—Bluugb. ¡Qué poca sustancia! Medusa que no has de engullir, déjala vivir.
—Ignoraba que los meros tuvieseis pensamientos tan profundos.
—¿…! Y yo que las medusas bajaseis a tanta profundidad.
—Porque no soy una medusa, querido mero, sino una musa.
—¿Musa, musa…? ¿Una musa!
—Si. Las musas, cándido amigo, somos las encargadas de inspirar a los artistas en sus creaciones.
—¿Y a quién coño vas a inspirar en esta puta cueva submarina?
—Es que ahora, sosegado ovíparo, estoy en suspensión voluntaria. Harta de la incomprensión humana…
—Pues qué musa tan raquítica, ¿no? Si es que no sabes a nada, tía.
—Verás, adorable mero, las musas somos incorpóreas; lo que observas es la ausencia de agua.
—Tsk, qué va, tía; qué ausencia de agua ni que ausencia de agua, lo que pasa es que no comes nada.
—Es que nosotras, en vez de comer, inspiramos. Saciadas de inspirar podemos llegar a ser tan grandes como la panza de un barco, pero vamos menguando hasta alcanzar el tamaño de un alevín si no logramos conferir arte alguno.
—Pues aquí lo tienes chungo, tía. Aquí las únicas artes que se ven son las de la pesca, y joden que te cagas.
—Esta humilde musa ya no pretende inspirar. Rehusada por todos, ninguneada por prolijos y escuetos, sin poder aflorar poesía alguna, me he visto sumergida al ostracismo…
—Anda, tía, no te ralles, no te ralles…, y no me llores, que me lo pones todo perdido.
—¡Oh! Mordaz y agudo pez, apenas bajel de escamas, no te burles de esta humilde musa, que en mi extremada tristura llegué al extremo de inspirarme a mi misma.
—¿Y…?
—Sólo logré inspirarme lástima.
—Tía, es que…, no sé, no me hagas caso, pero tal vez deberías estar más al loro. ¿No crees que, como está hoy el cotarro, ese rollo tuyo resulta como… presuntuoso? Yo no sé pero, mole o no mole, creo que hay que vivir con el tiempo, ¿no?, amoldarse, y…, perdona ¿eh?, pero, para mí gusto, deberías dejarte de tanta floritura.
—¡Ay mísera de mí! Ya intenté, resignada, inspirar por sendas prosaicas; pero tú no sabes lo frustrante que resulta que te hagan volver más tarde porque están buscando información en Internet. Rechazan la inspiración mítica y lamentan a continuación la decadencia de la lírica…
—Entiendo, es como la pescadilla que se muerde la cola.
—Sí. ¿Y el bochorno que sentí un día? Estaba inspirando a una celebridad y le sonó el teléfono móvil.
—Pero tía, ¿y a ti qué más te da? Tu inspira, que es lo tuyo ¿no? Pero sin tanta sensiblería, joder, y pasa de la peña mogollón, y al que no le guste que le folle un pez.
—¡Ah! compañero de la fría inmensidad. En tu apacible vida entre dos aguas ignoras los hielos que hay que romper hasta conseguir inspirar a alguien. En primer lugar se precisa, harto difícil, el anhelo del artista. Si existe esa voluntad, acto seguido es necesario que el postulante deje la mente en blanco; lo cual, hoy en día, inundados todos de información, les resulta de arduo cumplimiento. Y por último, pero no menos importante, es inexcusable que el poeta se arrope en dudas y tienda ante sí una red de portentosa esperanza…
—¡Joder, musa!
—Pero eso no es todo, mi caro y viscoso amigo; vivimos en una época en la que, los pocos artistas que honran nuestra entelequia, nos arguyen a las musas que han de consultar con su agente literario el contenido subyacente del poema, o que, asimismo, tienen que contrastar la enjundia con su asesor de imagen, o que han de ceñirse a un estilo suelto porque lo pide el mercado, o que, por estrategias de marketing, requieren subordinarse a las influencias…
—¡Jo, tía!, si que está chungo tu currele.
—Y tú, entrañable criatura, ¿no dejarías que te inspirase una nonada?
—¡No!
—¿Por qué?, si sólo…
—Porque no me sale de las huevas.
—Sólo un poquito de nada. Venga, que te voy a inspirar burbujitas de amor…
—Entiéndelo tía… Y no es por el qué dirán, ¿eh?, pero es que…, es por la cosa de la nutrición. O sea…, no vayas a joderme el instinto con tus inspiraciones y me quede sin el papeo.
—No, si lo comprendo; si es lo que me dicen los poetas.

Publicado en Atenea (la revista literaria de l’Ateneu Barcelonés) y en FAK (una revistilla sabadellense).

Mi nombre es RODOLFO PUIG BARBER, vivo en Vilassar de Mar (Barcelona) y los veinte los he cumplido ya tres veces.

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