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69- La verdadera poesía de todo eso. Por Yosi

El abuelo había estado bebiendo sin tener derecho. Se escondería el sake en la botellita del agua o aprovecharía la euforia general para acercarse  a la máquina de las cervezas, nunca se supo. El caso es que estaba borracho como nunca lo había visto. Escandalosamente borracho, con un brillo pícaro y melancólico en los ojos y unas ganas de cantar lo que fuera que no podía contener.

 A mí, me habían enganchado por la primera vez a pasar en familia la salida más tradicional del país, el picnic bajo los cerezos en flor, en fin, la fatídica Sakura, para la que en principio había quedado con los amigos, como debido, pero no, mi padre se puso chantajista y tiránico y me obligó a bajar de un punto la gomina y a subir de un centímetro el cinturón, porque los Kobayashi debían reunirse al completo, encima de un plástico azul, debajo de un frutal, en el parque Ueno, a las once, en Tokio.

Mi abuela, sentada en la esquina con su medio metro de  estatura, lucía un tocado mutante y estrafalario de precursora de Manga, mi madre era más beige y compuesta que de costumbre, y la calentorra de mi hermana  se había puesto las medias más absurdas de la historia de la humanidad.

En todo eso, lo hombres, normalmente, bebemos, pero a mí me retenía la resaca del día anterior  y al abuelo, teóricamente, el veto más absoluto del médico. Intentando solidarizar con nosotros, mi padre tampoco se estaba pasando, y quizá fuera ése el motivo de  su acritud irremediable. Alrededor de nuestro virtuoso núcleo se celebraba sin restricciones aparentes el momento culminante de la primavera, pero los Kobayashi tenían un problema: iban en formación jerárquica con un cabecilla severamente enfermo   y secretamente dispuesto a dictar sus últimas voluntades.

Colocamos el contenido de las bolsas  encima de nuestros metros cuadrados de éxtasis anual y fuimos a por más refrescos. Fingimos ser una familia normal. Sin embargo, a las pocas horas, el abuelo estaba borracho, y no se trataba exactamente de una mona amistosa: empezó con unirse  al grupo de chicas que tocaba la guitarra a nuestro lado y tuvimos que ir a buscarle pidiendo perdón mil veces. De vuelta a su territorio, quizá en plan vengativo, lanzó un par de indirectas a su hijo sobre la economía familiar que congelaron el ambiente, y luego siguió mareándose con artimañas y transvases que todavía ignoramos, hasta alcanzar un estado de embriaguez embarazoso.  Sobre las seis de la tarde leí entre las cejas pintadas de su graciosa mujer una enorme inquietud sin confesar: el Kobayashi mayor quería mear en donde fuera, y eso no era posible, y mucho menos en Japón. Se bamboleaba canturreando, peligroso, eliminada toda censura interior.

Para ser honesto, lo del picnic en familia me había parecido una mala idea desde el principio, pero había acabado tumbándome, abandonado al fluir de los eventos; gozábamos de un tiempo agradable y la inusual impertinencia del patriarca me estaba pareciendo hasta simpática. Pero, como  él insistía en querer hacer pis en el medio de la beata multitud, y que mi padre se había puesto nervioso por culpa de sus comentarios anteriores, se me encargó oficialmente de acompañar al pesado al lavabo público más cercano, cuidando sobre todo de que no se desviara hacia las máquinas expendedoras, que en parque hay muchas, y todas ellas funcionan.

Sospecho, de todas formas, que el viejo zorro había rellenado con premeditación el termo del té verde con un buen porcentaje de sake y que, a esas alturas, todo se la sudaba.

Nos alejamos del grupo, pues.

La abuela tenía el pelo lila con un mechón lateral naranja y se negaba entrar en polémica en un sábado de  Sakura; armada de un zoom más grande que ella, sacaba románticas fotos de capullos apuntando con precisión semiprofesional y, en alternativa, entrecerraba los ojos  sumida en una milenaria abstracción. Mi hermana menor, la impresentable imooto, levaba varias horas interrogando su móvil, y mi madre, por su parte, se volvía  más imperscrutable por minutos.

El abuelo había cogido un pedo salvaje e inamistoso: tuve que  mantenerle de pie a pesar de su reticencia y me fue imposible acallarle. Sencillamente, decía lo que pensaba. Lo inaudito.  Entre  una tempura y un plátano al chocolate había abierto el tema de la gestión de su urna cineraria, poniéndose francamente blasfemo.

-¡No quiero ninguna lápida gris! Bah, ¡esos pedazos de mármol amontonados como dientes necesitando ortodoncia! ¡Y no se os ocurra dividir mis cenizas en tres partes, que no voy a casa de nadie!- había empezado, para luego soltar lo peor – Sobre todo no me llevéis al cementerio de la empresa, ¿eh? ¡UCC y un huevo! Yo necesito descansar en el bosque de mi pueblo, en donde todavía hay más bambú que tumbas y somos cuatro gatos, joder. No, no ¡cuánta gente en este país, todo el rato! Uno encima de otro, ¡qué agobio!

Pasando olímpicamente de las ojeadas patidifusas de mis padres, iba añadiendo:

– Ah, ¡nunca en el cementerio de la UCC,  bajo la tacita de café de su lema, rodeado de lameculos y envidiosos!

 Y, a continuación, desvaríos del tipo:

–  Os prohíbo de ponerme encima una lápida gris. La quiero rosa, si acaso, que también existe mármol de ese color. ¡Una mariconada de lápida rosa, como ciertas bonitas flores de primavera, jajaja!

El delirio funerario del abuelo era incontenible y preocupante. En el sofoco de ese vaniloquio le estaba llevando a los orinales, sorteando miles de  personas felices y decenas de tentadores tenderetes.

Por fin encontré un atajo un poco menos  concurrido, y casi estaba cumpliendo con mi ardua misión cuando el maldito se abrió la bragueta sin preaviso y se acercó a una pared, cogiéndome de sorpresa.

La cosa ya no tenía arreglo. Lo único que pude hacer fue acercarme a él para taparle un poco de la vista de los transeúntes y aguantarme las ganas de huir al otro cabo del planeta.

–          Hiroshi-me dijo él sujetándosela. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre. Normalmente se limitaba a apodarme mago, nieto, como si yo no fuera digno de atención personalizada. -, Todos hemos visto esos vídeos tuyos colgados en You Tube: no aguantas las pastillas.

–          -¿Cómo que no aguanto qué?

–          Bailas como un imbécil y de la cara mejor no hablemos. Un hombre que no sabe llevar ni un colocón ordinario es una deshonra para cualquier familia.

Sentenció el abuelo continuando en su obscena meada y dejándome absolutamente petrificado.

No tuve otra opción que el silencio. Los borrachos circulando aumentaban y probablemente muchas ofensivas verdades andaban sueltas por ahí esperando a sus víctimas.

Por esas circunstancias poéticas de la vida, se levantó entre las ramas el más elegante viento del Este, despojándolas de las primeras flores en caer de la temporada.

El abuelo levantó la cabeza. Unos pétalos flotaban en el gran charco de su orina y el techo de un templo se reflejaba en él.

Todo fue muy involuntario y rápido.

–          Hiroshi- repitió, muy serio -, ¿Sabes cuál es el momento más bonito de la Sakura? Cuando se cae el primer pétalo. Es el inicio del fin, el punto más delicado, la verdadera poesía de todo eso. A los hombres nos pasa lo mismo, pero una sola vez. La naturaleza, como siempre, nos da por saco. Vamos a volver, que ya he meado a gusto, mago.

Había vuelto a ser mago. Total.

Dos semanas después se nos muere el abuelo y naturalmente se le destina en parte al cementerio UCC, que no son tiempos para hacerle feos a la empresa,  que ni se sabe lo que me va a pasar a mí.

Su lápida no es rosa y las flores se han caído, TODAS.

Debería salir con los amigos como cada sábado, pero el ridículo hecho en You Tube aún me quema por dentro.

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69- La verdadera poesía de todo eso. Por Yosi, 9.0 out of 10 based on 4 ratings

5 Comentarios a “69- La verdadera poesía de todo eso. Por Yosi”

  1. Lovecraft dice:

    Mucha suerte

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  2. sacha dice:

    In sake veritas.
    Suerte.

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  3. Hóskar-wild is back dice:

    Un abuelo, cualquier abuelo, tiene todo el derecho del mundo a beber, a reír, a hacer lo que le venga en gana, a decir verdades con voz de goma, a mear sobre los muros del cementerio, a elegir el color de su lápida y a llamar a los nietos como quiera. Un abuelo, cualquier abuelo, está muy por encima de todo eso. Suerte

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  4. Lovecraft dice:

    Delicioso relato lleno de gracia y frescura, en la misma línea de La Monja Violinista, aunque no compartan muchas más cosas. Demuestras, entre otras cosas, buen conocimiento de la cultura japonesa y un dominio perfecto del castellano y sus intríngulis. Una escritura impecable, así que algún error de puntuación que me pareció detectar lo achacaré a un defecto de revisión. Si este relato no está entre los finalistas, es que no entiendo una mierda de literatura.

    P.D.: me apunto en mi agenda dos palabras cuya existencia, gracias a tí, acabo de conocer (vaniloquio e imperscrutable).

    どうもありがとうございました

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  5. El asesino de Morfeo dice:

    Un pedete lúcido es un pedete lúcido aquí y en Japon. Al final, y hurgando, la humanidad se hermana via alcohol o You Tube. Lloraré lágrimas de sangre por los deseos incumplidos del gran patriarca. Me gusta tu relato, suerte.

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