No sé cómo llegaste hasta mi noche,
qué vuelo te guió,
como sombra o idea,
al paisaje remoto de mi sueño;
yo no tracé el camino, pero de pronto estabas
en mitad de mis pasos. Me saltaste a los ojos
y llenaste mi pecho de una extraña
conjura de señales:
tu voz como una alarma que incendiaba el silencio,
la respuesta, la esencia,
todo se hizo de pronto más claro y más profundo.
Después al despertar,
sintiendo aún en el pecho
restos de la emoción que me brindaste,
busqué bajo las ropas una prueba
de tu breve existencia,
una pluma, tal vez, un leve símbolo
por el que asir de nuevo tu lenguaje
y volver a sentirte,
pero el duro vacío vertía en la mañana
el vano resultado de mi búsqueda
y es que el canto bellísimo y secreto
que tan íntimamente me entregaste
fue también el preludio de tu muerte.
Mari Cruz Agüera
