STEPHEN HAWKING ACABA CON DIOS. Por José Ramón Aguirre de Prado

STEPHEN-HAWKING

¿Cuánto tiempo hace? ¿Eones, tal vez millones de años? Tanto que en mi casa sólo podía verse la televisión en blanco y negro. Tanto que me asombraba cuando las películas que proyectaban en el cine del pueblo los fines de semana en las televisiones de los hogares norteamericanos podían verse en color. Era asombroso, increíble.

Yo, era, no sé si ahora lo sigo siendo, adicto a la televisión. Es una droga como otra cualquiera. Recuerdo una serie, «En la zona oscura, o crepuscular», algo similar. Y recuerdo un episodio en concreto. Un pequeño pueblo norteamericano, una típica comunidad anglosajona de los años sesenta, un recorrido por los hogares, un muestrario de las familias que los habitan. Hogares pequeño burgueses, padres de familia anudándose la corbata, preparándose para el desayuno, amas de casa atareadas en sus tostadoras, cafeteras, tarros de mermelada, bollos. Niños relucientes, rubios (supongo), alegres y confiados. Sentados alrededor de la mesa familiar, pulcros, educados. Lo que ahora los psicólogos denominan familias bien estructuradas.

El joven ciclista recorre el barrio residencial y arroja el periódico hasta la puerta de entrada. El abogado, el juez, el empleado del banco, el arquitecto, todos dejan la mesa y salen a recoger y leer las últimas noticias.

La taza de café sostenida en el aire, el periódico medio apoyado en la mesa. -Amor mío. Esto es increíble-. La mujer, perfectamente peinada, maquillada, el vestido entallado, expandido de cintura para abajo en un vuelo vaporoso hasta un poco más abajo de las rodillas, acude con el plato repleto de rebanadas de pan tostado en una mano y la cafetera en la otra. Se inclina. Abre la boca aturdida. -Dios mío- . Acierta a pronunciar.

«DIOS HA MUERTO». El título ocupa la portada del periódico. La cámara recorre de nuevo el barrio, se introduce en las casas. Escenas de asombro, de incredulidad en todas ellas. Los hombres salen inquietos a la calle, se reúnen con los vecinos, comentan. Las mujeres en sus casas aparecen abatidas, preocupadas. Los niños observan intrigados. Vuelven los hombres, ponen en marcha el televisor. No hay otra noticia. «DIOS HA MUERTO». No recuerdo demasiados detalles del episodio, no sé si se ofrecen explicaciones científicas, o si alguna autoridad ha decretado la muerte de Dios, sólo que el cadáver está expuesto y puede verse en todos los lugares de culto.

Una fila interminable de feligreses angustiados desfila ante un féretro en la iglesia. La cámara acompaña a uno de aquellos hombres trajeados. Otros vecinos ya al lado de la caja mortuoria observan el interior y luego se alejan demudados por el espanto. La fila discurre con lentitud, el hombre se acerca cada vez más preocupado. Por fin, a la altura del ataúd, el hombre se atreve a mirar el interior. Lo que allí ve le deja sin respiración. Es su propio cadáver.

Hawking, ese gigante de la ciencia, ese portador de un coeficiente intelectual que dobla o triplica el mío propio, afirma la no existencia de Dios, desde su silla informatizada conduce la poderosa excavadora que hunde su puño metálico en la tumba a medio construir y extrae una gigantesca paletada de tierra para ayudar a terminar la fosa en la que la racionalidad científica pretende enterrar de una vez por todas a Dios.

Al principio fue la teoría de la evolución. Ya no hacía falta el Dios omnipotente para explicar la increíble variedad de seres vivos. Todos estaban relacionados, leves modificaciones producidas a lo largo del tiempo por el principio básico de la lucha por la supervivencia daban lugar a criaturas diferenciadas. Sólo los más fuertes sobrevivían, transmitían sus genes poderosos a las siguientes generaciones. Con el tiempo los científicos han matizado estas afirmaciones, pero en su momento muchos las aceptaron. La teoría evolutiva trajo como consecuencia la eugenesia, la aplicación práctica de los principios que determinaban la supervivencia en las especies animales a la mejora de la razas humana. No hace demasiado que muchos científicos, médicos, antropólogos, los intelectuales más destacados, medían y pesaban cráneos y extraían confusas conclusiones acerca de razas superiores e inferiores. En países que hoy son ejemplo de progresismo, respeto y tolerancia, se practicaron masivas esterilizaciones médicas. Los menos aptos, los subhumanos no debían reproducirse. Yo no dejo de ver una relación, un hilo conductor, un sedal invisible que une estas teorías con su aplicación práctica más conocida, la ideología nazi. Lo que luego ocurrió es historia sabida que todavía nos atormenta, por lo que no merece mayores explicaciones.

La ciencia contra Dios, las mentes humanas más privilegiadas contra nuestra dependencia de un Ser invisible. La gran pregunta que ha atormentado a la humanidad a lo largo de la historia, «¿Quién soy, qué hago aquí?». La pregunta que, desde el momento en que el ser humano tomó conciencia de sí mismo, todas las culturas han intentado responder alzando sus ojos y mirando al infinito, a las estrellas, argumentado la imposibilidad de nuestra existencia sin un soporte omnipotente y ajeno a nosotros mismos, ya tiene respuesta. El bosón de Higgins (no tengo la menor idea de lo que es) ha sentenciado, parece, la cuestión. No hay nada, de la nada ese misterioso bosón extrae algo y construye la materia. Por tanto, de la nada hemos surgido y a la nada volveremos. Somos producto del caos, de la casualidad de infinitas y aleatorias combinaciones bioquímicas producidas a lo largo de cientos, de miles de millones de rotaciones alrededor del Sol y de otras tantas rotaciones del Sol y su corte de planetas alrededor de algún otro astro singular. Cuando muramos, dice Hawking, simplemente el ordenador se apagará. Amén.

Desde hace unos cientos de años la ciencia, o lo que sea que esté detrás de ella, mantiene una lucha a muerte con la idea de Dios. Los estudiosos del comportamiento animal encuentran similitudes alarmantes entre las hordas de chimpancés agresivos y nuestra propia organización social. Los biólogos afirman que sólo un porcentaje mínimo de cromosomas, o genes, o algo parecido, nos separa del simio. Los defensores de los animales abogan por crear una legislación que otorgue derechos humanos a los primates. La bióloga Jane Goodall, tan frágil, menuda y atractiva, admirada por sus años de observación y convivencia con chimpancés, afirma, o al menos eso deduzco yo de lo que he podido leer de sus declaraciones, que hay poca diferencia o ninguna entre el hombre y el mono, y de esta constatación concluye que sería necesaria la consideración de estas criaturas como auténticos seres humanos, pero no, como podría suponerse, desde la idea de elevar la condición animal a la condición humana, sino justamente al revés, enfatizando nuestra, evidente por otro lado, parte o condición animal.

No sólo la ciencia, también el mundo de la cultura, del arte, la literatura, el cine, gran parte de ese mundo, abomina, rechaza a Dios, con especial virulencia al Dios cristiano y lo sustituye por oscuros cultos ancestrales. Un ejemplo: Avatar. La singular película de James Cameron (que por otra parte es un obsesivo buscador de la sepultura de Cristo, en la que espera encontrar sus restos mortales y acabar de una vez con esa historia de la resurrección), los protagonistas de Avatar, continúo, son seres con rabo y apariencia lejanamente animal, que recuerdan diablos. Son los defensores del mundo natural que las grandes corporaciones quieren destruir. Una suerte de tribu integrada en la naturaleza que cabalga dragones voladores. Todo es ciencia y culto religioso a la naturaleza en esa película. El parapléjico, sumergido en un mar de computadoras, puede abandonar su cuerpo, puede migrar su conciencia a un receptor, un avatar, que le permite una nueva vida; luego, retorna a su triste condición humana. Pero hay una solución definitiva entre científica y pseudoreligiosa, el árbol mágico (a mí me recuerda el primigenio árbol de la ciencia, del bien y del mal), el bosque sagrado, la new age en formato de cine. La inmortalidad requiere el previo reconocimiento de que la conciencia es una creación intelectual, una singular disposición de nuestras neuronas cerebrales. Sólo somos lo que creemos ser, memoria, recuerdo. El árbol mágico, fluorescente, permite la migración, la traslación de nuestro recuerdo, de nuestra memoria a un nuevo cuerpo, y, luego, se supone, cuando el receptor se descomponga por el paso del tiempo, a otro y así sucesivamente.

Otro ejemplo. Un documental aterrador. Un matrimonio de cierta edad. Dos personas que se aman profundamente. La mujer padece una enfermedad terminal. Han contratado los servicios de una empresa de criogenización. Piensan estar juntos de nuevo, en un futuro indeterminado, la ciencia les proporciona la esperanza. Se interroga a los representantes de la empresa. Tienen dos modalidades de servicio a los clientes, la más costosa criogeniza el cuerpo entero, la más asequible requiere la separación de la cabeza. En el futuro, conforme la ciencia avance, podrá incrustarse esa cabeza en un cuerpo adecuado. El cliente volverá a vivir. La inmortalidad asegurada, al menos en teoría científica. ¿Porqué no?, lo dice Hawking, y lo dicen la mayoría de los intelectuales que domina el mundo del pensamiento moderno. Todo es ciencia, todo tiene respuesta, sólo hay que esperar.

Pandora abrió una misteriosa caja. Según unos sólo contenía males que, liberados, atormentan a la humanidad desde entonces, según otros, eran bienes que retornaron a los dioses. Sólo quedó la esperanza.

Muchas personas se sienten consoladas por los relatos de quienes estando clínicamente muertos han vuelto a la vida. Estos relatos afirman la existencia de otro mundo más allá de éste. Relatan historias esperanzadoras de perdón y amor ultraterreno. Pero los investigadores ya están sobre ello. Dicen que si se estimula de una determinada manera un área cerebral el sujeto experimenta sensaciones parecidas a las de los testimonios de las personas revividas. Si alguien, monjas de clausura o monjes especialmente entregados a su fe, dicen haber tenido experiencias místicas, de inmediato algún científico incrustará un par de electrodos en el cerebro de uno o varios voluntarios y reproducirá experiencias semejantes sin necesidad de recurrir a explicaciones paranormales. La ciencia no sólo acaba con Dios, también destruye la esperanza.

La muerte de Dios. La nueva religión que sólo cree y depende de la ciencia traerá, ya están en ello, consecuencias terribles. Sin Dios, todo está permitido. Ya podemos ver hombres y mujeres que han vendido sus órganos para poder sobrevivir. ¿Quién impedirá que los poderosos los arrebaten por la fuerza si los necesitan? El doctor Mengele volverá a sus experimentos. Después de todo, el ser humano sólo es una ficción, un muerto viviente, una casualidad de vida corta y en muchos casos prescindible.

Frente a esta avalancha, a esta terrible ofensiva de la ciencia, del ateísmo, de la negación de nuestra condición humana, ¿qué nos queda? Al menos, a mí, sólo me queda Cristo. La historia del hombre que vivió hace dos mil años. El testimonio de cuatro evangelistas. Tres de ellos, de forma muy sencilla, relatan episodios muy semejantes. Caminó sobre las aguas. Apaciguó tormentas y tempestades. Curó enfermos. Resucitó muertos. Habló con su Padre. Pidió por nosotros. Pagó el precio de nuestra miserable condición. Dijo siempre la verdad. Perdonó los pecados. Expulsó al mal del cuerpo de los poseídos. Acogió junto a sí a los rechazados, a los despreciados, unos por pobres, otros por lo contrario. Quien tenía fe en Él fue consolado en sus peticiones, fuera judío, romano, samaritano, cualquiera que se lo pidiera era atendido. Amó por encima del amor humano. Acogió a todos los que estaban perdidos. Dejó que las mujeres y los hombres le amaran y gastaran su dinero en homenajearle. Dijo que pobres habría siempre, pero él estaría poco tiempo entre nosotros. Se dejó conducir a la muerte, solo, en silencio, abandonado por todos, por los suyos, por nosotros si hubiéramos estado allí. Y luego, algo debió ocurrir, algo que transformó la cobardía, el miedo, algo que hizo por fin comprender a las mentes obtusas de sus propios discípulos qué era lo que les había estado diciendo desde el principio. Él no era el Mesías guerrero liberador de Israel, Él no venía a combatir a los romanos, «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Sólo nos dijo una y otra vez «Tened esperanza, Dios está ahí, os espera y Yo soy la prueba de la verdad».

Recuerdo en mi adolescencia un cartel que elaboró uno de los hermanos de la Salle con los que estudié. Una silueta, un rostro barbado que recordaba al del Che Guevara, el guerrero comunista que entonces había pasado a convertirse en mito, en mártir de los movimientos políticos antifranquistas.

El cartel en cuestión acompañaba el siguiente mensaje: «SE BUSCA».

«Jesús de Nazaret. Se hace acompañar de ladrones, prostitutas, pecadores, gentes de mal vivir. Si le encuentras. Síguele. Recompensa. La vida eterna».

Y la esperanza, añadiría yo.

Benedicto XVI, durante su pontificado, hizo lo único que tenía sentido. Escribió y publicó. Jesús de Nazaret. Luego, al poco tiempo, abdicó, dimitió, se jubiló. ¿Qué otra cosa podía hacer?

En la página 69 del primer tomo podemos leer: «Pero Jesús nos dice también lo que objetó a Satanás, lo que dijo a Pedro y lo que explicó de nuevo a los discípulos de Emaús: ningún reino de este mundo es el Reino de Dios, ninguno asegura la salvación de la humanidad en absoluto. El reino humano permanece humano, y el que afirme que puede edificar el mundo según el engaño de Satanás hace caer el mundo en sus manos. Aquí surge la pregunta que nos acompañará a lo largo de todo este libro. ¿Si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor, ¿qué ha traído?

La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios…»

Dicho de otra forma, ha traído la esperanza, nos ha enseñado un mundo distinto de éste. Él fue la prueba. Él fue el testimonio. Si, después de todo, no creemos, si a pesar de lo que entonces ocurrió seguimos cerrados a esa esperanza, ¿qué nos queda? Sólo desfilar con nuestros convecinos por la Iglesia más cercana y mirar el interior del ataúd que expone el cuerpo de Dios muerto. Veremos nuestro propio cadáver.

José Ramón Aguirre de Prado

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José Ramon Aguirre de Prado

Cincuenta y cinco años. Me gusta la literatura. Soy lector de casi todo lo que cae en mis manos. Vivo en San Sebastián, ciudad bella, brumosa, lluviosa, de montes verdes y boscosos. construcciones antiguas en el Centro. Cierto sabor parisino, con puentes que unen la ciudad y sobrevuelan la desembocadura del Urumea. Merece la pena una visita.

2 comentarios:

  1. José Ramón: No voy a dar respuesta uno por uno a tus argumentos porque me resulta tedioso, pero quiero al menos matizar un aspecto de tu escrito.
    Verás, partes de un supuesto equivocado CIENCIA contra RELIGIÓN, y no, no es así. La ciencia no es sino un método que pretende aclarar y alcanzar conocimiento de la realidad. Las creencias son otra cosa, son personales, metafísicas.
    Para terminar, lo que me ha parecido especialmente desafortunado ha sido la tesis de que la «ciencia atea» es la causa directa de la eugenesia nazi, el doctor Mengele etc….
    En fin, con todas las barbaridades que se hacen, y se han hecho, en el nombre de Dios o de Alá o cualquier otro, hay que hilar muy fino para no caer en lo que se pretende denunciar: Intolerancia.

    Un saludo,

    Ignacio Fajardo Portera

    • José Ramon Aguirre de Prado

      Ignacio: En cuanto a lo primero, si te aburre, haces bien.
      Respecto a que parto del supuesto de ciencia contra religión, no creo, en todo caso una gran parte del mundo científico es evolucionista y tiene todo el derecho, por supuesto. Sólo que a mí me parece peligroso y a continuación describo una serie de ejemplos que sugieren una especie de nueva religión que sitúa al ser humano al nivel de otras criaturas de la naturaleza. Hay otro sector de la ciencia que es más partidario de la teoría del «Diseño Inteligente», por ejemplo. En cuanto a mi intolerancia, francamente no la encuentro. Me cuido muy mucho de decir que esa relación, la veo yo, es una opinión subjetiva, en realidad todo el artículo lo es, y por tanto admito la posibilidad de estar equivocado. En todo caso te agradezco el comentario.
      Un saludo.

      José Ramón Aguirre

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