En la vida hay gente que te marca.
Cada vez menos, porque cada vez eres más viejo y te impresionan menos las personalidades únicas, como la tuya. Además, te vas volviendo más tolerante y, al mismo tiempo, más egoísta.
Ahora te paras a charlar con Fulanito, incluso dejas que te invite a una caña cuando hace años no querías ni saludarle. Ahora te parece un tío genial, pero que le aguanten en su casa.
Cuando pasadas ciertas edades conoces a alguien que podría marcarte, rara vez hay tiempo para desarrollar una relación profunda y enriquecedora. Como si en nuestra piel cada vez hubiera menos espacio para una nueva marca. Cuando era joven, alguna vez tuve la sensación de llegar demasiado tarde a la vida de alguien, de estar perdiendo extraordinarias oportunidades de aprender. Hoy soy yo quien piensa “si nos hubiéramos conocido diez años antes, cuánto habría podido enseñarle”. Después, me río: si le hubiera conocido diez años antes, yo no sería yo.
Todos estamos cargados de responsabilidades: los hijos que están en una edad rara, la asociación de padres de familia, los abuelos que andan mayores, el trabajo que va de mal en peor, la compra, que ahora lleva mucho más tiempo porque hay que mirar los precios de todo… Quienes no tengan hijos ni pareja, andarán igual de enredados en sus rutinas vitales. Nos volvemos comodones, nos cansamos de conocer gente porque ya hemos aprendido que estamos vivos de milagro, y que cualquier mal viento puede llevar lejos de ti a ese amigo que ahora parece necesitar verte todas las semanas.
Vivimos a la defensiva: nos conformamos con que no nos jodan ya más.
Sabemos que, incluso cuando más acompañados nos sentíamos, siempre hemos estado solos.
Y, sin embargo, algunas noches nos sorprendemos buscando un sitio para una nueva marca en nuestra vieja piel.
hijadecristalero
Proscritosblog
Fotografía en contexto original: parentseyes
