La pirenaica. Por Rafael Borrás Aviñó

 

Estudio-de-radio

 

         Mi vecina se había jubilado recientemente como conductora de un programa radiofónico de música clásica. Un recorrido nocturno por piezas selectas, desde composiciones barrocas hasta maestros europeos del siglo XX, soluble en la tranquilidad de las sombras, en el silencio pacífico de las horas sin tráfico ni ruidos. Si bien bastaba escucharle hablar –swing en cada frase y el duende de un poeta- para que los oyentes percibiéramos que la música más sedante que podía emitirse era la misma voz de Monique. Un don de la naturaleza que le sirvió para profesionalizarse ante los micrófonos.

         Una mañana colocó un cartel en el seto de su parcela. Anunciaba un mercadillo de mobiliario y utensilios propios en el porche de su casa. Quería venderlos. Una costumbre anglosaj ona muy práctica cuando alguien se traslada lejos y no le compensa cargar con el ajuar. La noticia se extendió por el barrio, habitado en su mayoría por extranjeros. En cuanto pude pasé por allí. Estaba de pie en la puerta, alta y frágil, jersey de cuello vuelto y tejanos. Distribuidos con anarquía de zoco, entre los enseres colgaban banderitas como alegres golpes de color. Muchos estaban vendidos, según me dijo: una cortadora de césped que le interesó a un amigo hacendoso, vajilla, alfombras, herramientas, cachivaches…

        —Así que te vas.

         —Sí. Es hora de huir. Dedicarme a recorrer mundo, a esas aventuras que una no puede permitirse cuando está entretenida ganándose las habichuelas. Ya me toca, ya, antes de que la vejez me derribe sin contemplaciones. De momento sólo me acosa…

         Y se rió, tan espontánea como siempre. Refinadamente coqueta.

         Cada madrugada la veía a través del cristal dejar el taxi al regreso de la emisora. Entonces yo frenaba mis dedos sobre el teclado. Un breve paréntesis. Segundos. Sonriéndome bajo la luminosidad de la farola movía la mano abierta hacia mí, como si siguiera un compás imaginario, el compás del rumor de fondo que me acompañaba en mi labor como escritor. Ella sabía que durante mi rutina insomne escuchaba su emisora por los auriculares. También que al cruzar la calle la estaba mirando desde mi cobijo. Levantaba el dedo pulgar devolviéndole la sonrisa para de inmediato volver a mi inspiración.

         —Quisiera comprarte algo.

         —Escoge…, de lo que queda.

         De vez en cuando trasteaba por el jardín plagado de macizos con flores y un perro saltimbanqui dibujándole círculos alrededor, frente a la ventana de mi cocina. Me había mudado nada más casarme y pronto llamó mi atención lo atractiva que se mantenía Monique a pesar de su edad; con ese aire ausente, a menudo absorta en recónditos monólogos interiores.

         Le hice caso y me puse a brujulear entre muebles y cacharros, buscando un objeto, uno cualquiera con el que recordarla en adelante. Me detuve ante varios. Indeciso. Tal vez el facistol con filigranas labradas, o el ídolo japonés de porcelana y antigüedad indefinida… Ella estudiaba mis vacilaciones, los ojos del mismo azul que el Mediterráneo en verano enmarcados por cejas dibujadas a compás y pestañas como juncos. Me tocó en el hombro.

         —Espera un instante.

         Regresó con una radio Telefunken en brazos. De madera y del año del Diluvio. Con sólo uno de los dos botones de control, la rejilla del altavoz ajada ocupando el frontal. Voluminosa y pintada de un marrón deslucido. Me pareció una auténtica obra de arte.

         —En este aparato escuchaba con mis padres La Pirenaica. Ya lo ves, alemán, macizo, sobrio… Aunque también vulnerable: le falta un mando, puedes activarlo si accionas el eje. Con cuidado, no vayas a electrocutarte.

         Me hizo la advertencia muy seria, como si estuviera avisando a un niño de que no se acercara al fogón.

         — ¿No te la llevas?

         —No. Pesa, y voy a viajar mucho.

         — ¿Lejos?

         —Según se mire. Las raíces tiran y a la postre quiero instalarme en Toulouse. Allí nací y tengo a mi familia enterrada junto a otros republicanos exiliados. Me bastará como recordatorio visitar sus tumbas. Las huellas felices ni envejecen ni mueren. —Ahora jugueteaba de forma distraída con un pequeño colgante que pendía de su cuello en una cadenita de oro, irradiando una penetrante melancolía. Adoptó una expresión reconcentrada para continuar—. Te la regalo… En su momento tuvo la culpa de que escogiera mi oficio. Y tú eres escritor de talento. Sabrás hacerlo bien.

         No entendí el porqué de esta última frase, pero me abstuve de preguntar.

         —Estoy en deuda contigo.

         —Anda, cógela y métete en tu casa o te mojarás —me aconsejó tras un largo suspiro apuntando al cielo. Empezaba a caer una lluvia menuda y molesta.

         Al despedirnos me besó en la mejilla y yo mantuve un segundo su mano dentro de las mías. Hubiera deseado retenerla más tiempo, y darle las gracias, y pasar el rato hablando con ella de su huída programada. De su futuro. O de su pasado. Sin embargo fue un apretón huidizo acompañado por un «hasta siempre» insípido y una punzada de ansiedad cogida en el estómago.

         Coloqué la radio en el cuarto de escribir. Al conectarlo sonaron primero algunos chirridos hasta que clamó nítida una ardiente soflama del general Millán Astray desde la sede de la Oficina de Prensa y Propaganda. Manipulé el eje de la sintonía y entonces pude escuchar retazos de partes informativos, iniciados con el toque de cornetín y concluidos con el Himno Nacional. Diarios de la cadena oficial dedicados sobre todo a glosar virtudes y logros del dictador. Desde otros puntos del dial surgieron declaraciones de Marcelino Camacho en Bucarest, boletines de Radio Francia Internacional y de la BBC en español. La mayoría de las voces, ésas y las que siguieron en varios audios de la época, me resultaron del todo desconocidas, aunque sin excepción transmitían un fervor doctrinal colérico.

         Me acordé de las palabras de Monique. «Hacerlo bien…», había dicho.

         Abrí una carpeta nueva en el ordenador y me puse a urdir el esquema de mi siguiente novela. Sobre una guerra que identificara cualquier guerra. Una en la que los personajes reconocieran al final de la trama que mediante las bombas jamás existirán vencedores ni vencidos, sino ignorantes abocados a cultivar odios que debieron ser enterrados nada más nacer en fosas tan profundas como las de los muertos que después causaron.

         Cuando la acabe buscaré a Monique para que me lea algunos fragmentos. He comenzado a añorar su voz.

Rafael Borrás Aviñó

 

Rafael Borrás Aviñó

rafaelborras@canal-literatura.com

Colaborador de Canal Literatura en la sección ” Desde mi sillín”

Blog del autor

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 8.9/10 (8 votes cast)
La pirenaica. Por Rafael Borrás Aviñó, 8.9 out of 10 based on 8 ratings
  •  
  •  
  •  
  •  
  •