ilusa y siempre pierde, porque la mirada del alma, que no es esclava de los ojos y es dueña de los sentimientos nos hace libres para contemplar, no deja morir en el abismo del olvido ni un solo instante de vida, se encarga de regresar cada espacio, cada ser, cada rato compartido, en el momento menos pensado o deseado, pero en el momento justo se presenta en nuestra mente, en todo su esplendor, a veces nítido en colores y trazos, a veces entre nieblas, cualquier retazo viejo de tiempo, cualquier segundo, que nos hizo sentir dicha, tristeza, ansiedad, desesperación, placer, felicidad, miedo, pasión o alegría, que moldeó la figura de nuestro espíritu y, simplemente, nos hizo sentir vida.

 

Soledad Fernández Pachón

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El adiós. Por Soledad Fernández Pachón, 9.5 out of 10 based on 2 ratings
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