Aguirre de Prado publica

Editorial Amarante publica El caso Ontoria, una historia de recuerdos transmutada en novela negra.

Sobre la cuestión de ¿qué es novela negra? hay muchas ideas. En mi opinión, más que una simple historia de crímenes y detectives, lo que conocemos como novela negra se caracteriza por hacer alusión, navegar, sumergirse en esa parte oscura del alma humana, oculta en gran medida a nosotros mismos, quizá porque ninguno queremos reconocer su existencia. Según yo  entiendo, no existe el héroe, ni el villano absoluto: sólo personas, hombres y mujeres que se ven determinados por su propia historia, por su familia de origen,  su educación, por su experiencia vital, en definitiva. Pero, sobre todo, por ese misterioso, intangible, incognoscible contenido genético que nos hace ser lo que somos sin que, por mucho que hagamos, podamos evitarlo.

Este es el enlace a la editorial. Se pueden descargar un par de capítulos. Y, si se descarga el formato e-book, se puede compartir.

Siempre quise escribir una novela y hasta hace muy poco no me atreví a hacerlo.  En mi ya lejana adolescencia y juventud fui lector empedernido de novelas que hoy se consideran comerciales, de simple entretenimiento. Siempre pensé lo extraordinario que sería ser capaz de escribir un relato que concitara la atención del lector. Sin embargo, una adicción perniciosa se interpuso en mis intenciones. Me convertí sin saberlo en adicto a la televisión. Conocía todos los telefilmes que se proyectaban en la primera televisión española, la de una cadena. O dos como mucho, en blanco y negro. Sabía los días, las horas que correspondían a cada uno de ellos. Los principales se podían ver por la noche, creo que después del telediario, duraban unos cuarenta y cinco minutos, y solían ser de tema policíaco o de intriga en general. El Santo, Los invasores, El fugitivo y muchos parecidos. Por las tardes, episodios cortos de series variadas, y, entre estas, una en especial llamaba mi atención. Creo que se titulaba Los Dalton, o La montaña Dalton. Una familia extensa, abuelos, padres y una docena de hijos estrictamente puritanos, amantes del trabajo, honrados, cargados de buenas intenciones y de bondad anglosajona, explotaban la producción maderera de una montaña de su propiedad. El protagonista principal era Jon Boy, un adolescente ejemplar, el hijo que todas las madres y padres quieren tener. Después de trabajar veinticuatro horas en la industria familiar, después de ayudar en los problemas más variados, desde los propios de adolescentes en lucha con el mundo y la vida y solucionar esporádicos trastornos emocionales de abuelos y padres, todavía tenía tiempo de recorrer veinte kilómetros  diarios hasta la escuela del pueblo con un libro a modo de mochila. Quería ser escritor. Allí una maestra, creo que rubia, rígida como un palo y exigente hasta el agotamiento, le hacía leer Madame Bovary y escribir relatos siguiendo el ejemplo de la novela que más aman los norteamericanos.  Agotador, pensaba yo, mientras, despatarrado en el sillón televisivo, me convencía a mí mismo de la imposibilidad, vista la exigencia, de ser escritor. Y esa  prohibición televisiva se mantuvo durante décadas, si bien de vez en cuando emborronaba algunas cuartillas que siempre acababan en la papelera. El permiso que derogó el tabú incrustado en mi cerebro vino, cómo no, de la propia televisión. Otra vez en el sofá, otra vez despatarrado, medio narcotizado por la digestión, a media tarde. Don Camilo conferenciaba. “Para escribir una novela”, dijo, “sólo hay que tener una historia que contar”. Bueno, pues esta es mi pequeña historia, El caso Ontoria.

 

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