A bordo del Eagle. Por Jose Francisco Iriarte Rego

El hombre vestido con traje de astronauta acababa de fumarse el último cigarrillo cuando se apartó de la ventana del baño, cerró con llave la puerta de la vivienda y salió a la calle. Eran las once y dieciocho minutos de una noche oscura, y a esa hora pocas personas transitaban la calle. Se había levantado viento y nubes de tormenta venían del mar, y un agradable olor a salitre llegaba desde la bahía. Había decidido no entrar a la cantina a tomarse la última copa con sus colegas, ya que no le quedaba demasiado tiempo y el corazón le latía a toda velocidad, así que apuró el paso para evitar que alguien pudiera reconocerlo. Lo hizo con arrojo, sin detenerse a mirar atrás, asumiendo que cada año le resultaba más difícil caminar, consciente de la degeneración que sufría y que inclinaba ligeramente su cuerpo; sin embargo, eso no doblegó su determinación.

Llevaba puesta una escafandra que había fabricado con una esfera de metacrilato encontrada hacia algún tiempo en un cubo de basura, además de varios rollos de celofán y un par de cajas de cartón, sin olvidarnos de una buena cantidad de papel de aluminio que simulaba ser los tubos de entrada y salida de oxígeno. Vestía un mono anticuado y un anorak que había adquirido en un establecimiento regentado por chinos, y llevaba en los antebrazos unos manguitos hinchables que habían pertenecido a su nieto. Era de color de plata, el anorak, con dos tiras rojas en las mangas y tenía capucha. Le gustaba mucho ese prenda porque estaba confeccionada con un material sintético que destilaba reflejos brillantes y un poco minerales.

Pero era la soledad con la que caminaba lo que más llamaba la atención. También, que llevaba consigo una pequeña jaula de filigrana con un viejo canario en su interior y una maleta de cartón que contenía una edición incompleta de Dostoievski. Todo llega, pensó mientras se dirigía hacia la parada de autobuses. Una nada sigue a otra nada. Tras largos años de paciencia Lola estaba muerta, bien muerta, y él sabía que los muertos, por regla general, suelen estar tranquilos. Todo llega, definitivamente, inclusive la oportunidad de viajar por última vez a bordo del Eagle para acercarse a las estrellas que resplandecen como pequeñas bombillas en el universo.

Al llegar a una pequeña plaza se sentó en el banco de la parada de autobuses. La marquesina derramaba una luz amarilla sobre su figura, lo que le confería un aspecto inusual, como si fuese un visitante cósmico que hubiese llegado a la ciudad y no supiese muy bien en que lugar de ella se encontraba. La brisa de la noche le puso la piel de gallina. Los transbordadores espaciales sirven para llevar personas a lugares más allá de los planetas y de lo que conocemos, dijo en voz baja, apretando los puños dentro de los guantes, notando la ausencia del dedo anular de su mano izquierda. (Hacía ya algunas semanas que había empuñado un cuchillo y le había prometido al Santísimo la mitad de su dedo a cambio de que Lola no tuviese fuerzas para superar las últimas fiebres del invierno.) El dedo mutilado ya había cauterizado, aunque todavía lo notaba entero. Después de buscar con la mirada el reloj de la farmacia, cerró los ojos, y cuando los volvió a abrir recordó la última sonrisa de Lola, la alianza que había sido arrojada a la basura junto con la mitad de su dedo. Había vertido tantas lágrimas de satisfacción que desde entonces tenía los ojos enrojecidos. Respiró hondo y unos círculos de vapor empañaron el interior de la escafandra.

El 36 surgió al final de la calle. Se deslizó por el asfalto como si fuese un gusano de gran tamaño, estremeciéndose como si tuviese los pulmones afectados, y se detuvo en la parada. El chófer, un tipo de color al que le gustaba hablar a menudo de sexo, y que llevaba un uniforme azulado, abrió la puerta delantera y se conmovió al ver a aquel hombrecillo sentado en la parada solitaria. Pasaron unos segundos y el hombrecillo permanecía en la más absoluta y tenaz inmovilidad. El motor bufó un par de veces, y el chófer de color alzó la voz para decirle que si pensaba quedarse sentado a esperar el siguiente autobús estaba en un error. Este es el último del día, señor. No vendrá otro hasta las siete y cinco de la mañana. Su voz sonó tan viril que no pareció suya. El hombre vestido con traje de astronauta se incorporó ceremoniosamente, agarró la maleta de cartón y miró al chófer de color a través de la escafandra. Con algo de torpeza abrió la puerta de la jaula y la depositó en el suelo. El viejo canario, a pesar de saberse libre, sintió recelo y no movió una brizna de su plumaje. Me cago en la hostia, pensó el hombre vestido con traje de astronauta, y le entraron ganas de darle un puntapié a la jaula; sin embargo, se olvidó de ella y comenzó a rodear lentamente el autobús por el lado de atrás, andando como si tuviese afectado el hígado, como si fuese un inspector de la empresa municipal de transportes. Cuando alcanzó los peldaños de la escalera de acceso al vehículo, se agarró a la barandilla y levantó el brazo derecho a modo de despedida. De tal manera contempló las balconadas de los edificios que conocía al dedillo, y se despidió de todos y cada uno de sus vecinos, que parecía un héroe sacado de una vieja película. Finalmente subió a bordo del 36, depositó un billete de cinco en la bandeja y se sentó en la primera fila de asientos a la derecha del chófer. Dejó la maleta de cartón en el pasillo, junto a un boleto doblado y una moneda con un pequeño agujero en el centro. Estaba muy cansado. La escafandra se había vuelto a empañar y era algo parecido a una gran pompa de crema suavizante.

—¿Es usted norteamericano? —preguntó el chófer de color, —a quien se le marcaban terriblemente los tendones del cuello, y que gimió al apoyar los antebrazos en el volante para contemplar al insólito viajero que se había sentado a su lado.

—¿Cómo dice?

El aire en el interior del autobús olía a plátano muy masticado. Alguien había dejado un periódico olvidado en el asiento de al lado. Mientras el hombre vestido con traje de astronauta echaba una ojeada a los titulares, el chófer de color dijo:

—Después de la hazaña ocurrida el 21 de julio de 1969, cientos de hombres, que habían perdido la razón o que tenían problemas de autoestima, salieron a la calle vestidos con trajes de astronauta. Ocurrió en diferentes ciudades de los Estados Unidos. Aquello fue un hecho insólito. La prensa, el gobierno, la televisión habían convertido a Armstrong en héroe nacional, y esos hombres quisieron estar a su altura durante unas cuantas horas. Por eso le pregunto si es usted norteamericano.

—Fue aquel mismo año—dijo el hombre vestido con traje de astronauta—. Lola se enamoró de aquel tipo que llegó la luna. Se enamoró de él como si fuese una colegiala, ya no suspiraba cuando yo le decía, cuando le susurraba al oído frases hermosas. Hablaba de él a todas horas, era horrible; también de otros hombres apuestos que salían en las revistas o en la pantalla del televisor. Cómo lo oye.

—Ya sabe cómo son las mujeres —dijo el chófer de color.

—Aldrin era un buen tipo. Ya lo creo que lo era. Iba sentado a babor. Fue él quien me guió mientras controlaba el módulo lunar. Lo hizo sin pestañear hasta que logré alunizar al sur del Mare Tranquillitatis. Él también es un héroe.

—¿Qué se siente al alcanzar la gravisfera? —preguntó con algo de mofa el chofer de color.

Pero la mente del hombre vestido con traje de astronauta se había llenado de múltiples imágenes de Lola que comenzaron a mezclarse con otras de su dedo amputado y de la alianza malograda. Ante la falta de respuesta, el chófer de color se recogió de hombros, bebió el último trago de una lata de coca cola que arrojó a la calle por la puerta abierta, y soltó un eructo mientras pulsaba el botón rojo que había en el salpicadero. La puerta del 36 se cerró con brusquedad, precedida de un suspiro de las válvulas hidráulicas. Pongámonos en marcha, dijo mientras apretaba suavemente el acelerador. El autobús tenía el techo y las paredes de cristal, era una inmensa pecera que comenzó a temblar. Afuera, las sombras rebotaban en las cornisas de los edificios, se doblaban y se filtraban en muros de ladrillo de la época colonial.

—Este es mi último viaje a bordo del Eagle —dijo el hombre vestido con traje de astronauta.

—¿Le gusta viajar?

—Estoy solo en la tierra y tengo algo malo en el corazón.

—También este es mi último viaje —dijo el chofer de color moviendo la cabeza y mostrándole su amplia sonrisa de oro—. Al menos por hoy.

El hombre vestido con traje de astronauta había cambiado de posición, ahora viajaba sentado con la espalda contra la ventana, con las rodillas dobladas y juntas, rodeándose las piernas con los brazos. Se sentía afiebrado y notaba el latido de las venas en las sienes. Un par de motoristas, al verlo apoyado contra el cristal, comenzaron a burlarse de él y driblaron al autobús dándole gas a las máquinas.

Se santiguó para alejar a los demonios de sus pensamientos, antes de cambiar de posición. A través de la ventana vio parejas charlando agradablemente en las aceras; vio jóvenes tumbados en sombrías explanadas de césped; vio la fachada de la librería pública; vio un parque con senderos, palmeras y macizos de flores; vio un vagabundo, arropado con mantas, dormir plácidamente en el soportal de una entidad bancaria; vio los primeros vestigios de niebla procedente de la dársena; vio grupos de soldados que habían quedado para emborracharse en cualquier bar; vio un ramillete de maricas, resplandecientes y calvos, ataviados con prendas de marinero; vio sombras que entrelazaban sus lenguas de saliva dúctil y jugosa; vio muros iluminados, largos y oscuros dedos, y ajustadísimos pantalones.

Los minutos siguientes fueron confusos. La sirena de un barco comenzó a sonar en la bruma a intervalos de un minuto, y vio a una rubia de largas piernas siendo arrastrada por dos policías municipales. Vio hombres con espléndidas corbatas y sortijas de diamantes en los dedos; vio jóvenes rapados y luces de emergencia rebotar en las fachadas de los edificios; vio niñas luciendo cortísimas minifaldas que se besuqueaban las unas a las otras; vio humo de cigarrillos y destellos de máquinas tragaperras; vio a dos mujeres que arrojaban hojas muertas a una hoguera iridiscente.

El hombre vestido con traje de astronauta no movió las manos que llevaba cruzadas sobre las rodillas. Quiso rezar, sin embargo comenzó a llorar. Las lágrimas borraron poco a poco las luces de la ciudad, y de las sombras surgió Lola arrodillada en un campo de centeno. A su lado estaba Armstrong, el gran héroe norteamericano. Sus pesadas botas se habían hundido en el barro y no podía moverse del sitio.

—Una vez leí en la prensa que el Saturno V llegó a consumir quince toneladas de combustible por segundo en el momento del despegue —dijo el chófer de color mirándolo de soslayo—. ¿Realmente cree usted que alguien pudo viajar miles y miles de kilómetros solamente para dejar sus huellas en un lugar tan desolador?

El tintineo de la escafandra contra el cristal de la ventana fue la única respuesta que obtuvo. La sirena de un barco pitó de nuevo en la lejanía, lo que le llevó a preguntarse qué demonios llevaba aquel hombre dentro la maleta. Luego se preguntó si el contenido de la maleta era asunto suyo, y tardó menos de un minuto en decidir que no lo era. En la última parada del trayecto despertaría al hombre vestido con traje de astronauta. Eso es todo lo que podía hacer por él. Al fin y al cabo había abonado el importe del trayecto con creces, y estaba en su derecho de hacer lo que le viniera en gana. Y como supuso que no habría nadie en las sucesivas paradas, sonrió con sinceridad, sintiendo una sensación tan agradable como el roce de las barbas de una pluma en la mejilla. Sacó un cigarrillo del bolsillo, se lo llevó a la boca y encendió la radio para complacerse con los comentarios algo picantes que de vez en cuando soltaba un cronista del corazón que le gustaba mucho y era bastante popular.

 

 Jose Francisco Iriarte Rego

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