Microficción Freak Show. La parada de los monstruos ochenta y cinco años después
Monstruo es un término relativo. Para un canario, un gato es un monstruo.
                                                         Jurassic World

 

Parece imposible comenzar cualquier reflexión sobre lo freak ‒esencialmente lo grotesco y extravagante‒ en el mundo del arte sin citar La parada de los monstruos, el paradigma cuyo título original, Freaks, de hecho dio nombre al fenómeno. Ciertamente la obra de Tod Browning, repleta de personajes monstruosos por dentro y por fuera que fueron interpretados por actores efectivamente deformes o enfermos, por lo que se prescindió del maquillaje y los efectos especiales, al reflejar con desconcertante realismo la difícil situación a la que se enfrentan quienes sufren discriminación por sus anomalías, ahonda en las raíces de las que surgirá, si no un género, sí una nueva forma estética, trazando sus rasgos esenciales.

No obstante, Tod Browning, visionario demasiado adelantado a su tiempo, no logró su objetivo. Fracasó estrepitosamente en su intento por mostrar los múltiples rostros de la monstruosidad humana a sus coetáneos. Su metáfora, demasiado cruda para los estómagos de principios de los años treinta, no fue del gusto del público, que la rechazó asqueado y escandalizado. La película, hoy de culto ‒tanto como para justificar el surgimiento del neologismo freak en inglés‒, no saldría de su prolongado ostracismo hasta treinta años después, cuando el Festival de Cine de Venecia se decidió a recuperarla del olvido.

Pero lo cierto es que, una vez superada la incomprensión inicial, el engendro grotesco iniciará un largo romance con el público que llegará hasta nuestros días, y encontrará tierra abonada en el cine, especialmente en la serie B de los géneros de terror y fantástico. De hecho, algunos de los microrrelatos que componen la antología Calabacines en el ático: Freak Show conservan el regusto de inolvidables películas en blanco y negro en cuyo núcleo argumental encontramos a menudo imposibles romances entre bellas e indefensas mujeres y criaturas aberrantes. Podría ofrecer un excepcional ejemplo la mítica El monstruo de la laguna negra ‒titulada así en Hispanoamérica, aunque en España suele citarse como La mujer y el monstruo‒, dirigida en el 1954 por Jack Arnold, y en la que una criatura humanoide de rasgos anfibios siembra la muerte a su paso y rapta a la protagonista femenina.

Sin embargo, en el cine ‒y también en la literatura‒, lo freak, lejos de revelarse superficial, a menudo abre la puerta a profundas reflexiones sobre nuestra propia naturaleza y el papel que jugamos en el universo: El gabinete del doctor Caligari ‒joya del expresionismo alemán dirigida en 1920 por Robert Wiene‒, en la que un sonámbulo es manipulado por un hipnotista demente y autoritario ‒como el gobierno alemán, que había empujado a sus ciudadanos a la Primera Guerra Mundial, el desastre y la muerte‒, propietario de un espectáculo en el que exhibe al desgraciado, al que obliga a asesinar a todos aquellos que le contrarían; El increíble hombre menguante ‒adaptación de la homónima novela de Richard Matheson, dirigida en 1957 por Jack Arnold‒, donde una suerte de nube radiactiva condena al protagonista a mermar hasta diluirse en un universo que cada día le resulta más inmenso y hostil; El hombre con rayos X en los ojos ‒del genial Roger Corman‒, en la que el brillante doctor James Xavier acaba, tras un involuntario homicidio, como esperpéntico fenómeno de feria… Muchas otras se podrían citar; pero, sobre todo, cómo olvidar El hombre elefante, la conmovedora película de David Lynch sobre la vida del desafortunado Joseph Merrick, una sobrecogedora reflexión acerca de la tortura que supone para un ser humano sensible el saberse un monstruo rechazado por sus semejantes.

Aunque también, en otras ocasiones, explotando su vertiente más desagradable e incluso sórdida, lo freak desarrolla argumentos menos trascendentes y se adentra en el género gore. Así sucede, por ejemplo, en Las colinas tienen ojos ‒el original de 1977, la nueva versión de 2006 y sus respectivas secuelas‒, donde una estirpe de sanguinarios caníbales deformes, mutantes fruto de las continuas pruebas nucleares del ejército, está dispuesta a acabar con todo el reparto.

Si bien el idilio entre lo grotesco y monstruoso y el cine resulta evidente, en la proliferación de lo freak había jugado un papel esencial el afianzamiento, en el ámbito editorial, del pulp, que se hace de consumo general. Revistas como Weird Tales se pueden considerar, como los propios engendros que nos propone lo freak, mutantes. En ellas tienen cabida muy distintos géneros y argumentos, aunque hay claves que se repiten insistentemente: asesinatos truculentos, derroche de sangre, obsesión por lo morboso ‒que en ocasiones raya en la neurosis‒ y un cierto grado de depravación que a menudo implica pornografía y sadismo. Y entre las páginas de estas revistas, por supuesto, los seres física y moralmente deformes encuentran acogedor cobijo.

No obstante, mucho antes aún de la aparición del pulp, diría que en Bierce encontramos un soberbio precedente literario ‒uno de incontestable calidad artística‒ del moderno gusto por lo grotesco, de nuestra morbosa afición a lo monstruoso. Bierce, atormentado por la bestialidad del hombre ‒esa que conoció en primera persona durante la Guerra de Secesión‒, consciente de que también él comparte la condición de monstruo a la que le condena su propia naturaleza humana, dedica buena parte de sus relatos a narrar la atrocidad de la que sus semejantes son capaces: ambientes sórdidos, personajes despiadados, asesinatos espantosos… Y todo ello, generalmente, con un inconfundible humor negro, con una macabra jovialidad y una aparente frivolidad que desconciertan; como quien ya no puede sorprenderse de los extremos a los que el hombre es capaz de llegar.

El de Bierce ‒frente al terror cósmico de Lovecraft, la corriente arcana iniciada por Machen o la fascinación por lo sobrenatural y místico que aún cultiva Blackwood‒ se revela un terror muy humano y realista, donde el hombre se convierte en verdadero protagonista, en amenaza para sí mismo. El autor ya no necesita echar mano de antiguas divinidades o seres fantásticos; lo que realmente quita el sueño a sus lectores es la posibilidad de reconocerse en sus textos, de convertirse ellos mismos en los monstruos que el escritor describe. De verse reflejados un día en el aterrador espejo que propone.

En la obra de Bierce, el mal reside dentro de nosotros y no es inducido por ninguna entidad superior. Para el autor, el hombre ha de ser considerado único responsable de sus abyectos actos y de su propia perversidad. Es, por tanto, el de Bierce, un terror absolutamente racional y plenamente antropocéntrico. Un terror que ya podemos calificar como contemporáneo, pues refleja las inquietudes del individuo actual. Las pesadillas de un convulso siglo XX que, al margen de innumerables contiendas locales, disfrutará de esclarecedoras enseñanzas sobre la naturaleza humana proporcionadas por las dos grandes guerras mundiales.

Con un público cada vez más difícil de asustar, en las últimas décadas el horror explora sus límites e intenta colonizar territorios nuevos. Una de las fórmulas aplicadas consiste en inclinarse por la transgresión, por la exaltación de lo truculento y grotesco, de la monstruosidad e incluso el sadismo. Un ejemplo lo encontramos en las obras de Clive Barker, que de hecho experimentó temporalmente con el splatterpunk, es decir, con una suerte de gore extremo de violencia explícita y esencialmente gratuita. Pues el gore, en efecto, al ser consecuencia y obra cumbre de la glorificada deshumanización del arte, comparte escenario con lo freak.

En esa línea provocadora, indulgente con la perversa morbosidad que se esconde en nuestros más secretos abismos, la nueva antología digital de la colección Calabacines en el ático, a caballo entre el sadismo y el masoquismo, ofrece carne y sangre fresca a voluntad. Como consecuencia del exhibicionismo que propugna el arte sangriento, descubrimos un hombre convertido en bocado listo para ser consumido; carne que explotar y exponer bajo la excusa del presunto arte macabro. Un «arte» que, en realidad, es simple espectáculo: performance sin esencia, mera repetición vana.

Pero esta antología también reflexiona sobre la tortura que para el monstruo significa serlo y sentirse rechazado por ello.

 

Es cierto que mi forma es muy extraña,

    pero culparme por ello es culpar a Dios;

    si yo pudiese crearme a mí mismo de nuevo

    procuraría no fallar en complacerte.

 

Con estos cuatro versos Joseph Merrick, cuya sobrehumana fuerza de voluntad le permitió volver a aprender a escribir con la mano izquierda tras perder el uso de la derecha por sus tremendas deformidades, resume magistralmente la angustia del monstruo. Y sin embargo dentro de su cuerpo deforme se escondía un alma sensible y bondadosa, ávida de comprensión y afecto. Merrick necesitaba ser valorado por algo más que su desagradable aspecto, como reclamaba constantemente citando, tras los cuatro versos precedentes, los cuatro que siguen, desenlace del poema False Greatness, del pastor protestante Isaac Watts:

 

Si yo pudiese alcanzar de polo a polo

    o abarcar el océano con mis brazos,

    pediría que se me midiese por mi alma.

    La mente es la medida del hombre.

 

Joseph Merrick, que murió a los veintisiete años tras pasar la mayor parte de su vida trabajando en la ferias ambulantes donde exhibía sus malformaciones ‒producto quizá de un caso gravísimo de síndrome de Proteus‒, amado y protegido sólo por su madre, que lo dejó huérfano siendo un niño, objeto de discriminación y explotación ‒incluso por su propio padre‒, dificultada la comunicación con sus semejantes también por el tumor que le deformaba la mandíbula, tras terribles avatares fue acogido en el Royal London Hospital, donde se dedicó a la lectura y la escritura hasta su temprana muerte. Joseph Merrick, monstruo extremadamente sensible e inteligente, se convertía así en icono de la faceta más humana, trascendente y emotiva de lo freak; en paladín de la dignidad que a veces esconde lo grotesco y antítesis del gore más banal.

La editorial Saco de Huesos, con la colaboración del compilador Josué Ramos, presenta su segundo número de Calabacines en el ático, una original colección digital especializada en la microficción de terror. Una antología, en definitiva, muy recomendable para pasar escalofriantes ratos. También para descubrir que la monstruosidad depende de la perspectiva, incrementando así nuestra tolerancia.

 

Calabacines en el ático: Freak Show

 

Heroína olvidada, por Jesús Ayuso

Jimmy Colgajos, por Armando Valdemar

Euphonia, por Francesc Barrio

Aracnodactilia, por Viviana M. Hernández Alfonso

Hambre, por Edward T. Riker

La caracola, por Ángela Sahagún Bonet

El asombroso Gambini, por Diego Capalvo Sousa

El extraño, por Alejandro Guardiola

El Rey de los Pantanos, por Ana Morán Infiesta

El golpe de gracia, por Jack Winchester

Circo viral, por Raúl S. Vindel

De tal palo, por José Alberto Arias Pereira

El cubo, por Julia Ojidos

Eso es…, por Francisco José Segovia Ramos

Puf, puf…, por M. Carmen Guzmán Ortega

Timmy, por Miguel Chamizo

Rufus, por Marco Segrelles

El último ejemplar, por Soren L. M. Wright

Noche de circo, por Allan Wilde

Érase un hombre a una trompa pegado, por Salomé Guadalupe Ingelmo

¿Qué te pasa?, por Enrique Ferrer Pérez

El teatro de lo insólito, por Aníbal Rosario Planas

Tarde de circo, por Vidal Fernández Solano

Circo, por Álvaro Germán Morales Collazo

Un sincero asesino, por Cristina Arias

Mil caras, por Rodríguez Vázquez

Alas de mariposa, por Josué Ramos

El más horrible monstruo jamás contemplado, por Leonardo Ropero

 

 

Salomé Guadalupe Ingelmo

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