La gallina. Por Margarita Wanceulen.

Se trataba de una gallina preciosa, de un plumaje suave, de colores intensos y un tacto aterciopelado. Ella sabía de su belleza, no en vano cuando paseaba por el corral bien temprano apenas había amanecido, se hacía de notar toda orgullosa ante los gallos, los mismos que cumplían con su eterna misión de despertar al mundo.

Pues bien, la gallina se consideraba especial. Vivía en una granja rodeada de otras especies animales, además de otras gallinas, aunque estas más menudas, más salvajes.

Un burrito, una vaca y una pareja de conejos completaban el cuadro escénico. Convivían bien, sin problemas, aunque el espacio donde lo hacían no era especialmente grande. Solo a veces la vaca se molestaba con el burro porque le usurpaba un rincón en el que solía  resguardarse del frío y de la lluvia y donde parece ser que se encontraba especialmente a gusto.

Lo demás, lo habitual, peleas del gallo con las gallinas y nada más.

A la gallina hermosa solo le aterraba la vieja gordinflona que de tarde en tarde aparecía por el corral diciendo:

“ Esta, esta me hará un buen caldo…” Y cogía a una de sus compañeras por el pescuezo, llevándoselas a no sabía qué lugar del cual no regresaban jamás.

Siempre se había preguntado qué era eso “ del caldo” y por qué sus amigas gallinas desaparecían sin remedio. Era una de esas interrogantes que nunca había podido despejar.

Mientras tanto, ella seguía a lo suyo, despiojándose, cuidando de su hermoso plumaje al extremo, comiendo grano y todo lo que encontraba por el suelo.

Un día, el señor que iba a cada rato a ponerles de comer y de beber, se dejó abierta la portezuela del corral. La gallina hermosa se dio cuenta al instante, tenía una oportunidad de oro para salir, escapar y ser libre.

“ ¿ Dónde iré yo, pobre gallina? Estoy acostumbrada a esto, he vivido aquí toda mi vida, quizás ahí fuera exista algo mejor, pero… Es posible que algún día esa vieja gordinflona me lleve para no volver jamás, relatando lo del buen caldo. ¿ Qué haré? ¡ Oh Dios mío! La libertad. ¿ Y qué haré siendo libre? ¿Adónde iré? Es mejor que me quede, prefiero la certeza antes que la incertidumbre “.

Y así se quedó la gallina esperando la sentencia, segura de que algún día aparecería por la puerta del corral la mujer gordinflona, repitiendo nuevamente:

“ Sí, esta gallina me hará un buen caldo”.

Así como este animal del relato, muchas veces preferimos la certeza de una vida conocida a la prometedora libertad, aunque sea a costa de que nos troceen para preparar un espeso caldo. Un sabroso caldo listo, para que otros, lo puedan degustar.

Margarita Wanceulen.

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