Ella

 

        En una esquina del tatami de aerobic sudaba una joven con el cabello recogido en una trenza mormona. La camiseta fucsia de tirantes y las mallas color grafito le cubrían una anatomía digna de figurar en un fresco del Vaticano. Cero defectos. Tope chic. Se le habían dibujado bajo las axilas dos semicírculos de humedad que le sentaban igual de bien que un par de pendientes de perlas auténticas. En mitad del chumba-chumba le sonó el móvil que llevaba sujeto a la cintura.

        Vi que se apartaba para hablar. Anduvo hacia la batería de bicicletas estáticas, donde yo me eternizo tratando vanamente de alejarme del perfil mortadela. Entonces la reconocí: la presentadora del tiempo que me hacía sentirme un estropajo cuando, despeinado y legañoso, pantalón corto y babuchas, me tragaba a primera hora del día, junto con el café con leche y las madalenas, una predicción meteorológica que casi nunca acertaba. Y que maldita la falta que hacía; a mi modo de ver y por temprano que fuera, parecía recién salida de una página de Elle. Tan mona, tan desenvuelta sobre los stilettos, con una silueta tan a juego con el decorado de isobaras e isotermas curvilíneas.

        Al pasar a mi altura mascullaba entre dientes, roja de ira:

        — ¡Pero cuántas veces he de repetirte que a mí ese tío me importa un comino! ¡A ver cómo quieres que te lo diga! ¡Se trata de un compañero y punto!

        No pude escuchar más porque se marchó con la respiración convulsa hacia el área de culturismo. Cuando regresó iba secándose un par de lagrimones con el dorso de la mano. Se le escaparon algunos hipidos. Poco después, vestidos de calle, coincidimos en el bar del gimnasio en mesas contiguas. Yo tomaba una cola con nada por ciento de todo. De nuevo le telefoneó el mismo, porque no podía ser otro, y la cosa derivó hacia otro berrinche en toda regla durante un cuarto de hora de refriega.

Ella

        Desde aquel día la observé muy atentamente durante mi desayuno. Pude comprobar que adelgazaba a ojos vista, que adquiría un porte tirando a mustio; un desmejoramiento palmario pese a los trucos del estilismo. Levantaba las manos con desgana al señalar en los mapas, la sonrisa un punto forzada. Sus comentarios habían perdido la jovialidad, tan característica en ella, que nos hacía considerar como llevaderos pronósticos del tiempo tremebundos.

        Aquello no me sorprendió; me lo estaba temiendo.

        Una de esas mañanas mi hija menor apareció por la cocina envuelta en su pijama de osos y lunas, como siempre semidormida y avanzando a tumbos. Es un prodigio como vidente: en tales condiciones y con la melena repartida por la cara acierta a la primera con el tazón, la leche y los cereales. Le hice un comentario sobre la mala pinta de la chica, y que si ella no lo notaba también. Abrió una rendija en la cortina de pelos para echarle un vistazo desabrido y me contestó que de eso nada, y que a lo único que sí le veía mala pinta era al examen de Matemáticas del jueves.

        Desde la época del parvulario Olivia me da la razón sólo muy de uvas a peras.

        Aún me quedaba otro fracaso el mismo día.

        En un descanso de la jornada me entretuve buscando por internet imágenes y vídeos recientes de la presentadora. Mi socio del bufete pasó cerca cargado de expedientes y se quedó mirando la pantalla con sus ojos de pez. Me percaté de ello y, apuntándola con el mentón, di en aventurarme con otro envite de la encuesta.

        —Esta mujer, ¿la reconoces?, la del tiempo de la tele…, últimamente lo debe estar pasando regular. ¿No te parece que se le ve rara?

        — ¿Rara? ¿En qué sentido?

        —Como ausente, más triste, más… deslucida. No sé… Ojalá pudiera hablar con ella. Creo que necesita alguien que le ayude.

        —A mí lo que me parece es que está cada día más maciza. De relinchar. Si consiguieras localizarla pásame su teléfono, por favor; me vendría bien material de primera calidad.

        Arturo acaba de divorciarse antes de cumplir los cuarenta y, según confiesa sin tapujos, está centrado en disfrutar del tiempo desaprovechado pero no del todo irrecuperable.

        Comprobé que la joven faltaba a su cita con el gimnasio cada dos por tres. Si venía, transitaba por el tatami con más pena que gloria, esquivando los ejercicios exigentes. Estaba claro que el problema con aquel sujeto iba de mal en peor. Seguro que además de celoso sería un neurótico subversivo, un cretino de tomo y lomo.

        Después de dos semanas volvimos a coincidir en el bar. Presencié desde mi anonimato otra escena con el mismo protocolo. Por culpa del de siempre, faltaría más. Respuestas nerviosas y entrecortadas. Movimientos secos de manos y cabeza. Según la charla avanzaba iba crispándose. Tras colgar respiró hondo. Dos, tres, cuatro veces…, luego la vi encaminarse sofocada hacia los servicios. Su móvil había quedado a la vista, encima de la bolsa de deporte. En ese instante se me cruzó una vena, y sin valorar las consecuencias ni atender al sentido de la mesura que se le supone a un reputado jurista, fui hasta el aparato y pulsé el número de la última llamada. En cuanto contestó una voz masculina, no me reprimí:

        —Abre bien las orejas, pedazo de gilipollas. Sé quién eres, y como no dejes vivir en paz a esta muchacha te juro que te buscaré, te echaré el guante y te caparé sin anestesia con las tijeras de podar el magnolio. Daré contigo aunque te escondas en el fondo de una alcantarilla, que es donde deben vivir las ratas como tú. Piénsatelo dos veces antes de volver a molestarla, ¡so capullo! ―Y colgué.

        Volví a mi sitio antes de que regresara y ambos salimos sin habernos dirigido una sola palabra.

        En tres o cuatro días pude comprobar los efectos de mi audacia. Ante las máximas y mínimas, los soles, las nubes y los rayos de guiñol, volvió a brillar animosa, suelta, lozana; a mover los brazos con la airosa elegancia de un Lorin Maazel. A ser de nuevo como un puñado de agua fresca en el rostro. Algo se me hinchó por dentro de satisfacción. Para mayor gloria mi hija llegó exultante y me hizo partícipe de un milagro: había aprobado el examen casi sin copiar. Luego me rodeó el cuello con los brazos y me dijo lo mucho que me quería. Las cosas no podían ir mejor.

        La tarde siguiente, después de machacarme una hora en la cinta de correr acudí a recuperar fuerzas tomando alguna de esas soserías líquidas en bote. Ella también estaba por allí y en cinco minutos se bebió un café en la barra. Camino de la puerta dio un rodeo con la clara intención de pasar junto a mi mesa. Casi me atraganto al verla acercarse erguida como una ballesta, taconeo de pasarela, mirándome sin disimulo y sonriente. Escuché su tono de voz mejor timbrado cuando se inclinó para decirme sin apenas detenerse:

        —Muchas gracias. Eres un cielo.

        Y yo me quedé sentado y mudo, con la misma cara de bobo feliz que veo ahora mismo reflejada en el cristal de la vitrina.

Rafael Borrás Aviñó
Rafael Borrás Aviñó
Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”
letrasrafaelborras@gmail.com

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Ella, el cretino y yo. Por Rafael Borrás Aviñó, 9.1 out of 10 based on 7 ratings
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