Piloto de Fortuna

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Sonny_Kaplan
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Piloto de Fortuna

Mensaje por Sonny_Kaplan »

I

Enrique no se lo podía creer. Había picado de la forma más tonta y ahora, ¿cómo pagaría la deuda?

Todo el mundo lo conocía en el karting, pero nadie sabía quien era en realidad. Lo veían vestido con sus polos Lacoste, sus vaqueros Levi's y sus deportivas Nike y pensaban que era uno de ellos. Un niño de papá adinerado. Pero la realidad era otra,

Enrique era un simple repartidor. ¿Cómo se hubieran comportado sus amigos de haberlo sabido?

Conoció a Julio un par de semanas antes, parecía otro de esos pijos. Éste lo retó y compitieron varias veces, apostando pequeñas sumas que fueron aumentando.

En una pista en la que Enrique tuvo el récord hasta que se lo quitó un turista, era como quitarle los caramelos a un niño. Y se aprovechó de ello.

Conocía el circuito como la palma de su mano y además, era un gran piloto. Julio conseguía aguantarle en la salida y poco más. En cuanto Enrique lo adelantaba el otro lo seguía a duras penas. Hasta hoy.

Hoy había llegado en compañía de dos tipos que parecían armarios y los había presentado como sus primos. Después, retó a Enrique, como hacía habitualmente. Y éste, molesto por la presencia de lo que parecían dos matones, había aceptado a regañadientes.

Julio había mandado a uno de sus primos a manejar la bandera a cuadros y poco después, comenzaba la carrera. Como siempre, en la salida Julio se puso en cabeza, para perderla un par de curvas más tarde. Enrique, una vez delante, impuso su ritmo y ganó la carrera con facilidad.

Se bajaron de los karts y se dieron la mano deportivamente, pero Julio le hizo una oferta que por muchas razones no pudo rechazar.

– Otra vez me has vuelto a ganar. Eres una máquina. ¿Qué te parece si subimos la apuesta?

– Pues no lo sé...

– No me digas que tienes miedo.

– No, no tengo miedo.

– Toma, te daré tu dinero – dijo al tiempo que le daba los mil euros apostados.

Enrique se guardó rápidamente los billetes.

– Quiero hacer esto más emocionante, ¿cuánto me has ganado ya? ¿Seis mil, siete mil?

– Con los mil de hoy, son siete mil.

– ¿Por qué no subimos la apuesta a veinte mil euros?

Enrique emitió un silbido.

– Fuuii, es mucho dinero.

– ¿Para ti?, no creo.

Como Enrique no quería que nadie supiese que no era uno de ellos tuvo que guardar la compostura y seguirle la corriente. Miró a sus amigos, éstos no se perdían una coma de la conversación.

– ¡Venga, si para ti es pan comido! – dijo uno de ellos.

– ¿Qué son veinte mil? – dijo otro.

– Sí, claro...

Celina, una chica de origen brasileño no le quitaba ojo, lo miraba con aire de perplejidad. Entonces, quiso darse importancia a sus ojos y dijo:

– Acepto tu apuesta.

Los dos jóvenes se dieron la mano.

Mientras caminaba hacia el kart pensaba en qué ocurriría si llegaba a perder la apuesta. Sacudió la cabeza y se dijo que Julio nunca le había ganado, ni siquiera había conseguido mantenerse delante de él una vuelta completa. Sonrió, estaba muy cerca de ganar una buena suma. Lo único que lo preocupaba eran los primos.

II

Se pusieron al volante y uno de los primos dio la salida. Julio siempre salía mejor y se puso en cabeza. Fue efímero, en la tercera curva Enrique apuró la frenada, le cogió el interior y lo pasó con facilidad.

La carrera estaba pactada a diez vueltas y Enrique no se preocupaba de contarlas, sino que estaba pendiente de la bandera a cuadros. Habían pasado muchas vueltas y Julio se arrastraba casi media vuelta detrás de él. Entonces, el primo sacó la bandera, Enrique creyó que había ganado la carrera y paró justo pasada la línea de meta. El primo volvió a guardar la bandera y poco después Julio lo adelantaba. Desde las gradas sus amigos le gritaron que quedaba aún una vuelta.

Enrique, al darse cuenta, arrancó y salió en persecución de Julio. Tenía una vuelta para adelantarlo. Desplegó todo su arte de conducción, pero fue inútil, llevaba demasiada ventaja. En la línea de meta Julio le sacó medio coche.

Enrique había perdido. Sabía que había sido engañado, ahora entendía la presencia de los primos. Dio una última vuelta muy despacio. Estaba angustiado, pero consiguió reprimirlo antes de llegar a boxes.

Cuando llegó a la zona de gradas vio a Julio esperándolo, lo flanqueaban sus primos.

– ¡Buena carrera! – dijo Julio con una gran sonrisa.

– Sí, claro... ¿No te ha parecido que ha habido un error?

– Sí, ¿por qué te has parado?

– ¡Porque tu primo sacó la bandera!

– Pero, ¿la sacudió confirmando tu victoria, acaso?

– No...

– Pues ya está, no haberte parado. ¿Cuándo piensas pagarme? – preguntó a renglón seguido.

– Aquí no tengo el dinero.

– Ya lo sé. ¿Vengo mañana a por ello?

– ¿Un poco pronto, no?

– No, ¿por qué? ¿Papaíto no tiene dinero?

Iba a replicar, cuando se dio cuenta que varios de sus amigos los observaban, entre ellos la bella brasileña. Entonces, tuvo una idea.

– Quiero la revancha – dijo.

– Lo siento, pero al menos hoy, no va a poder ser.

– Entonces, ¿cuándo?

– Me parece que nunca.

– ¿Era una encerrona?

– Piensa lo que quieras, pero me debes veinte mil euros.

– Vale, ¿puedo llevártelos dónde me digas?

– Buena idea. ¿Sabes dónde está la calle Almirante Francisco Moreno?

– Sí, avenida Pablo Iglesias, a la izquierda.

– Hay un bar a la altura del 32, bar Migüana. Te espero allí mañana a las dos.

– ¡Mañana!, es muy pronto.

– Mañana a las dos, adiós – y soltó una carcajada a la que se unieron los primos.

III

Por enésima vez Enrique repasaba la carrera en su mente, pero ya no había arreglo. Hizo una mueca de desagrado.

– ¿Por qué esa cara? – preguntó Celina que se había acercado a él sin hacer ruido.

– Vaya marrón me ha caído, ¿no te parece?

– ¿Lo dices por la carrera?

– Sí.

– Estaba preparado. Lo que me sorprende es que hayas caído tan fácilmente.

– ¿Lo sabías?

– No estaba segura, pero cuando llegó hoy con los matones, lo supe.

– Eso me había parecido a mí también.

– Entonces, ¿por qué has aceptado?

Enrique se quedó callado. Celina lo miraba con sus hermosos ojos negros.

– ¿Es por mí? – preguntó la hermosa brasileña suavemente.

Enrique se encerró en su mutismo. Al ver su reacción, Celina volvió a preguntar:

– ¿Te gusto, sientes algo por mí?

Enrique ni siquiera la miraba. Ella lo cogió por la barbilla y lo forzó a mirarla. En ese momento hizo algo que Enrique no se esperaba. Celina se acercó y pegó sus labios a los de él. Se besaron.

Pasados unos minutos de silencio la brasileña preguntó:

– ¿No tienes dinero para pagar?

A Enrique se le llenaron los ojos de lágrimas. Ahora que sabía que sus sentimientos eran correspondidos por Celina decidió contarle toda la verdad.

Diez minutos más tarde la muchacha sabía quien era realmente Enrique. Lo abrazó y volvieron a besarse.

– ¿Qué piensas hacer? – preguntó la hermosa brasileña.

– No lo sé.

– ¿Tienes algo de dinero?

– No, para seguir vuestro ritmo tengo que gastar mucho.

– ¿Y el dinero que le has ganado al sinvergüenza?

– Está prácticamente todo gastado. ¿Y si les pido ayuda a los demás?

– ¿Sabes lo que harán cuándo lo hagas?

– Ayudarme, supongo.

– No. Te darán la espalda. No creo que ninguno de ellos quiera ayudarte cuando sepan que eres un simple repartidor.

– Pero, si son mis amigos...

– De tomar cervezas, desengáñate.

– ¿Entonces...?

– Habrá que idear algo. Pero lo primero será pedirle más tiempo.

Enrique buscó el número de teléfono del bar Migüana en el listín y lo marcó.

– Quiero hablar con Julio – dijo a la persona que descolgó.

– Soy Julio, ¿con quién hablo?

– Soy Enrique...

– ¡Hombre!, ¿qué tal? ¿Quieres algo?

– Sí, quiero que me des más tiempo.

– No puede ser. Si mi dinero no está aquí mañana, mis primos se pondrán nerviosos. Y no quiero que vayan a visitarte. ¿Tú quieres?

– No, claro que no.

– Bien, quiero mi dinero mañana a las dos como muy tarde.

– Vale...

Enrique colgó el auricular. Enseguida Celina, al ver la cara que ponía, le preguntó:

– ¿No hay buenas noticias?

– No. Dice que si no pago mañana me mandará a sus primos.

– Pues, tenemos que pensar algo y rapidito.

IV

Celina era, además de una chica muy guapa, una chica muy inteligente. Había tenido una buena idea, ahora, sólo quedaba convencer al cerdo de Julio.

Quedaba muy pocas horas para las dos, cuando Enrique cogió su móvil y marcó el número del bar Migüana. Unos segundos más tarde hablaba con Julio.

– ¿Qué te pasa? – preguntó éste último. – ¿No piensas venir?

– Si, claro que pienso ir. Sólo me preguntaba si querías ganar más dinero, pero creo que me equivoco.

– ¿Más dinero? – preguntó Julio.

Había picado el anzuelo, ahora sólo quedaba recoger el hilo.

– Sí, me imagino que conoces Madrid.

– Sí, ¿pero eso qué tiene que ver?

– ¿Y te gusta conducir?

– Sí.

– ¿Tendrás un buen coche?

Celina lo había visto, tenía un B.M.W. 330i último modelo. Julio contestó:

– Sí, claro.

– Yo tengo un modesto Renault Clio bastante antiguo. Y te apuesto cincuenta mil euros que no eres capaz de llegar desde el karting de Xanadú hasta el Faro de Moncloa antes que yo.

– ¿Me desafías?

– Sí, ¿tienes miedo?

– Si estuviera en un circuito podría tenerlo, pero por las calles, para mí es pan comido.

– Te espero, la salida será a las diez de la noche.

Enrique colgó y miró a Celina con una gran sonrisa.

– ¿Ha picado?

– Sí.

A las diez, los dos turismos estaban uno al lado del otro, preparados para tomar la salida. Uno de los pijos dio la señal y los dos automóviles salieron en tromba.

Hasta llegar a la carretera los dos coches iban pegados, pero una vez allí el B.M.W. se estiró. Enrique, a pesar de tener un coche menos potente, apuraba más las frenadas y sabía colarse mejor entre los coches. No conseguía adelantar a su adversario, pero no lo perdía de vista.

Con poca distancia entre ellos llegaron a la entrada al subterráneo de la M-30. Aquí los dos coches se separaron. Mientras Julio cogía la salida a la cuesta de San Vicente, Enrique continuaba por la M-30 en dirección oeste.

Todo transcurría como lo habían planeado. Julio cogía el camino más conocido y quizás más recto, pero el más atestado de vehículos. En cambio, Enrique cogía un recorrido más largo, pero casi siempre por carretera y por lo tanto mucho más rápido.

En el semáforo del túnel de la calle Bailén, Julio vio frenada su carrera por el tráfico. Aún tenía que subir hasta la plaza de España, girar a la izquierda y recorrer la calle Princesa hasta el final.

Mientras, Enrique volaba por el subterráneo. En su retrovisor pudo ver varios flases de los radares, pero más valía una multa que tener que pagar cincuenta mil euros a unos matones.

A toda velocidad salió del túnel. Recorrió unos tres kilómetros y tomó la salida del palacio de la Moncloa. Ahí tuvo que reducir mucho la velocidad, pues lo podía detener la guardia civil que custodiaba el Ministerio de la Presidencia.

Pasó a velocidad reducida ante la entrada trasera del palacio y la facultad de Ciencias Políticas y salió a la carretera de La Coruña en dirección a Madrid. Se incorporó a toda velocidad y en menos de un minuto giraba en la avenida de los Reyes Católicos.

Entretanto, Julio no paraba de proferir insultos. Iba de atasco en atasco y sabía que a esta velocidad no llegaría nunca. Ahora se daba cuenta del engaño.

Enrique subió hasta la plaza de Cristo Rey, hizo el cambio de sentido y entró a la fundación Jiménez Díaz. Aparcó el coche y de la mano de Celina se fueron andando.

Al menos veinte minutos más tarde apareció Julio con sus dos secuaces.

– He ganado – dijo Enrique –, me debes treinta mil euros.

– Todo esto ha sido una trampa – contestó Julio.

– No sé, pero eso me suena, ¿a ti no?

– No te hagas el gracioso, porque no pienso pagarte ni un euro.

– No me importa, ahora estamos en paz.

Julio se dio la vuelta imitado por los matones. Enrique sonrió, había aprendido una buena lección. Miró a Celina, sus ojos brillaban como los de un gato.

– Gracias cariño – le dijo, y la besó tiernamente

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