Romeo está harto de los ultracuerpos. Telefonea a Julieta. ¿Has visto ya la película? Se encuentran en un bar céntrico. Charlan acodados a la sucia barra. Él bebe red bull. Qué está pasando, Julieta. Ella, cerveza. Romeo observa las tapas, la calle, ojea a la clientela. Acerca sus labios a los de Julieta. Desliza la lengua. Sus torpes movimientos precipitan la cebada contra el suelo. El estallido los separa. Miran al suelo. La Capuleto arquea las cejas. En la película besas mejor. Los veroneses han rodado su primera cinta porno. Con la escasa retribución, él se paga la reforma del baño. ¿Pero y ella? Julieta actúa entusiasmada. Cuando, frente a la cámara, Romeo irrumpe en ella, la joven siente el asalto en tropel de los ultracuerpos. Él, su cabeza ocupada en los azulejos de la ducha, percibe como un ruido secreto el movimiento de esas vainas extrañas. Corten, corten, corten. Por orden del director, Montesco abandona el cuerpo de Capuleto para explorar su piel con las manos, rastrearla con nariz, labios, ojos. Esta vez, las violentas caricias alumbran el tránsito por Julieta de un torrente de imágenes de otra época. Aparecen moteles americanos de los sesenta, los dadaístas en Zúrich, el primer hombre en Saturno, la plaza de la Bastilla, la Guerra de los Treinta Años; Sócrates condenado, los pogromos en Rusia, la sangre siempre derramada en los campos de Polonia, el Tigris y Babilonia. Julieta, Julieta, cuyo placentero abandono permite a Romeo rastrear en sus ojos el trasiego y la veloz concurrencia de las estampas. Él hace su trabajo. La voluptuosa incontinencia de ella es su pena. ¿Has visto ya la película?, le repite tras el beso detenido y la cerveza derramada y la acusación de la amada. El paroxismo de Julieta permanece, desde hace meses, entre los pobres decorados. Tras la experiencia cinematográfica, Romeo recorre en la soledad de la casa a Julieta. Te quiero. Ella permanece absorta. No, no la he visto. En su desamparo, Romeo no entiende aún aquella invasión de tiernas cáscaras en el cuerpo de la Capuleto ni su extasiado viaje en el tiempo. Julieta pide ahora un vodka. Sí, toda la exaltación se ha esfumado. Llevan meses de zozobra. Viven los peores momentos desde que, cuatrocientos años atrás, se prometieran un célebre amor eterno. Con la pornografía y el cine ha llegado a mí la delicada penumbra. El granero aislado por la ventisca, el tañido de unas campanas, un griterío anónimo. La penumbra. La agitación y el sosiego. Julieta ha sentido el gozoso extravío de una prostituta sagrada de lengua callada y añorante cuerpo. Frente a todos esos testigos del cinematógrafo, los ultracuerpos se han movido como insolentes zorros salvajes dentro de la muchacha. Romeo telefonea a Julieta desde una cabina pública. Se citan en un bar céntrico. Durante la espera, siente el agotamiento y el hartazgo. Juega y pierde en la tragaperras. Al lado de las vainas, los conflictos del pasado son paños menores. Los celos de Romeo cuando ella comparte lecho con Lord Byron. Su rabia en la Verona convertida en fortín del imperio austriaco, donde Julieta practica el amor libre. Las lágrimas de ella cuando Romeo se lo monta de ácido y loas al freak power y no aparece por casa durante semanas. Pero la suplantación de sus afectos por las conchas extraterrestres no tiene precedentes. Está trastornado. Hace un tiempo que ella dejó la convivencia. Animado por la cafeína y la glucoronolactona de la bebida, Romeo se suelta. ¿Qué coño te dan esas vainas, Julieta? No es eso. A Montesco le sobrepasa la dimensión solitaria de los acontecimientos. En su nuevo piso de cincuenta metros, Julieta invoca con insistencia a los ultracuerpos. Frente al espejo del baño o en la salita o tumbada junto al balcón, con acordes de la psicodelia de fondo, sus caricias conjuran las vainas y la frenética sucesión de fotogramas. Julieta ha encontrado la penumbra. La agitación y el sosiego. Una región aislada por los vientos. El tañido de unas campanas. Los afilados gritos de unos niños en la campiña. Nada. No está pasando nada, Romeo. Julieta paga y, apresurada, se marcha. Siente el gozoso extravío de una prostituta sagrada de lengua callada y añorante cuerpo. Entre las débiles sombras del anochecer, advierte la llamada de las vainas. En la penumbra, Julieta pasea por calles desiertas su agitación y sosiego. Como zorros salvajes. Romeo la ve abandonar el bar, ensimismada. Julieta está flipada, piensa. Aplasta el red bull con una mano mientras ojea a la clientela. Juega a la tragaperras y gana. Sonríe. Teobaldo, ponme un cubalibre.