Sin Piedad - capítulo 2 -

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Sonny_Kaplan
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Sin Piedad - capítulo 2 -

Mensaje por Sonny_Kaplan »

Capítulo 2

Me reía, mi risa era histérica y nerviosa, pero también de satisfacción por la jugada que le había hecho a la pasma. Estaba temblando, me temblaban manos y piernas y eso influía en mi manera de conducir. Conducía despacio, demasiado despacio. ¡Espabila hombre!, me dije. Di un gran rodeo, callejeando, vigilando siempre por los retrovisores. Alerta. Me tranquilicé un poco y mi conducción se volvió más segura. Aunque seguía vigilando, pues no quería que me volvieran a apresar.

Mis amigos y yo ocupábamos una casa a pocas manzanas del centro comercial. En un barrio que estaban demoliendo y donde cada día que pasaba quedaban menos casas. Allí me dirigía. Después de dar ese gran rodeo y no haber visto ningún vehículo sospechoso detrás de mí aparqué el Renault cinco y me fui andando. A unas dos manzanas había un descampado que daba a la parte trasera, por ahí llegué a la vivienda.

La casa tenía en la parte trasera tres alturas. Llegué a lo que en la parte delantera era el sótano, miré hacia arriba, en el primer piso se veían unas ventanas enrejadas. Era la planta baja de la parte delantera. En ese lado, el primer piso era la segunda planta que estaba viendo en este momento. Una terraza recorría toda la casa. A esa terraza daban las ventanas de dos habitaciones y la cocina, lugar habitual de reuniones. Estaba iluminada. Cogí una piedrecilla y la lancé contra los cristales. Acto seguido, se apagaron las luces. Silencio. Oscuridad. Esperé. Al cabo de unos minutos que me parecieron eternos oí una puerta abrirse. Se asomó una cabeza por la terraza, era Ahmed.

- Ábreme Ahmed – dije suficientemente alto para que me oyese.

- Ahora mismo bajo – contestó.

Después de unos segundos distinguí unos pasos en el interior de la vivienda y seguidamente se abrió la puerta. Ahmed era un tipo simpático, siempre congenié muy bien con él. Tenía diecinueve años, uno menos que yo, enseguida fue uno de los nuestros. Era alto, un metro ochenta y cinco, era delgado y tenía la piel color aceituna, como es lo más normal en su país. Su pelo era negro y muy rizado y lo llevaba bastante corto. Sus ojos eran pequeños, negros y estaban muy juntos. Tenía la nariz algo prominente y aguileña, llevaba la cara afeitada y su boca era recta y fina. Su discurso ya después de largos años en Francia era bastante bueno, pero aún seguía haciendo, de vez en cuando, algún error gramatical que nos hacía reír.
- ¡Hombre, Ahmed!
- ¡Eric!
Nos fundimos en un abrazo.
- ¿Qué tal estás?, has estado bastante tiempo en la comisaría, pensábamos que te mandaban a la cárcel. ¿Pero qué haces vestido así?
- Me he escapado.
- ¿Cómo?
- Sí, me he escapado, me dijo un tipo que colaborara con él, sino se cargaba a mi familia y a vosotros os metía en el trullo. Pero vamos para arriba y os lo cuento todo. Los demás están aquí, ¿verdad?
- Sí, vamos.

Cruzamos el sótano, estaba reconvertido en discoteca, con sus luces, su barra de bar y su cabina disc-jockey, había hasta un ropero. Subimos, planta baja, era el garaje, sucio, negro, vacío. Seguimos subiendo, primera planta, la vivienda. A la derecha la cocina, ahí sentados estaban David y Marc. David y yo nos criamos prácticamente juntos, fuimos a la guardería juntos, después fuimos al mismo colegio y también al mismo instituto. Vivimos durante largos años en el mismo edificio hasta que su madre y él se mudaron. Éramos como hermanos. David era alto, medía un metro noventa como yo, era muy blanco de piel, llevaba el pelo negro algo largo con la raya a la izquierda y peinado hacía la derecha. Sus ojos eran marrones, la nariz chata y sobre ella llevaba unas gafas metálicas. Sobre el pómulo derecho tenía una verruga oscura bastante grande. Su boca era grande y los labios gruesos. Nos dimos un fuerte abrazo, después fue el turno de Marc.

Era el más bajito, un metro ochenta, pero también el más fuerte, tenía una complexión más atlética que los demás, era muy ancho de hombros y tenía dos fuertes piernas. Su pelo era claro, casi rubio, lo llevaba siempre despeinado. Sus ojos eran color miel y estaban ligeramente hundidos, tenía la nariz pequeña, la boca también, los dientes muy blancos y la mandíbula cuadrada. Algunas veces se dejaba algo de barba, pero lo normal es que estuviera siempre afeitado. Su piel era blanca y con pecas. Después de los abrazos nos sentamos. Quisimos hablar todos a la vez, así que me tuve que levantar y llamarlos al orden.
- ¡Silencio, dejadme hablar! – todos se callaron. – Vamos a ver, ¿cómo es posible que estéis en libertad? ¿Por qué fui yo el único al que se quedaron? ¿Dónde están Kahlil y el cabronazo de su amiguete?
Todo eran preguntas, el primero que me contestó fue David.
- ¿Oye te has pasado a la pasma? – risas. – Venga fuera cachondeo, no sabemos donde están Kahlil y Nasser. ¿Qué pasa con ellos?
- ¿Sí qué pasa con ellos? – preguntó Marc. – ¿Es que hay algún problema? ¿Vienes para detenerlos? – más risas.
- Vale ya de tanta guasa, no estoy de humor para que os burléis de mí toda la noche. ¿Vale?
- Nos hace gracia tu manera de vestir, pero bueno seamos serios – aún más risas. – ¿Dinos, qué pasa con esos dos petardos?
- No pasa nada con ellos – dije, – solamente que Nasser nos ha vendido a la pasma.
- ¡Qué! – exclamaron.
- Sí, así es. El muy cabrón venía preparado, todo era un montaje.
- ¿Y Kahlil, también está en el ajo? – preguntó Ahmed.
- No lo sé. Según el tipo que me interrogó en la comisaría él mismo nos atrajo a dar el golpe.
- ¡Cómo! – volvieron a exclamar.
- Sí, eso dijo y lo creo. Sacó una carpeta y se puso a contarme mi vida y era la primera vez que veía a ese individuo.
- ¿Pero quién coño es ese pollo? – preguntó David.
- No lo sé, dijo llamarse Henri no sé qué, que no era policía más bien un agente secreto, la verdad es que hubo un momento que se me heló la sangre. Yo no sabía que hacer cuando me propuso que trabajara para él.
- ¿Quería que trabajaras para él? ¿Cómo es eso? – preguntó Ahmed.
- No lo sé – contesté, – parece saber mucho de nosotros. Hasta me sacó a relucir varios golpes que hemos dado. Esto es muy raro. ¿Pero y vosotros, cómo que no estáis en la comisaría?
- Cuando llegamos – dijo Marc, – nos quitaron todas nuestras pertenencias y nos encerraron en la celda al lado de la tuya, pero al cabo de un rato, más bien corto, vino un poli, nos hizo salir, nos devolvió nuestras cosas y nos dijo que nos podíamos ir. Así que le preguntamos: “¿y nuestro amigo?”, nos contestó: “no tardará en salir también”. Así que estuvimos esperando un rato por allí cerca, pero viendo que no venías, nos fuimos y vinimos aquí.
- Me parece bien, pero es muy probable que este lugar no sea seguro.
- ¿Cómo es eso? – preguntó Ahmed.
- Mira Ahmed – contesté, – si el tal Henri sabe de nuestros golpes es muy probable que sepa también de la existencia de esta casa.
- ¿Entonces que hacemos? – preguntó David
- Teniendo en cuenta que sólo me quieren a mí sería preferible que os fuerais a casa.
- ¿Estás loco, prefieres quedarte solo? Yo me quedo contigo – dijo Marc.
- Eres un buen amigo Marc, pero sería preferible que me busque la vida yo solo, no quiero comprometeros.
- ¿Estás tonto, no creerás que vamos a dejarte solo, no? Después de lo que hemos pasado juntos – dijo David, – yo no pienso dejarte, tú pensarás lo que quieras, pero esta es mi última palabra.
- Y no se hable más – repuso Ahmed.
- Bueno, haced lo que queráis, ya sois mayorcitos.
- Como muy bien has dicho es probable que conozcan esta casa, así que propongo que durmamos un par de horas y después nos vayamos de aquí – dijo David. – Vamos a hacer guardia, son las seis yo haré el primer turno hasta y media, luego Ahmed hasta las siete, después tú Marc y por último Eric. ¿Vale?
- Eric, no te enfades, ¿pero por qué no nos cuentas que haces vestido de poli? – preguntó Ahmed.
Lo miré por espacio de unos segundos intentando adivinar si lo que quería era reírse de mí o estaba hablando en serio. Como me pareció que hablaba en serio les relaté brevemente mi odisea para escapar de la comisaría y el porqué de estos ropajes. Nos reímos un buen rato.
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