Gulf y el sendero

       Cuentan las crónicas que fue una hermosura de rompe y rasga, y poco deben mentir para que en los comienzos del siglo VIII Frandina la Cava le hiciera perder el juicio a don Rodrigo, último rey godo. El precio del acoso y posterior derribo de la virtud por parte del rey, tras vencer a la fuerza la resistencia de la doncella, fue la ocupación de la península ibérica por los árabes aliados con don Julián, gobernador de Ceuta y agraviado padre de la muchacha.

       Tales sucesos sin duda trascendentes y graves los desconocía yo cuando trotaba sendero arriba empapado en sudor por un encinar de los alrededores de Pedroche, en Córdoba, no lejos del antiguo camino califal que enlazaba esta ciudad con Toledo. Oscurecían la fría mañana de febrero unas nubes rasgadas y veloces camino de poniente. El viento espeso, amenazando chaparrón, empujaba las copas de los árboles que se movían ondulantes como algas submarinas.

       Ese invierno me había desterrado una semana en un escondite rural para regalarme un retiro deportivo-literario. Un paréntesis en las responsabilidades rutinarias. El asalto a un sustancioso botín de tranquilidad. Poco equipaje: ropa de entrenamiento y un par de mudas de montaña, el socorrido avío de latas, las Memorias de Baroja y música de los Stones. Y Gulf, mi perro, elegante hasta casi principesco, de perfil robusto y mirada orgullosa y sabia. Mi abnegado compinche de correrías, mi marcador del ritmo unos metros por delante de mí. Desde que era un cachorro Gulf le ladraba a todo lo que se moviera, también al reflejo de una farola en las pacíficas aguas de una alberca, a la luna llena o a las rosas del jardín.

       Por eso no le di importancia cuando sin verlo escuché sus insistentes ladridos algo más allá, tras un recodo. Al ponerme a su altura descubrí a la cabra. Llevaba un collar de cuero con cencerro y protegía sus cuartos traseros en el ribazo. Encañonando a Gulf con unos cuernecillos breves, dispuesta a venderse cara. Mi compañero trataba de mantener el tipo, perplejo, desorientado. Indeciso. Era su primera cabra. Tranquilicé al perro mientras recobraba el resuello. Luego eché mano de diversas tretas para que la cabra nos siguiera. No se fiaba. A falta de buena voluntad la cogí sin contemplaciones, me la cargué al cuello y emprendimos la vuelta. Pesaba lo suyo y, encima, tuve que soportar tiernos lametones en el pelo y el repiqueteo del cencerro junto a mi oreja. Iba a ser el último día de destierro pero decidí posponer mi regreso al menos hasta averiguar dónde y a quién colocar mi hallazgo.

       Me enteré luego. Secuestramos a la cabra horas antes de un secuestro histórico, el del teniente coronel Tejero y sus guardias cuando asaltaron el Congreso, pusieron el techo como un colador y a los señores diputados cuerpo a tierra. En la inolvidable noche del 23 de febrero de 1981 yo también me desvelé, si bien por diferentes razones que el resto de la cofradía. Afortunado mortal ignorante sin radio ni televisión, pude beneficiarme de una atmósfera inmaculada en la que ya casi se olía la primavera, y contemplar bajo una sinfonía de cigarras la bóveda del cielo y descubrir en él dispersas luces refulgentes. Al tiempo cavilaba una solución para el problema de la cabra. Gulf se reponía del susto enroscado bajo el cobertizo y ella rumiaba en el corral con la tripa llena.

       Localicé en un caserío a su dueño. Un campesino escuálido como un quijote, el guarda de un latifundio que albergaba las ruinas de una fortaleza medieval. Alabó mi gesto con lágrimas en los ojos –parece ser que la cabra era una mina produciendo leche- y quiso agradecérmelo invitándome a comer en familia. Sentados con su mujer puesta de mandil y cinco críos de risillas burbujeantes compartí una ilustre sopa de ajo con cominos y huevos estrellados seguida de un guiso de cordero y hierbas silvestres. A nuestros pies un hormigueo de gallinas repelaba con avidez migajas y cortezas, entre patas de mesa y taburetes descascarillados en una cocina desnuda de lo accesorio, con la sobriedad mate de la honradez. Me sentí como en una aldea de cuento.

       A la misma hora en que los diputados salían libres del Congreso mi anfitrión, tras el almuerzo, me puso al día de la leyenda de Frandina y el castillo. Escuché sin pestañear la narración de los ardores del rijoso rey Rodrigo al espiar a la joven bañándose en el río, del ultraje, de la venganza del padre y de la derrota de aquél en Guadalete frente a las tropas de Tarik. Sintiéndose culpable, ella se encerró en el castillo abocándose a una existencia invisible. Por allí anduvo el resto de sus días y allí murió doce siglos atrás.

       Aquellos fueron para mí momentos quietos y apacibles degustando requesón y una excelente manzanilla, en la compañía de aquella buena gente que, como dijo Séneca, al no desear nada lo poseían todo. Sin saberlo estaba blindando mi ánimo para reincorporarme a un mundo de locos del que me había casi olvidado.

       La eternidad va a durar tanto que no hay motivos para agobiarse. Lo comprendí al escuchar la historia milenaria por boca del cabrero. Y hasta llegar a esa eternidad permitamos que una sopa bien condimentada, un guiso en su punto o el recuerdo de leyendas en las que se mezclan memoria e imaginación, nos vacunen contra el fanatismo y las profecías de druidas visionarios y nos preserven de los desmanes, majaderías, agrias polémicas y espantos sin catalogar que esta sociedad carente de norte y brújula genera hoy a cada paso.

       En aquella ocasión me salvé gracias a una cabra. Y al amigo Gulf, a quien por desgracia perdí demasiado pronto.

Rafael Borrás Aviñó

 Rafael Borrás Aviñó

letrasrafaelborras@gmail.com

Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”

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