Panuelo-palestino

«…Venga a nosotros tu Reino, pero que tarde en venir, hágase tu voluntad, la generosa, así en la tierra como, no te olvides, ¡en el cielo!». Con los ojos cerrados y el ceño contraído, un hombrecillo de mediana edad, gafas de muchas dioptrías y ojeras de no haber dormido, bisbiseaba su peculiar versión del padrenuestro. Dio un respingo cuando doscientos pares de zapatos vibraron sobre el suelo de la cabina al compás de los motores del Airbus A-321. Las líneas blancas de la pista comenzaron a desplazarse lentamente por la ventanilla.

Inmerso en la neblina tempranera el contorno ovoide del aparato tendía a fantasmal, casi a funerario. Evocaba un sarcófago. Sus luces rojas, parpadeando como lentejuelas en el asfalto empapado por un sirimiri nocturno, parecían flotar en el amanecer plomizo de Barajas.

─ ¿Negocios? —Hubo un instante de vacilación. La voz provenía del asiento inmediato. El pasajero devoto reparó por primera vez en su vecino: un cincuentón risueño de barba asilvestrada, anatomía de roble y la tez coloradota propia de quienes pasan mucho tiempo al aire libre.

─Sí… Sí… Exportación de muebles. Asia Central, China… —respondió con desgana.

—Vaya, vaya, todo un empresario…

—Bueno…, un negocio familiar… —matizó evasivo. La música ambiental había cesado y se hizo un silencio de tumba. El despegue. Al empresario el sudor se le derramaba corbata abajo. Retomó la plegaria con los puños crispados.

— ¿Primera visita a Kabul? —cuchicheó el otro.

—Sí. Rezo para llegar sin novedad. ¡Y para regresar el próximo sábado!

─ ¿Quiere que le preste mi crucifijo? Mejorará la conexión. ─Lo extrajo entre los pliegues de la camisa, bajo el jersey de lanilla y un pañuelo palestino verdinegro. Lo mostró acunándolo en la palma de la mano.

─Pero…, —giró la cabeza— ¿es usted cura o algo parecido?

─Fraile dominico, para ser concreto; a su disposición en la vida y en la muerte. ─Respondió como si estuviera en un parque dando de comer a las palomas.

─ ¡Por los clavos de Cristo! ¡No mencione la muerte!

—De acuerdo —sonrió el dominico; la mirada cortésmente irónica, el ademán tolerante.

Pañuelo-palestino

—Perdóneme, —se disculpó— estoy muy alterado… Llevo mediada la novena de San Cristóbal, patrono del viajero… o del peregrino…, que no sé… —Balbuceaba afanándose en la misión imposible de limpiar los cristales de las gafas con el pañuelo sudado— Y usted, dígame, ¿cómo consigue estar tan sereno? ¿Conoce alguna recomendación más solvente que la de San Cristóbal?

─Que yo sepa San Cristóbal protege a ─punteó las yemas de los dedos de una mano con el índice de la otra— los automovilistas, marineros, vendedores de fruta, a los que padecen dolor de muelas… No es una de las verdades del barquero en materia teologal, pero en alguna parte he leído que es infalible cuando se le invoca ante una tormenta, sobre todo si trae granizo… —El empresario, la atención a la deriva, asentía sin escuchar. Su vecino enlazó las manos sobre el pecho antes de proseguir─ Aunque le confieso que también sosiegan un par de dosis de un buen aguardiente en la cafetería del aeropuerto.

─A mí no me entraría una gota de agua. —Al tragar saliva se le encasquilló un poco la nuez─ En estos trances prefiero apelar a mi fe. Soy miembro dela Adoración Nocturnay cofrade de Nuestra Señora dela Mortificación—proclamó con un fondo indisimulado de tiesura. Luego se removió en el asiento para encararse con el fraile.

─Pero, padre, ¡esta cachaza suya…! ¿Olvida los atentados terroristas? ¿Ignora en qué plan se ha puesto el mundo árabe? ─Abrió mucho los ojos, gesticulando─ ¡Volamos hacia Afganistán! ¡Afganistán! ¡Le suena Al Qaeda! ¡Es para morir de un ataque de pánico, metido en este artilugio de latón!

─Eso no me preocupa.

─ ¿No?

─No. Ni un pelo.

─Tendrá sus motivos. ¡Supongo!

─Supone bien. No acostumbro a explicarlos, pero le veo tenso y me sentiría mal de callarme. Escúcheme. Mi Orden tiene misiones dispersas por las montañas de Kunar, bastión de los talibanes. Llevamos a cabo programas de evangelización en condiciones misérrimas, casi infrahumanas…

─ ¿Y qué tiene que ver todo eso con este cacharro volador y los misiles tierra-aire o el terrorismo suicida? ─Le cortó el vendedor de muebles, mirándole por encima de los cristales pertinazmente sucios─ No entiendo…

─Déjeme terminar. Debido a mi cercanía como catecúmeno a un puñado de cabecillas de la guerrilla rebelde, poseo información sobre los próximos atentados que piensan cometer.

─ ¿Qué me dice? ¡No puede ser! —casi chilló, los ojos como brasas─ ¿Por qué no acude a las autoridades?

—Impensable. No puedo.

─ ¡Por Dios bendito! ¡Alguna razón de peso habrá! ¡Vamos, digo yo!

─La del secreto de confesión. Esos datos no deben salir del magisterio sacerdotal ─y agregó, apantallando la boca con la mano—: hemos conseguido que ciertos señores de la guerra se conviertan al cristianismo. Acuden a las iglesias de campaña y se confiesan con los frailes. Yo mismo administro el Sacramento del Perdón; dispongo de testimonios contrastados, secretos que representan una durísima carga en mi conciencia. Lo soporto con la entereza que me otorgan mis votos.

─ ¿Y nunca los revelaría? —inquirió el otro, desconcertado.

─Jamás. Ni arrancándome la piel a tiras. Me va en ello la salvación del alma.

El empresario recapacitó en silencio. Al volver a hablar lo hizo con varios puntos menos de intensidad en la voz.

─Entonces… —Dudó en hacerlo. Pero enseguida, como si extrajera cada frase del fondo de su cerebro con una ventosa, preguntó— Entonces…, si está usted aquí hoy, es porque, ¿no tocará bomba en este vuelo? ¿Verdad…? —temblaba como una hoja, el rostro blanco lechoso— Tengo esposa y tres hijos…

─Pues no, en éste no toca ─certificó sin pensárselo, repanchingado en el asiento. Luego, como quien deposita una propina en la barra del bar, añadió—: y tampoco en el de su vuelta, como no me cabe duda que le interesará saber.

─ ¡Un millón de gracias! ¡Qué alivio! ─suspiró─ Y mire… no piense que abuso de su amabilidad, pero… ya que somos hijos del mismo Credo… Verá, he de viajar mucho en los próximos meses, ¿usted me informaría si…?

─ ¡Pues claro, hombre! Faltaría más. Ande, pregunte.

Tras echar mano de la agenda le fue nombrando cada viaje en proyecto; de él, de su familia, de amigos. Las respuestas fueron contundentes: en ninguno se vislumbraba un solo proyectil por el horizonte. Al cabo, el semblante del empresario restallaba paz.

A mediodía comieron sin dejar de conversar, y después sólo un par de cabezadas interrumpieron la cháchara. El dominico había rodado por el planeta entero y recordaba múltiples anécdotas, insólitas, divertidas, curiosas. Por fin, el aeropuerto Khwaja Rawash a la vista. Alrededor, un paisaje pardo y árido dividido por carreteras como varices serpenteantes, en cuyas orillas dormitaban habitáculos prefabricados y barrios con chozas de ladrillo machacadas por la artillería. Unos cuantos rebaños perezosos. Visibles el contingente de vehículos y carros de combate patrullando, los cazas frente a sus hangares. Al fondo, entre arcos de montañas, la ciudad de Kabul coronada por una calima polvorienta.

─ ¿Qué tal se encuentra? ─interrogó el fraile mientras recogía del altillo su bolsa de mano.

─ ¡El mejor vuelo de mi vida! Sabe, hasta ahora me conducían a horas de reposo atiborrado de ansiolíticos. Hoy, en cambio, me apetece salir por la noche a tomarme unas copas. ¡He conocido al buen samaritano reencarnado!, y, encima, pese a sus votos ha respondido a cuestiones comprometidas.

—Incluso para los mandamientos más rigurosos Dios admite que pueda caber una excepción a la regla.

Les condujeron al interior de un edificio desabrido, en el que llamaba la atención la oferta en los monitores de vuelos a los más sangrientos conflictos en ebullición. Carteles en inglés, ruso, portugués y chino. Ni rastro de franquicias o publicidad de hoteles cinco estrellas. A esa hora de la tarde la minúscula terminal era una amalgama de basura y gentío, la atmósfera saturada de olores pestilentes, rancios. Vigilándola, paramilitares fuertemente armados.

─ ¡Bienvenido a la patria del dolor perpetuo! —exclamó el dominico abriendo los brazos, como si pudiera abarcar con ellos los seiscientos mil kilómetros de Afganistán.

Se despidieron en el control de equipajes para mezclarse con un muestrario de la realidad del país: hombres avejentados arrastrando bultos, cubiertos con salwares, turbantes y pakules. Mujeres silenciosas y huidizas sepultadas bajo los burkas. Por otro lado, europeos y africanos de diversos tonos de piel aunque cortados por el mismo patrón: atuendos de campaña, botas de asalto, mochilas, cráneos rapados, brazos y cuellos sembrados de tatuajes. Soldados de fortuna, mercenarios de mirada torva y francotiradores profesionales asidos al maletín del fusil telescópico. Rufianes algunos, matarifes todos. Mano de obra especializada para nutrir el fabuloso negocio de la guerra.

Apenas había avanzado unos metros cuando el fraile se detuvo sacudiendo la cabeza, como si olvidara algo. Volvió sobre sus pasos con la mano escarbando bajo el jersey. Se la alargó al empresario con el crucifijo.

─Quédeselo, y, cuando regrese, lúzcalo en sus procesiones. Me sentiré honrado. ─Después, en tono opaco, científico, prosiguió─ Pero hágame caso; no se le ocurra ir de farra por Kabul. Ni esta noche ni ninguna otra, porque lo pueden destripar en cualquier taberna sin preguntarle antes ni el nombre. Por estos parajes tienen la costumbre de reventar gente a diario, y lamentaría de veras que le tocara la papeleta sin haberla comprado, y, menos, merecido. No me juegue a tarambana. No aquí. ─Después se apresuró a puntualizar, la cara una máscara impasible─ Le certifiqué que estaría a salvo en los aviones, no en la calle. ─Ante el gesto de perplejidad del otro concluyó, acompañándolo con una indulgente palmadita en la espalda─: Créame, estoy convencido de que el Señor se siente feliz de saber que en los tiempos que corren existen todavía almas tan puras como para creer que los talibanes van a rezar a una iglesia católica y hasta se confiesan.

Paralizado, el exportador de muebles aún pudo escuchar, a modo de rúbrica, una última frase de su compañero de viaje mientras dibujaba con la mano un adiós a la altura de la oreja.

─ ¡Es usted un tipo fantástico, cofrade!

Rafael Borrás Aviñó
Rafael Borrás Aviñó
Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”
letrasrafaelborras@gmail.com

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MADRID-KABUL. Por Rafael Borrás Aviñó, 10.0 out of 10 based on 4 ratings
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