Creo que todo el mundo sabe de lo que hablo. De lengua pegajosa y de ojos llorosos. De sueño. De sensación de irrealidad.

El sábado participé, como otros años, en la entrega de premios de Canal Literatura, esta vez desde el otro lado. No me tocó llegar nerviosa por si tenía la gran e inmerecida suerte de subir al patíbulo (perdón, al estrado) a recoger un premio. Esta vez yo formaba parte del jurado, un honor enorme y una mayor responsabilidad.

Como siempre, me sentí como en casa. Murcia es mi ciudad, la que siempre me acoge y me refugia. En apenas un día y medio me dio tiempo de pasear por sus calles iluminadas y luminosas, asomarme al Segura, saborear una marinera en la plaza de Las Flores y, sobre todo, cansar a los siempre amables empleados del hotel NH Amistad, al que creo que pusieron el nombre por nosotros y que el resto del año se lo cambian porque pa’ qué pa’ qué.

En el viaje de vuelta (a quien le interese: dormí más que en el de ida; al menos dos o tres minutos), aunque intenté, para que no doliera demasiado, hibernar en un invierno inexistente, aún me parecía estar con vosotros, escuchando la maravilla de recital que nos ofrecieron cuatro poetas admiradas e inigualables, el jazz tranquilo de Miguel Ángel Monda Trío, la imagen revoloteando del Caballero Poeta (las dos cualidades en exacta proporción) Juan Ballester, presente en la voz de su hermana Ana cuando, al recoger el primer premio, dijo a lo Jardiel «Para una vez que no vengo…».

No quiero cansaros, pero sí quejarme un poco de esa sensación de irrealidad al llegar hoy al despacho, blanco y aburrido, y darme cuenta de que me queda un triste lunes de resaca por delante en el que añoraros; que la vida es esto otro: una masa informe de días iguales de despertador y de tráfico, horas de trabajo tedioso y un café a media mañana para combatir los síntomas nefastos del aburrimiento.

Pero no, no me voy a dejar vencer por este lunes ni por esos otros muchos que pienso vivir con (o tras) vosotros. Ya habrá que ir ideando qué haremos el año que viene, con qué payaso nos fotografiaremos (el jurado sabe de qué hablo) y qué bares recorreremos para volver de nuevo al hotel amigo, sentarnos, cual reyes Arturos de todas las leyendas, en una mesa redonda, y prolongar un rato más conversaciones, planes y abrazos; y desayunar al día siguiente, derrotados y ojerosos, el horrible café (ahora que no me oyen) que de un tortazo amargo nos despierte y nos instale en un nuevo y melancólico lunes de resaca.

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Lunes de resaca. Por Elena Marqués, 10.0 out of 10 based on 3 ratings
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