Te vas y te alejas,
y yo me quedo hueco, desolado,
mojado en esta pena
que me atraviesa el alma.
Te pierdes y te enredas
entre la bruma de la ausencia, envuelta
en un manto sereno
desde el que me contemplas.
Se desdibuja tu sonrisa en la distancia,
mientras caminas hacia tu nuevo destino,
tan decidida como una diosa de nácar.
Y a mí me dejas aquí
al filo de la desesperación,
y trato de seguirte, de tocarte,
y siento que me abandona la razón.
La angustia me paraliza el deseo
y caigo de rodillas, me derrumbo.
¿Por qué me dejas así, por qué agitas
de este modo mi mundo?
¿Te acuerdas cuando me decías que siempre
estaríamos juntos? Cuando me llevabas
de la mano hacia el paraíso. ¿Te acuerdas?
Entonces me llenabas de promesas.
“Nunca estarás solo, no te faltará
mi cariño”. Y yo te pedía la luna,
igual que si fuera un niño.
¿Por qué te marchas ahora?
¿Por qué me engañas entonces, no dijiste
que lo nuestro sería eterno, no dijiste
“siempre vamos a vernos”?
Yo te había creído y me había hecho
la ilusión de tenerte para siempre,
de sentir cada día la caricia
de tu aliento.
De abrazarte y dormirme mecido
por el sonido de tu risa alegre,
de despertarme feliz y enloquecido
por la fiebre.
Te lo ruego, no me dejes, te imploro.
Pero tú ya no puedes oírme,
me parece que has cerrado los ojos,
y tampoco eres capaz de verme.
Tu paso se ha hecho más ligero
y siento que flotas entre la niebla
gloriosa en tu estado de sueño eterno
tan grácil y bella como una reina.
¿Adónde vas? ¿Adónde?
¡Ven y quédate conmigo!, susurro.
Pero mi voz se ha perdido
en el silencio de tu cuerpo vacío.