Sin Piedad - capítulo 3 - final -

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Sonny_Kaplan
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Sin Piedad - capítulo 3 - final -

Mensaje por Sonny_Kaplan »

- Grsss, grsss… Aquí el sargento Albert Colant para el teniente Radot, ¿me oye mi teniente?, cambio.
- Aquí el teniente Radot, lo recibo alto y claro. ¿Qué pasa sargento?, cambio.
- La casa tenía puerta trasera, se han escapado. Van por l’allée Sainte Odile en dirección a la calle Louis Blanc, es posible que vayan a La Défense. El agente Pierre Poissons va tras ellos, cambio.
- No os separéis sargento, seguidlos a distancia, enseguida os mando refuerzos. Vamos a rodear el barrio, manténgase a la escucha, corto y cierro.

Mientras tanto nosotros corríamos sin saber muy bien donde queríamos ir.
- ¿Vamos a La Défense? – avanzó Slimane.
- No es mala idea – dijo David, – el barrio es muy grande y con mucha gente, nos perderíamos entre la multitud fácilmente. Lo mejor será dividirnos en dos grupos, creo.
- Bien pensado – dije, – podríamos ir a mi casa para cambiarme de ropa.
- Vamos a ver – dijo David, – Slimane, Ahmed y Marc a La Défense, coged el R. E. R e iros al subterráneo del arco de triunfo, allí nos veremos. Eric y yo vamos a hacer el cambio de ropa.

Daniel, viendo el cariz que tomaba la situación decidió pasar a la acción.
- ¡Gérard!, coge la maza y abre esta puerta.
En apenas treinta segundos Gérard había abierto. Los cuatro hombres entraron pistola en mano.
- ¡Serge, Alfred, abajo! Gérard conmigo arriba, ¡rápido!
Daniel subió como un rayo, Gérard en sus talones. Arriba un pasillo dividía la casa.
- Gérard tú por la izquierda, yo me ocuparé de la derecha.
A la izquierda la primera puerta daba a una habitación vacía, después venía el salón, dividido en dos por un arco y después el cuarto de baño. Por la derecha lo primero era la cocina, a continuación una despensa y seguidamente dos dormitorios, pero aquí tampoco había nadie. Daniel y Gérard terminaron su registro en la terraza que daba al descampado. Abajo, Serge y Alfred esperaban a sus compañeros.
- ¿Habéis visto algo? – preguntó Daniel.
- Nada.
- Vamos al coche.

Nos habíamos separado, David y yo corríamos en dirección a la calle de l’Industrie donde vivía su tía. Ella no estaba, pero como David tenía las llaves entramos. Fuimos hasta la habitación que ocupaba de vez en cuando, abrió el armario y me dio algo de ropa. Un vaquero, un suéter, una cazadora y unas deportivas. Después de cambiarme nos pusimos en marcha hacia el autobús, después cogimos al metro y de ahí a la plaza de l’Etoile.

Tras su victoria en la batalla de Austerlitz, Napoleón Bonaparte mandó construir el que probablemente sea el arco más famoso del planeta. El arco de triunfo. Está situado en pleno centro de la plaza de l’Etoile. Bajo esta plaza discurre un pasillo subterráneo que da acceso al mismo. Por ese corredor acceden los turistas que desean visitar el monumento. En este pasaje hay diseminados varios bancos para uso y disfrute de turistas y parisinos. En uno de ellos Slimane, Ahmed y Marc esperaban. Pasado un buen rato David y yo hicimos nuestra aparición. Los tres charlaban animadamente, cuando Slimane se quedó paralizado.
- ¿Qué te pasa? – le preguntó Marc al ver su movimiento suspendido en el aire.
- ¿Veis los dos tipos con cazadoras de cuero negras...?, pues son polis.
- ¿Cómo lo sabes? – preguntó Ahmed.
- En realidad no estoy seguro al cien por cien, pero he visto bastantes polis en mi vida como para saber que esos dos son polis.
- Vamos allá – dijo Marc levantándose.
Los tres se pusieron en pie y se dirigieron hacia nosotros. Viéndolos venir no pudimos más que sonreír y felicitarnos por haber conseguido escapar de la poli. Pero cuando sólo les quedaban unos cuatro o cinco metros para llegar a nuestra altura, Marc echó a correr haciéndonos señas de seguirlo a la vez que gritaba:
- ¡Vamos!
Como siempre hacíamos en estos casos no buscábamos a comprender qué pasaba, sino que seguíamos el ritmo de los demás, así que echamos a correr también. Cual fue nuestra sorpresa, cuando llegando a la altura de dos tipos jóvenes y vestidos con cazadoras de cuero, Marc sin mediar palabra alguna le propinó un tremendo puñetazo en la nariz al que tenía más cerca. Ésta reventó por el golpe recibido e incluso salpicó de sangre a los que estábamos más cerca. El hombre se echó las manos a la cara, la sangre le salía por entre los dedos, pero como aún no estaba grogui, Marc le dio una patada en la entrepierna que terminó de dejarlo K.O. Mientras tanto su compañero se había quedado clavado, no se esperaba tal explosión de violencia por parte de unos chicos tan jóvenes. Despiste que aprovechó mi amigo David para mandarle una patada justo debajo de la rodilla, se oyó un leve crujido. El hombre se quedó casi de rodillas mirándolo atónito, así que David le dio un puñetazo de arriba abajo, en plena sien, que terminó de tumbarlo.
A nuestro alrededor se había echo el vacío, los turistas y viandantes que apenas dos minutos antes paseaban a nuestro alrededor, se habían volatilizado. Oímos unos pasos apresurados, alguien corría. A unos quince metros las escaleras nos llevarían a la calle, hacia allá nos fuimos a la carrera.

Daniel y sus compañeros habían tenido la suerte de vernos justo cuando salíamos de la calle de l’Industrie. Sospechando que pudiéramos ser dos de los escapados de la casa se pusieron a seguirnos. Poco después me reconocieron, evidentemente. Al ver que nos quedábamos en la parada del bus decidieron que dos de ellos nos seguirían a pie. Claro está no nos dimos ni cuenta y por supuesto los dos tipos que nos seguían llegaron al mismo tiempo que nosotros a destino. Sus compañeros, una vez nosotros en el metro, no podían más que adivinar donde iríamos. Hasta que salimos a la calle y fueron avisados por walkie. Dejaron el coche en la primera esquina y se fueron corriendo al subterráneo, pero tuvieron la mala suerte de entrar por el acceso opuesto. Bajaban las escaleras, cuando se encontraron con la escena de la pelea. Viendo la perspectiva que tomaba la contienda, ya en su tramo final, echaron a correr. Gérard se paró a socorrer a sus compañeros, mientras Daniel subía de cuatro en cuatro los escalones. Afuera nadie. Miró a izquierda, derecha, incluso recorrió algunas calles adyacentes, pero no vio a nadie. Volvió sobre sus pasos para ayudar a Gérard a socorrer sus compañeros.

Los cinco corríamos como alma que lleva el diablo, la gente por la calle se nos quedaba mirando. Después de recorrer varias manzanas nos paramos para recobrar el aliento.
- ¿Quiénes eran esos tipos? – pregunté.
- Es muy probable que fueran polis – contestó Slimane.
- ¿No estás seguro?
- Hombre, seguro lo que se dice seguro, no estoy. Pero yo juraría que esos eran polis.
- Es muy posible que lo sean – dijo Ahmed, – le he visto a uno de ellos la pistola.
- Bueno son polis, ¿y ahora qué coño hacemos? – pregunté enfadado.
- Lo mejor sería perderse un tiempo para que todo esto se olvide – dijo David.
- ¿Y si nos vamos a algún sitio en vez de estar discutiendo todo esto aquí en la calle? – preguntó Marc.
- No es mala idea – manifestó Ahmed.
- Yo sé donde podríamos ir – avanzó Slimane, – el Greco sale con una tía que vive cerca de la estación de Saint Lazare. ¿Por qué no vamos para allá?
- Bien pensado, el metro está cerca, vamos.
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