Sin Piedad - capítulo 4 - parte 1ª -

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Sonny_Kaplan
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Sin Piedad - capítulo 4 - parte 1ª -

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Capítulo 4

Giorgios Mikayos, al cual yo llamaba el Greco, como el famoso pintor, se alojaba en casa de su novia. Para él era lo más normal. Cambiaba de novia como de camisa y no es que fuese precisamente un guaperas, aunque eso sí, tenía tanta cara y tanta labia que conseguía siempre sus propósitos. Y lograba siempre alojarse en casa de sus distintas novias. El chaval era bastante alto, sobre el metro ochenta, tenía grande la frente, su pelo era negro, un poco largo y con bucles. La nariz era recta y un poco ancha, la boca grande con labios gruesos, el superior algo más grande. Bajo su labio inferior se alojaba un pequeño triangulo de barba. Sus ojos siempre protegidos por unas gafas de sol redondas, al estilo John Lennon, eran marrones oscuros. Todo esto unido a su modo de vestir le daba un aire bohemio. Ese aire es, creo yo, lo que realmente atraía a las chicas. Eso y que siempre llevaba algún tipo de droga. No sé de qué se mantenía, se suponía que vivía con sus padres, pero allí es donde menos tiempo pasaba. Siempre estaba metido en casa de alguna de sus novietas, para mí que traficaba con hachís.
Su novia, Silvie, una chica alta y rubia, con unos bonitos ojos grises, pero muy poca conversación, vivía con sus padres cerca de la estación de Saint Lazare. Un barrio humilde que no habíamos visitado mucho, pero en el cual no nos perdíamos. Sus padres, ambos jubilados, aprovechaban para pasar largas temporadas en el pueblo o simplemente el fin de semana. De esto se aprovechaba nuestro amigo y nosotros también de paso. Salimos del metro Liège que era el más cercano, siguiendo siempre a Slimane. El tío se sabía el camino como si fuera su propia casa.
- Ahí es – dijo señalando un portal sobre el cual ponía el número diez.
Pulsó el botón del cuarto A del telefonillo.
- ¿Quién es? – preguntó una voz metálica.
- Soy Slimane, ábre.
- Bsssss.
Nos metimos en el ascensor y David apretó el botón del cuarto. Subimos. Al salir nos encontramos el piso letra A a nuestra derecha. Antes de que Marc llamase al timbre, la puerta se abrió.
- Hola chavales, ¿a que venís?
Nos había abierto el inseparable primo de el Greco.
Milos Chaklis nunca se separaba de su primo. La verdad es que era un tanto simple el chaval y aunque no nos caía nada bien, lo tratábamos lo mejor posible por respeto a su primo. Marc hizo como si no hubiera oído nada, empujó suavemente a Milos y se coló en la casa, todos entramos tras él.

La vivienda no era grande, tendría unos sesenta y cinco metros cuadrados en total. Estábamos en un pequeño recibidor cuadrado, frente a nosotros una puerta daba a una cocina alargada con una pequeña terraza. A la derecha, el salón, rectangular, de paso, bastante espacioso. La parte izquierda hacía oficio de comedor y la derecha de salón. En la pared del fondo se abrían dos puertas, la derecha daba al cuarto de baño, la izquierda sobre un pequeño pasillo que dividía los dormitorios, uno a la derecha y dos a la izquierda.
- ¿Qué tal tío, dónde está tu primo? – preguntó Ahmed.
- Está en el dormitorio con Silvie.
- Vale – dije, – cuando salga dile que estamos aquí, mientras iremos a la cocina a comer algo.
Se quedó ahí parado, mirándonos con sus ojos de pescado frito, alelado. Con estas entramos a la cocina. David abrió la nevera y repartió unas cervezas a la redonda.
- Voy a llamar a casa – dijo Marc.
- Voy detrás de ti – lanzó David, dejando entender que él sería el siguiente.
- Pues yo voy a ducharme – manifestó Ahmed, – me siento sucio.
Mientras, eché un vistazo en el frigorífico. Había muy pocas cosas interesantes que llevarse a la boca, así que me puse a abrir armarios para ver que encontraba. Finalizada mi búsqueda tenía sobre la encimera, espaguetis, una lata de tomate y algunas cebollas, había visto en el frigorífico algo de carne picada y queso rallado, entonces me puse a cocinar. Unos buenos espaguetis con tomate nos vendrían muy bien. Ya era tarde y todos estábamos hambrientos.
Entretanto, Marc volvió del teléfono y David lo sustituyó. Slimane se puso a hacer un porro, dio algunas bocanadas y lo pasó a la redonda.
- ¿Has hablado con tu madre? – pregunté al tiempo que picaba la cebolla.
- Sí, le he dicho que pasaré unos días con unos amigos, me parece que no me ha creído, pero me da igual.
Cinco minutos más tarde entró David.
- He hablado con mi madre, le he dicho que estaría con mi tío unos días. Como vive en la otra punta de París no creo que se presente por allí.
- ¿Y si le da por llamar a casa de tu tío? – preguntó Marc.
- ¡Es verdad!, voy a llamarlo.
- Date prisa – dije, – la comida está en la mesa y con el hambre que tenemos te quedas sin probar bocado.
Nos sentamos a comer. El necio de Milos, como buen fanático de la tele, la estaba viendo embobado y no nos hacía el menor caso, mejor para todos. Enseguida volvieron David y Ahmed y se sentaron con nosotros.

Estuvimos comiendo en silencio, hasta que Slimane lo rompió.
- ¿Y ahora qué hacemos?
- Tú nada desde luego – le contesté, – esto no os concierne a ninguno, pero a ti menos aún. Así que vas a pasar del tema, no quiero que te involucres más. ¿Entendido?
- ¿Por qué no? Tengo derecho a echarte una mano si quiero.
- El problema es que yo no quiero.
- Mira Slimane, no queremos que te pase nada – dijo Marc, – en esta historia puede que dejemos la vida si no jugamos bien la partida. ¿Entiendes?
- ¡No! Quiero echar una mano.
- Bueno, te prohíbo terminantemente que te quedes conmigo – le dije secamente, – y a los demás también.
- Vamos a ver Eric – dijo David, – podrás decir lo que quieras, pero no puedes obligarme a dejarte solo. Te recuerdo que tú y yo somos como hermanos.
- Precisamente, por eso no quiero que os involucréis más. Bastante suerte hemos tenido bajo el arco de triunfo, no quiero poneros más en peligro. Esto es cosa mía, así que saldré solo de esta.
- Si queremos ponernos en peligro eso es cosa nuestra, yo personalmente me quedo contigo – dijo Marc.
- Yo también – dijo Ahmed
- Y yo – repitió David.
- Y yo también – añadió Slimane.
- ¡Tú no! – le dijimos todos al unísono.
La conversación se quedó ahí.
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