Sin Piedad - capítulo 1 - final -

Escribe, coge la pluma y pon tu imaginación a en ella.
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Sonny_Kaplan
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Sin Piedad - capítulo 1 - final -

Mensaje por Sonny_Kaplan »

Me quedé atónito, mi sangre se había helado, y hasta creo que mi corazón había dejado de latir en mi pecho. ¿Sería verdad? Lo más probable es que así fuera. Parecía tener mucho poder este poli.
- Ha acertado – contesté con toda la desenvoltura que pude, – tengo alergia a las comisarías, apestan.
- Mira chico, no seas insolente, tengo aquí lo necesario para enchironarte una buena temporada. Así que escúchame bien y no te hagas el duro, que los he visto bastante más duros que tú. Si soy amable contigo y no te encierro de inmediato es porque tienes cualidades. Quiero ficharte para mi equipo, pero antes de continuar he de decirte que no soy un policía cualquiera. Pertenezco a un cuerpo especial del estado.
- Todo esto es muy bonito, pero no sé si se ha dado cuenta, juego en el equipo contrario.
- Vamos a ver – dijo Henri, se sentó tras el escritorio, abrió una carpeta en la cual no había reparado y se puso a leer. – Te llamas Eric Donegal, vives en Courbevoie, avenida Chateau du Loir, 35 con tu padre que es viudo. Padre irlandés y madre francesa. Ella murió atropellada cuando apenas tenías cuatro años. Te relacionas mucho con David Pichet que fue vecino tuyo, además os conocéis de toda la vida, Marc Merzzario de origen italiano, también lo conoces desde pequeño y Ahmed ben Asri, argelino. Con ellos sueles dar tus golpes. ¿Quieres que siga?
- Es cierto que sabe algunas cosas sobre mí, no me extraña, si es del gobierno lo tiene fácil.
- Tú verás, si aceptas mi proposición me olvidaré de todo, incluido de tus golpes y tus amiguitos. Sino al talego unos cuantos años.
- No creo que vaya mucho tiempo a la cárcel, no tengo antecedentes penales, así que un pequeño tiempo a la sombra a costa del estado no me vendrá mal.
- No seas ingenuo chico, la cárcel no es buena para nadie y si crees que va a ser por poco tiempo estás equivocado. Tengo bastantes cosas sobre ti y tus amiguitos. Aparte del robo al supermercado de esta noche, tengo lo del almacén de aparatos de video, el caso de la tienda de ropa, la cafetería de La Défense, y algunas cosillas más. ¿Quieres que te dé más detalles…?
- Muchas cosas dice que tiene ahí – contesté pasados unos segundos de sorpresa, – pero yo no sé de qué me habla. No conozco ninguno de los casos que me acaba de contar. ¿No será un truco para obligarme a colaborar?
- Mira, por las buenas colaboras, por las malas vas al trullo, pero lo peor es que tus amigos también irán y me encargaré que crean que los has vendido. Os caerá todo el peso de la ley, pero si eso no es suficiente te prometo que lo pasarás muy mal allí dentro. Y mientras estés en prisión me las ingeniaré para que pierdas algún ser querido. ¿Me entiendes? Sabes que las caídas pueden ser fatales y los atropellos están a la orden del día. ¿Entiendes por dónde voy?
- ¿No se atreverá a tocar a mi familia?
- Verás chico, la agencia para la que trabajo es bastante especial, muy poca gente sabe de nuestra existencia, los que saben de nosotros creen que somos simples policías y eso hace que podamos permitirnos ciertos lujos. Así que te daré un rato para que te lo pienses, hazlo aprisa que mi tiempo es más que oro. ¿Entendido?
Descolgó el teléfono y habló con alguien, yo ya no oía nada, mi mente estaba con mi padre. ¿En qué lío nos había metido? ¿Qué pasaría si me negaba a colaborar? ¿Serían ciertas sus amenazas? ¿Qué hacer? Todo esto daba vueltas en mi cabeza a la velocidad del relámpago. De pronto, oí pasos y unos golpes a la puerta.
- Pasa, llévatelo a su celda y déjalo aislado tiene que reflexionar.
El policía me agarró de las esposas y me puso en pie, miré a Henri Charles, pero estaba inmerso en la lectura de un informe, al menos eso parecía. Mi amigo el policía y yo volvimos a enfilar el pasillo, pero esta vez en sentido contrario. Bajamos las escaleras y justo cuando llegamos abajo dije:
- Tengo que mear.
El policía se paró y me miró.
- ¿No te puedes aguantar un poco?
- Llevo horas aguantando, así que déjame mear, sino me meo en cualquier sitio.
- Bueno vamos, pero rapidito.
Rodeamos la mesa y cogimos el pasillo tras ella, era largo y algo oscuro, al fondo a la derecha una puerta daba acceso al servicio. Entramos.
- Date prisa que es para hoy – dijo el policía con voz autoritaria.
Me acerqué al urinario de pared, me bajé la cremallera y me puse a pensar… Hay que hacer algo, ¿pero qué? El policía estaba justo delante de la puerta, mirándome. Oí una voz.
- Michel, te he visto venir. ¿Tienes fuego?, mi mechero se ha estropeado y me he quedado sin lumbre.
Estaba de espalda, pero me imaginaba la escena. El policía que venía conmigo sacaba de su bolsillo un mechero, clic, se oía a su compañero chupar del cigarro para encenderlo, había mucho silencio. De pronto se oyó un murmullo que fue creciendo y se convirtió en una gran escandalera.
- ¿Qué pasa ahí? – preguntó Michel a su compañero.
- No lo sé. Parece que han detenido un grupo de borrachos, voy a ver.
Se oyeron sus pasos alejándose. Miré por encima de mi hombro, mi policía estaba algo despistado guardándose el mechero. Salí corriendo hacía él, no se lo esperaba, me miró con unos ojos llenos de sorpresa. Con las dos manos juntas, le pegué un golpazo justo en la punta de la barbilla, donde pegan los boxeadores para hacer el K.O. Michel, mi policía, se desplomó. Temí que su caída se hubiera oído en todo el edificio. Presté atención al menor ruido. Nada. No había reacción alguna. ¿Qué hacer ahora? No había tiempo que perder. ¿Quizás me pudiera aprovechar del lío que había en la comisaría? Cogí al policía como pude y lo arrastré hasta el interior de un wáter. Rápido, busqué, busqué y por fin encontré las llaves de las esposas. Me las quité. Desnudé al policía y me puse su ropa. No me quedaba muy bien, pero después de todo esto, ¡qué coño!, había que intentarlo. Miré a Michel, seguía grogui, ¿pero por cuánto tiempo? Vamos rápido, me dije. Me acerqué a la puerta, dejando al policía esposado y amordazado con mi ropa, la entreabrí y miré fuera. Más que ver, oí que había mucho alboroto en la gran sala. Me encasqueté la gorra del policía y en marcha. Fui andando rápido, pero no demasiado, llegué a la sala, varios borrachos estaban montando un desorden tremendo, no se dejaban fichar sin poner trabas. Los policías estaban desbordados.
¡A la de tres, vamos allá! Agaché un poco la cabeza y encogí todo el cuerpo, tenía que parecer más pequeño de lo que realmente era. Empecé a andar en dirección a la salida. Crucé la sala y justo cuando estaba tocando la puerta oí una voz en mi espalda.
- ¡Oye tú!, ¿dónde vas? ¿Quieres ayudarnos con estos tipos?
Tosí en mis manos y encorvé un poco más el cuerpo, intentaba parecer aún más pequeño y pasar desapercibido. Me hice el sordo, empujé la puerta y salí a la calle.
- ¡Está tonto este tío! – dijo el policía tomando a testigo a su compañero, – sale a la calle sin contestarme. ¡Con todo el trabajo que tenemos aquí!
- ¿Quién era?
- Pues no lo sé – contestó rascándose la cabeza.
Miré atrás, nadie me seguía. A la izquierda, a veinticinco metros, unas escaleras mecánicas subían al centro comercial. A la derecha, a unos cuarenta metros, la calle de Bezons. Giré a la izquierda, hacia el centro comercial y subí las escaleras. Rápidamente llegué al aparcamiento. Miré a mi alrededor y vi un Renault cinco. Me fui a por él y le di una patada al portón trasero, la cerradura se hundió quedando abierto. Me colé dentro, tiré del seguro, rodeé el coche y entré por la puerta. Tardé en romper el seguro del volante y hacer el puente, tres minutos. En la tercera planta una barrera llevaba rota varios días, por ahí desaparecí.
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