Escritores, críptidos y demás fauna extraña: homenaje a la criptozoología

Nueva antología de la editorial Saco de Huesos

Homenaje a la criptozoología

 

 Dentro de esos animales hay bastante de nuestra propia naturaleza.
Bram Stoker, Drácula

 

Rechazados durante siglos por la ciencia e incapaces de colarse en los tratados de zoología, los críptidos ‒animales cuya existencia no ha sido corroborada mediante un método científico‒, mucho más tímidos y esquivos que las especies convencionales, han debido conformarse con poblar los libros de pseudociencia y los de narrativa. Y en estos últimos, gracias a la fértil imaginación humana, han prosperado, convirtiendo en su particular refugio la literatura fantástica ‒y no menos el cine: el yeti en La momia: la tumba del emperador Dragón, el omnipresente kraken en la saga de Piratas del Caribe, que tampoco descuida a las sirenas, y toda suerte de seres extraños en las adaptaciones cinematográficas de las novelas de Harry Potter, sólo por citar algunos ejemplos recientes y bien conocidos, aunque es en las producciones de bajo coste en las que más proliferan los animales inverosímiles‒.

 

La diosa Aruru se lavó las manos,

cogió un grumo de arcilla y lo arrojó a la estepa.

En la estepa creó un hombre primordial, Enkidu, el guerrero,

vástago del silencio, fortalecido por Ninurta.

Todo su cuerpo está cubierto de pelo,

lleva largas trenzas como las de una mujer,

el cabello de su cabeza brota frondoso como grano.

No conoce a las gentes ni un país;

viste una piel como Sumuqan ‒dios de los animales‒.

Con las gacelas pasta en la hierba,

uniéndose al rebaño en los juegos en la poza de agua,

su corazón se deleita con las bestias en el agua […],

 

narra ya tempranamente el Poema de Gilgamesh[1], describiendo a un humanoide primitivo que bien podría confundirse con un bigfoot.

En la epopeya mesopotámica, Enkidu, protector de los animales salvajes frente a los cazadores, antagonista de Gilgamesh y después fiel compañero del héroe, abandona definitivamente a las bestias y se integra en el mundo de los hombres cuando, guiado por una hieródula que le instruye en el sexo, descubre su faceta humana. Es entonces cuando los animales le vuelven la espalda y, asustados, huyen de él, pues ya no le reconocen como un semejante. Así, sucesivamente, la mujer le enseñará a comer pan y beber cerveza. Enkidu se rasura el cuerpo, se asea, se unge con aceite, se viste como los hombres y se convierte en un ser civilizado. Incuso ayuda a los pastores a mantener alejados de sus rebaños a los animales salvajes.

La progresiva desvinculación entre el hombre y la naturaleza, de alguna forma, sienta las bases sobre las cuales habrá de erguirse la criptozoología. Al tiempo, el nacimiento de las primeras ciudades marca definitivamente las fronteras entre ambos reinos: el animal y el humano. El primero identificado tempranamente con el caos, y el segundo, con el orden. Así la ciudad pasa a ofrecer seguridad frente a una naturaleza cada día más ajena, desconocida y temida.

El urbanita genera una demanda creciente de espacios humanizados en los que aislarse, y aclama de buen grado como su rey al líder dispuesto a facilitárselos. Esa forma de pensamiento deja su huella en la propaganda oficial que legitima a los soberanos[2]. Así, por ejemplo, en los bajorrelieves neoasirios, el monarca es representado como guerrero y cazador que lucha contra las bestias salvajes ‒especialmente el león‒. Esas bestias, por otro lado, encarnan el caos primordial del que surge el mundo en la cosmogonía ‒no por casualidad cosmos significa «orden» en griego‒. De esta forma el orden se identifica con la civilización, que a su vez se funde con un modelo urbanístico: la ciudad, paisaje antrópico, se opone a la despoblada e indómita estepa, presuntamente habitada sólo por los bárbaros, más animales que humanos.

El hombre, enclaustrado en sus espacios antrópicos, fabricados artificialmente a medida, olvida progresivamente su naturaleza más primitiva, su faceta animal, y construye su identidad por oposición a la bestia, temida por el peligro real e inmediato que entraña para la integridad física pero también porque, en el fondo, nos recuerda aquello en lo que podríamos ‒y tememos‒ convertirnos si dejásemos de reprimir nuestras pasiones e instintos.

A medida que el recelo y el pánico hacia nuestros hermanos los animales aumentan, crece también nuestra ignorancia sobre ellos. Y la ignorancia, como es bien sabido, ofrece tierra abonada para bulos, fábulas y leyendas. En definitiva, para híbridas e improbables quimeras.

Analizando el argumento desde otro ángulo, la criptozoología a menudo se revela, indudablemente, fruto de una antigua mitología que ha sido reinterpretada o malinterpretada por un hombre privado de la percepción sacralizada de su entorno, cada día más escéptico y menos espiritual, que en la naturaleza ya no advierte el prodigio sino únicamente una presunta amenaza.

Así el kraken, tan popular y temido por los marineros entre los siglos XVI y XVIII, un periodo en el que las travesías a larga distancia se incrementan, es directo heredero del Leviatán bíblico, antiguo rival del dios supremo convertido en dócil mascota por los hebreos. Pero a su vez el Leviatán bíblico hunde sus propias raíces en un pasado aún más remoto. En la antigua Mesopotamia asistimos a la lucha entre una divinidad principal –en origen femenina: recordemos los poemas Ishtar y Bilulu[3] e Inanna y el Ebih[4]– y una serpiente de grandes dimensiones que domina las aguas primordiales, a las que representa. Con la saliva del monstruo se fabrican las nubes de tormenta que derraman la lluvia, de los ojos de su cadáver se hacen fluir el Tigris y el Eúfrates y con el cuerpo de ese ser vencido –denominado Tiamat por los babilonios– cortado en dos, Marduk, separando las aguas de arriba de las de abajo y conteniéndolas con cerrojos[5], crea el mundo en el Enuma Elish[6]. Pero este poema parece haberse inspirado en el mito preexistente que narra la batalla entre el dios local Tishpak, patrono del Estado de Eshnunna –donde las escenas de lucha entre un héroe y una serpiente o dragón de siete cabezas abundan en la glíptica–, y el Labbu, monstruo ofídico de magníficas dimensiones. Y este último es a su vez reelaboración de otro mito más antiguo en el que un dragón bashmu nacido del mar sucumbe ante Nergal. Además la misma trama se repite en el enfrentamiento entre el Baʽal cananeo –que tantos rasgos e incluso títulos cede al Yahweh hebreo– y Yammu, dios del mar, así como en su lucha contra Lôtanu –la «serpiente huidiza» de siete cabezas cuya derrota recuerda el mito ugarítico Lucha entre Baʽlu y Môtu[7]– y Tunnanu[8] –dragón primordial de siete cabezas, aliado o doble de Yammu, que acaba amordazado y aplastado en el mito ugarítico El palacio de Baʽlu[9]–. Esta gesta de Baʽal, por su parte, inspira la lucha entre Zeus y Tifón descrita por diversas fuentes griegas, herederas de la cultura proximoriental a través de los mitos hititas. De entre ellos, el de Ullikummi ‒de origen cananeo‒ en efecto parece haber promovido la elaboración de la hazaña de Zeus, aunque en él Teshshub recibe la ayuda de Ishtar para enfrentarse al monstruo mientras el dios griego actúa en solitario. El combate contra el dragón se convierte en argumento central también del mito hitita La lucha contra el dragón ‒de origen anatolio‒, en el que Teshshub se dirige al mar para derrotar al dragón y recuperar así sus órganos, y del de Hedammu ‒de origen anatolio‒, en el que Ishtar se encarga de seducir al rival de Teshshub, contra quien Kummarbi ha lanzado un monstruo surgido del mar[10]. De hecho el mitema cosecha tanto éxito a lo largo de los siglos que acaba moldeando también algunas facetas del popular héroe griego Heracles, campeón victorioso sobre la Hidra de Lerna y, según cuentan Píndaro y Teócrito, responsable en su más tierna infancia de haber acabado, únicamente con la fuerza de sus manos, con las dos serpientes enviadas a su cuna para matarle por la celosa Hera. Lo cierto es que ya en la Siria del tercer milenio antes de Cristo, en algunos encantamientos procedentes de la ciudad de Ebla, Hadda, dios de la tormenta, se presentaba como vencedor de un dragón. El motivo de la lucha contra la serpiente primigenia está presente, además, en los himnos del Rigveda que componen el ciclo de Indra y Vritrá ‒que algunos estudiosos, alentados por indicios léxicos, consideran un préstamo mesopotámico‒. El mismo argumento trata, entre los egipcios, el mito Seth contra el dragón.

Y sin embargo, a pesar de que como hemos podido constatar procede de la antigüedad más remota, el críptido ‒que no ha de confundirse con la criptofauna, compuesta por organismos reconocidos por la ciencia y cuyas costumbres incluyen el vivir escondidos en los refugios que ofrece su hábitat‒, lo pone de manifiesto alguno de los autores recogidos en esta antología, reúne al tiempo rasgos poderosamente contemporáneos: animal de corta y pega, inverosímil collage y a menudo palmario fraude, justifica su dudosa y precaria autoridad con argumentos peregrinos cuyo único crédito consiste en haber sido repetidos hasta la saciedad por profanos en redes y medios. Poderoso monstruo de antaño hoy venido a menos, el críptido, desalojado de las solemnes cosmogonías y las épicas gestas, de los aterradores tratados de teratología −como la antología de presagios sobre malformaciones animales y humanas Shumma izbu, a la que los acadios concedían gran credibilidad−, es arrastrado como rareza de feria, sin pudor ni reverencia, por sórdidos platós de televisión y vulgares programas pseudocientíficos. De señor del cosmos, digno oponente de los propios dioses, se ha convertido en bichito mediocre que se oculta en las oscuras cloacas de nuestro subconsciente.

Porque en tiempos en los que el mito agoniza, en los que impera el pensamiento racional −opuesto a la experiencia simbólica, que se expresa mediante un lenguaje figurativo−, la leyenda urbana, gracias a un mundo globalizado en el que la información circula a vertiginosa velocidad por prensa escrita, radio, televisión y sobre todo Internet, pero donde rara vez se contrasta la fiabilidad de las fuentes, goza de un envidiable estado de salud. Y eso a pesar de que buena parte de la población ha recibido formación académica y por tanto habría debido desarrollar un espíritu crítico.

Calabazas en el Trastero 24: Criptozoología

Así, en esta antología encontramos relatos donde la criptozoología, que por su propia naturaleza se relaciona esencialmente con el ámbito rural, entronca con la leyenda urbana, manifestación del folclore contemporáneo que recupera motivos del patrimonio popular precedente ‒presente en los mitos, las leyendas, las fábulas y los cuentos‒ y los adapta a las inquietudes de nuestra época en la que trabajadores de la limpieza del alcantarillado –ese submundo sombrío y misterioso en el que, además de caimanes, podría habitar cualquier engendro– se dedican a perseguir seres imposibles. Y es que en esta sociedad frívola e indiferente todo acaba yéndose por el sumidero. Especialmente en un Madrid bestial y despiadado donde impera le ley del más fuerte: en cuya superficie los militares perpetran el frustrado golpe de estado del 23F, y cuyas entrañas habitan parásitos que convierten a los prescindibles operarios en anfitriones y alimento para sus crías.

En efecto varios de estos relatos resultan plenamente contemporáneos e introducen la amenaza del críptido en ambientes turbadoramente familiares, en nuestras propias casas, demostrando que nadie, ni siquiera hoy en día, está a salvo de lo terrorífico e irracional. No obstante muchos otros textos, de elegante regusto colonial y marcado exotismo y misterio, especialmente atractivos, se ambientan en lejanos lugares, en parajes poco conocidos, perfectos para ocultar aún especies raras.

Ciertamente los relatos de los primeros exploradores, expuestos ante un entorno peligroso que difícilmente lograban comprender, compiten con la más sobrecogedora y fabulosa narrativa de terror.

Percy Harrison Fawcett, miembro de la Real Sociedad Geográfica de Inglaterra, desaparecido en 1925 durante una de sus expediciones a la selva amazónica, describe en las crónicas de sus viajes[11], redactadas en 1924, una serie de animales aún desconocidos para la ciencia que se dirían verdaderos monstruos, como un enorme tiburón de agua dulce desdentado pero devorador de hombres[12]. No es de extrañar que Fawcett se atreviese a proponer que las enormes bestias presuntamente avistadas en los pantanos de las selvas del Madidi (Bolivia) y otras partes de Sudamérica fuesen «monstruos primitivos»[13] insólitamente sobrevividos a su era. «¿Por qué dudar, si quedan aún tantas cosas extrañas por descubrir en este continente misterioso? ¿Por qué, si viven insectos, reptiles y pequeños mamíferos todavía no clasificados, no podría existir una raza de monstruos gigantes, remanentes de especies extinguidas, que viviesen en la seguridad de las vastas áreas pantanosas aún no exploradas? En el Madidi, Bolivia, se han descubierto grandes huellas, y los indios nos hablan de una criatura enorme, descubierta a veces semisumergida en los pantanos», concluye el aventurero[14].

En efecto varios de los relatos que componen esta antología se desarrollan en el escenario de un África aún escasamente conocida. Allí se buscan dinosaurios, extraños árboles antropófagos o arañas gigantes que, con la complicidad de siniestros antropólogos, se alimentan de bebés humanos.

Entre estas páginas encontramos testimonio de una malograda expedición a la intrincada selva congoleña en busca del Mokèlé-mbèmbé, un anacrónico saurópodo. Esta narración, que trae a nuestra memoria El mundo perdido de Conan Doyle, y como aquella destila una visión romántica de la naturaleza salvaje y aún no contaminada por la perniciosa influencia del hombre, pone al descubierto que el peor monstruo es el ser humano, capaz de aniquilar a sus semejantes por ambición, por algo tan vil como las riquezas obtenidas mediante el trágico expolio del coltán. Paradójicamente, para nuestra vergüenza como especie, son los dinosaurios los que habrán de hacer justicia, restableciendo el orden y castigando la perversidad del hombre.

El hombre, ese bárbaro capaz de las peores represalias sobre sus semejantes, dispuesto a contemplar cómo una esposa es digerida viva por los jugos gástricos del voraz críptido vegetal que habita en la selva de Mozambique, a tramar largamente un castigo tan cruel, sólo por celos o despecho. Si eso es lo máximo que podemos esperar de la mente científica, racional y presuntamente atemperada de un botánico de avanzada edad, imaginemos cómo pueden llegar a comportarse el resto de individuos.

Mientras, por el contrario, algunas de las criaturas que engrosan la lista de los críptidos, a pesar de defenderse ferozmente de sus enemigos, se muestran más tiernas y solidarias con los suyos que el hombre. Tienen más de humano que el propio ser humano. Constituyen manadas protectoras y cálidas como nuestras familias y comunidades ya no saben serlo. Ellas sí defienden aún la estructura social nuclear y a los suyos. Y esos animales más humanos que los hombres, a veces ‒como la nāginī que acompaña a un piloto japonés de la Segunda Guerra Mundial confinado durante décadas en una isla perdida‒, incluso nos rescatan a nosotros también de la locura a la que arrastra la indiferencia y el abandono.

Porque la del hombre, en el fondo, se revela una naturaleza dividida. Como la del mestizo sin patria o la de las sirenas que surcan estas páginas. Quizá por eso el hombre teme tanto a los críptidos: porque en ellos se ve reflejado como en un espejo.

Y ante la imagen grotesca e ignominiosa que atormenta la conciencia, los más sensibles y críticos prefieren renegar de su faceta humana para regresar a unos orígenes salvajes pero mucho más inocentes. Como el misántropo Bierce al que también homenajea esta antología, que harto de las atrocidades de la guerra, de la lucha fratricida sin sentido, deseoso de guiar hacia la iluminación interior a nuevos escépticos desencantados con sus semejantes, decide dejarse guiar con un wendigo muy al gusto de Algernon Blackwood y convertirse a su vez en otro protector de los bosques.

Como hemos podido comprobar a lo largo de estas líneas, en cierta forma la criptozoología surge en el intento de racionalizar, mediante una disciplina científica, el prodigio. Pero está claro que normalmente el prodigio no se deja capturar tan fácilmente y, sometido a esa arbitraria e injustificable prueba, se diluye entre los impotentes dedos. Porque trascendencia y razón jamás han de medirse con el mismo rasero.

Esta sociedad superficial pretende domesticar y mantener cautivo el milagro, apropiándose de él por la fuerza y mediante el vil metal. Pero eso va contra el orden natural de las cosas, contra la propia naturaleza del misterio. Conviene, pues, dejar vagar libres a los críptidos. Lo contrario, ya lo demuestra la obra que hoy se presenta, puede tener tan nefastas consecuencias como capturar un hipocampo vivo, provocando las iras del tritón al que dejaremos sin montura.

Unicornios medievales o de peluche, kelpies de Irlanda ‒patria de criaturas fantásticas, herederas de cultos paganos y tradiciones precristianas‒, sirenas, seres entre humanos y serpentinos, wendigos, arañas gigantes, dinosaurios, hombres-lobo u hombres oso…; una antología compuesta por trece relatos de una especial fascinación, con prólogo de Jaime Noguera y aderezada por una soberbia portada a cargo de Pedro Belushi, que propone una variada galería de animales misteriosos y extraños para hacernos reflexionar sobre la compleja naturaleza humana. Que nos recuerda cómo la fantasía se revela necesaria para seguir viviendo, para mantener la cordura a pesar de la sordidez de la vida. Cómo hemos de aprender a respetarla si no queremos acabar muertos. Tal vez empalados por un ofendido unicornio.

 

Calabazas en el Trastero 24: Criptozoología

 

Calabazas en el Trastero 24: Criptozoología

 

Bajo el ruido de sables (José Luis Alonso y Santiago Aparicio Lara)

El que detiene los ríos (Francisco José Segovia Ramos)

Bitter Bite (Salomé Guadalupe Ingelmo)

Bajo las aguas oscuras (Anaïs Bahillo)

El cuerno de la pureza (Víctor Villanueva Garrido)

Ibérrimo de alcantarilla (Martín Salegui)

¡Hasta nunca, Seinfeld! (Marcos Fernández)

Bakemono-ni-Kogarasu (Mikel Patón)

Aprendizaje (Lisardo Suárez)

El alma partida de las sirenas (Juan Ángel Laguna Edroso)

La función del cuerno (Óscar Muñoz Caneiro)

Hipocampo (Antonio Sancho Villar)

J’ba Fofi (Curro Esteves)

Salomé Guadalupe Ingelmo

Salomé Guadalupe Ingelmo

Notas

[1] A. George, The Epic of Gilgamesh: The Babylonian Epic Poem and Other Texts in Akkadian and Sumerian, Londres: Penguin Books, 2000, p. 5.

[2] Sobre la iconografía asociada a los soberanos en la antigua Mesopotamia se puede consultar Matthiae, Il sovrano, especialmente el capítulo «Le imprese del re e il trionfo sul caos».

[3] Una traducción en J. Bottéro – S. N. Kramer, Uomini e dèi della Mesopotamia, Turín: Einaudi, 1992, pp. 347-352. En esta composición la diosa, como después hará Marduk en el Enuma elish, creará las fuentes de agua con el cuerpo del enemigo vencido. Significativamente más tarde Marduk, que parece suplantar a Ishtar en su gesta contra el caos primordial con forma de serpiente, recibirá el título de En-Bilulu («Señor de Bilulu»).

[4] En el que el oponente de la diosa es un monte con algunos rasgos ofídicos. Una traducción en Bottéro –Kramer, Op. cit., pp. 224-232.

[5] Los mesopotámicos imaginaban la Tierra como una superficie plana que flotaba sobre un mar inferior, el Abzu, y que estaba cubierta por una bóveda también acuática, lo que justificaba la lluvia cuando esos cerrojos se descorrían.

[6] Una traducción en Bottéro – Kramer, Op. cit., pp. 642- 695.

[7] G. del Olmo Lete, Mitos y leyendas de Canaán según la tradición de Ugarit, Madrid: Cristiandad, 1981, p. 213.

[8] El Tannin bíblico ‒a menudo traducido con el nombre común «serpiente»‒ que, según Isaías 51:9, fue derrotado por Yahweh.

[9] Del Olmo, Op. cit, p. 185.

[10] Una traducción de los textos se puede consultar en A. Bernabé, Textos literarios hetitas, Madrid: Alianza, 1987.

[11] Fawcett, Percy Harrison, A través de la selva amazónica, Editorial Zigzag: Madrid, 1974.

[12] Fawcett, Op. cit., p. 177.

[13] Fawcett, Op. cit., p. 266.

[14] Fawcett, Op. cit., p. 177-178.

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