Te quiero. Por Francisco Pérez


Esta es una declaración de amor, bastante tonta por cierto, pero es lo único que se me ocurre a las dos de la mañana. Me quedo desnudo y lo reconozco. Desde aquí veo la ropa, manchada de protesta, de suficiencia y de dignidad inútil. Sólo se me ocurre escribirte, como quien lanza una botella con mensaje a un océano de alquitrán y agua. Esta es mi manera de decir que te quiero, a pesar de las dudas, de la inconveniencia, a pesar de mi gesto cobarde cuando no te miro. Es tan adolescente que me avergüenza, tan idílico que me parece obsceno y triste. Me faltan las palabras y las ideas pero te alejas y me desespero, no das señales y me cuesta respirar. Supongo que será el tabaco, no conozco ningún amor que se parezca al asma, aunque pudiera ser.

Aborrezco esta manera de no tocarte, la ausencia fría de los que se alejan para convertirse en desconocidos. Más si eres tú quien se confunde entre las calles de una ciudad fea del sur, con su río verde y sus avenidas quemadas por la luz de veranos terribles. Te quiero y aquí nada me recuerda a ti, ni el tacto ni el olor. Me asusta la intensidad desaparecida y las palabras sordas con que he intentado enterrarte. Te busco cada día pero eres quebradiza y te resbalas de mis manos.

Si no fuera por las fotos ya te habría olvidado, tu cara al menos pero me agarro a no olvidarte como los escaladores aferrados al manillar de la bici y no sé muy bien por qué. Debería tener todo esto superado, debería haber más dignidad cuando cumples años pero nunca es así. Parece la primera vez, sólo que ya no se me ocurren metáforas ni imágenes de tu pelo largo, que cada día me gusto menos cuando me veo en el espejo y que tengo aprendidos muchos finales como éste. Son finales de olvido, de saltar disparado hacia un futuro con habitaciones vacías y palabras que ya no significan nada.

Te quiero de manera oscura pero cierta. Para mí es un secreto a voces. Mis torres de vigilancia se están derrumbando y yo voy cayendo con ellas. Otra vez. Eres todo lo que quiero. Se acerca la primavera y el aire empieza a oler a ceniza. Debe haber hogueras cercanas. Los dos debemos estar ardiendo, al menos aquello que ya no seremos. Se hace negro, luego gris y al final las brasas parecen algo tan pequeño, tan ligero que un poco de viento no dejará rastro. Justo como nosotros. Lo no sucedido que se aleja, los no besos y la torpe manera con que guiaba tus manos. Todo eso se perderá y se hará tan amplio y tan pequeño que podría decirse que nunca existió.

Esta noche dejaré la cabeza colgada en la percha y me iré a dormir. Quizá mañana las ideas sean más limpias y menos desesperadas, como las mañanas de los sábados de los niños.

Francisco Pérez

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