UNA SOLA ROSA, UNA.

Tocan a la puerta, me mantengo acostada en el sofá, con los ojos cerrados y la respiración queda. Puede ser que si escucha ruido se marchará pensando que no hay nadie.

Transcurren unos segundos de quietud.

Quizá ha desistido y se ha ido.

Expulso una bocanada de aire, suave, esponjosa y reposada, de alivio.

Inmediatamente suena el repiqueteo insistente y mi cerebro, pesado y pesaroso, lo procesa.

-“Levántate y abre. Saben que estás ahí. Te sienten. No tienes escapatoria.”

Me incorporo torpemente y me obligo a recibir al perseverante e inoportuno visitante.

Abro la puerta y allí está, una rosa, sólo una, una rosa roja. Viene tan sola y deshabitada que no se ha rociado con su íntimo perfume, desabrigada de su capa de espinas. Desnuda.

-“Adelante –le invito a pasar desganada.”

Ella soberbia y arrogante se adelanta haciendo un sonido rumoroso que es fruto del movimiento de sus pétalos despojados de aderezos. Yermos y secos, deshidratados y marchitos de orgullo.

Pasa hasta el salón y observa indolente el espacio, buscando un búcaro en el que introducirse para recuperar su esencia. Deambula de un lado para otro. No hay ningún aposento que le proporcione de nuevo la vida.

Trae una nota prendida en su cáliz. Con un giro brusco y airado la deja caer al suelo.

No la recojo. No tengo interés en conocer su sentido.

Busco presta un vaso y lo lleno de agua. La cojo y las espinas de las que se ha despojado se me clavan en la piel. La suelto inmediatamente, el dolor traspasa mis membranas y se adosa en el interior de mi corazón. Corazón que duele. Corazón que se lastima. Corazón quemado. Corazón sin música, con latidos de humo.

El recipiente de agua la espera, ansioso. Agua que quiere ser libada por esas raíces desesperadas por la soledad. Melancólica flor. Su tálamo fue cercenado por una traición indeseada. Igual que mi corazón que rehuye de la palabra y reivindica la incomunicación, la ignorancia, el oscurantismo de la realidad. Para no sufrir.

Sí, sí, lo sé, es de cobardes. Soy cobarde. No tengo valor. Como la rosa me he despojado de mi yo para convertirme en otra. La flor sin perfume, sin espinas, pudiera ser cualquier otra flor. Yo sin mi esencia, sin mi alma, sin mi corazón, puedo ser cualquier otra persona que no ha sido flagelada por la mala suerte. Cómoda dentro de mi incomodidad. Y de este modo me soporto. Amargada.

Vuelvo a prenderla entre mis dedos, con cautela y suavemente la sumerjo en el agua, que la espera anhelante. Es el agua de la vida. El tesoro de la naturaleza. La rosa se despereza. Sus pétalos se asedan, aterciopelados por las brumas del bienestar. Un leve perfume va acaramelándose en el aire. Aspiro ansiosa. Quiero recuperar de este modo una porción de valentía. Las espinas afloran por su tallo estilizado. La rosa respira tranquila, vigorosa, hermosa.

Una mirada temerosa y observo la tarjeta tirada sobre la alfombra. Está del revés. No adivino su contenido, ni la identidad de su remitente, ni el color de las letras que me quieren mostrar un camino, una dirección, un destino.

El temor me puede. Prosigo cómoda en la zona de la incomodidad.

Un paso adelante. Un solo paso y los desvelos por no saber pueden desaparecer.

Aspiro profusamente, profundamente para mitigar la asfixia que me recorre la piel. El aroma de la rosa se puede casi tocar. Unas esferas transparentes oscilan entre sus estambres como diminutas burbujas de placer que están esperando ser eclosionadas para desmandarse y hacer feliz a alguien. A ti, tal vez. A mí, no lo sé. No sé si la felicidad regresará a mi estado vital. Sé que debo ser yo la que prepare y gestione su bienvenida. Abierta y fulgurante como una estrella que alarga sus vértices envolviendo todo aquello que necesita para encontrar la paz, la serenidad, el amor, la libertad, la amistad; para toparme conmigo misma. Contigo. Sin huir. Sabiendo. Conociendo. Comprendiendo.

La rosa va embelleciendo el ambiente por momentos. Un, dos, tres, cuatro….. , minutos u horas y todavía no he recabado el suficiente valor para leer aquella nota abandonada sobre la fría cerámica.

Tras titubear unos instantes más, me levanto y recojo la nota.

La volteo y leo absorta:

“Sigue viviendo desde el interior de tu corazón”

La rosa vacía del facebook, la rosa que se envía indiscriminadamente a diestro y a siniestro, la rosa muerta que se planta en cientos de muros, que recrea cientos de perfiles extraños y desconocidos. La rosa desprovista de olor y espinas. La rosa artificial que sin embargo revive con el agua que brota de las personas y de sus almas.

Salgo a la calle.

Busco la vida desde dentro de mi corazón. A vencer mis miedos. A abrir nuevos caminos. A coger las manos tibias y cálidas que pertenecen a otros corazones.

colores

 

Fátima Ricón Silva

Blog de la autora

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Un solo de soledad. Por Fátima Ricón Silva, 10.0 out of 10 based on 4 ratings
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