
La Terraza de Varsovia.
Decenas de antenas de ciudad, que rasgan el cielo de Barcelona, imagen para no olvidar. Acogedora de cumpleaños, vísperas de fiesta, carnavales fuera de febrero y sol con duchas de agua templada, mientras suenan ritmos cálidos y propicios para una cervecita y un cigarrito en las tumbonas.
Desde una de las ventanas a veces se ve despertando del sueño a la Bella Durmiente. Ahora es princesa de otro palacio, así que la echo de menos últimamente.
Al fondo, la puerta de un duende bueno por las noches cobra vida, y se encienden las luces que la recorren por un sendero luminoso, de hadas y duendes de la risa.
Todo lo que allí se planta florece. Hasta las caracolas del mar y otros tesoros que llegan por allí, deciden quedarse para adornar bonitos tiestos de plantas meticulosamente cuidadas.
La ropa que allí se tiende sonríe, siempre huele bien.
Todos quieren estar allí, algunos incluso llegan desde muy… muy lejos, y nunca la olvidan. ¿Cómo la van a olvidar si hasta han aprendido nuevos idiomas y formas de comunicarse?
Nunca olvidaré las comidas de los domingos, las cenas de los sábados, los bailes en el salón, las risas en la cocina, la luna de Barcelona, las aceitunas de “Silver”, las obras de arte de Carmela en nuestros rostros, los disfraces de Clara, la estrella naranja, la guitarra del hermano mío, kiko veneno, “obi obá”, el columpio y las columpiadas, y por supuesto…la lentitud y la calma con la que transcurren los días allí.
Terraza de Varsovia, ayer te visité, y comprendí que tenía que mostrarte.
Candela Moreno
