Trece cartas de amor y una confesión heterodoxa.  Por Rafael Borrás Aviñó

     Esta semana me llegó por correo el paquete. No ha sido una sorpresa pero me ilusiona igual o más. Casi me conmueve. Hoy por fin he podido sentarme con el libro en las manos que recoge los relatos del VIII Certamen de Canal Literatura. Muy cerca tengo la ventana por la que, bajo un viento helado que trae un cierto olor a humo de leña, puedo observar de reojo la desnudez de las acacias junto a la puerta de casa. En los riñones un almohadón similar al de la chica de la portada.

     La mayoría de los textos que esta tarde he releído bisbiseándoselos al jarabe para la tos me han sonado a historias escritas en voz baja, acaso en una habitación como la que ocupo, iluminada a medias y frente a un jardín sometido al glacial frío de enero. Al menos con el mío sé que así fue. Todos los participantes nos habíamos recluido en silencio para teclear lo que imaginábamos tras una exploración minuciosa de experiencias, lecturas y recuerdos propios. En estos relatos artesanales y trabajados he vuelto a encontrarme con episodios de alegría y tristeza, de romanticismo y crueldad. Con procederes quiméricos, desorbitados, impíos. Con lo inesperado o extraordinario. Con el rumor y el humor de la vida.

    Se sabe que, poco antes de morir, le preguntaron al inolvidable bailarín Nureyev qué consejo le daría a un joven que quisiera dedicarse al ballet. Su respuesta fue: “Que renuncie… Si puede.” Los autores que participamos en el certamen creo que escribimos por lo mismo que bailaba Nureyev: no podemos evitarlo. La calidad del producto no importa demasiado, sea sobresaliente, provechoso, mediocre o hasta irrelevante. Lo que cuenta es su autenticidad dado el origen en la propia naturaleza, su estrecha conexión con nuestro yo. Sentirse a gusto navegando entre un enjambre de palabras resulta tan consustancial para el escritor como el campo abierto para una liebre. Afirmaba Rosa Chacel que se escribe buscando vivir otras vidas, y yo me atrevo a añadir que porque ello se agradece a la hora de vivir la propia. La paradoja del escritor.

    trececartasdeamor2 Dicho esto quisiera aprovechar la ocasión para contestar a la sugerencia de mi querida amiga Elena Marqués acerca de cómo empezó mi idilio con la palabra. No fui una excepción, viví ese idilio como miles de críos que cumplimos el aprendizaje de las primeras letras sobre pizarras verdes o negras, medio asfixiados por el polvillo de yeso que además nos embadurnaba los uniformes a rayas azules con dobladillos en el cuello, omnipresente en la foto a la vera del globo terráqueo. El camino fue duro y pedregoso, lo reconozco con sincera humildad, pero mal que bien al fin me entraron las vocales y las consonantes, luego las sílabas y las palabras, cargué con las cruces de los acentos y los diptongos, sufrí el mareo del sujeto, verbo y predicado. Etcétera. Tuve la fortuna y el privilegio de ser niño en la prehistoria de la era digital, sin internet ni videoconsolas, sin siquiera televisión. Con tales facilidades ambientales, mediada la pubertad ya había leído casi todo de Julio Verne y Salgari, y bastante de Dumas, Poe y Dostoievski.

     Antes, apenas domé las primeras letras, en el hueco de la escalera de mi casa practiqué una forma de oración profana como es la lectura ensimismada del último tebeo prestado, con la certeza de que el mundo real quedaba muy lejos y de que -volvemos al silencio de la escritura y la lectura- en ese escondrijo nadie me molestaría. Por entonces ello era suficiente para sentirme feliz. Aquellas lecturas me excitaban la imaginación hacia fantasiosos anhelos: yo también iba a ser un héroe, una suerte de caballero andante montado en mi bici dispuesto a luchar contra las injusticias, por maltrecho y herido que quedara. Aprendí a amar los libros hasta que, inmerso en la azarosa juventud y sus exigencias comunicativas, este idilio terminó colocándome sin remedio la pluma en la mano.

     Posteriormente, al interés por escribir y ser leído se unió el convencimiento de que si se quiere llegar al lector no bastan el oficio, la pulcritud y un estilo atractivo, sino que debe buscarse la emoción por encima del asombro o el aplauso. Para lo cual es indispensable llegar a creernos lo que escribimos, ser los primeros en emocionarnos para transmitirle nuestra verdad inventada al lector. Cada historia de ficción se convierte entonces en una suerte de carta de amor, como un mensaje encerrado en una botella que se lanza al mar esperando que un amante desconocido la recoja. El puente entre dos corazones humanos, como lo define Fernando Marías. Aun sin conocer la identidad del hipotético amante, la emoción vivida mientras se escribe compensa con creces el esfuerzo innato a la creación. Si bien confieso que también emociona el que, cuando menos lo espera uno, alguien te diga que se lo pasó genial leyéndote.

     Disfrutad, pues, si os parece, de esas trece cartas de amor tras esta confesión algo heterodoxa.

 

Rafael Borrás Aviñó

Rafael Borrás Aviñó

letrasrafaelborras@gmail.com

Colaborador de Canal Literatura en la sección “ Desde mi sillín”  

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