
Quedaba la mar tranquila,
cuando la luna, en la brisa
de la noche despertaba
sus bellos ojos de plata.
El horizonte en silencio
la planicie acariciaba,
con su grandiosa sonrisa
de claridad y de calma.
Todas las playas del mundo
con su arena y con sus barcas,
eran fantasmas de sombras
al reflejo de las aguas.
Y los faros de los puertos,
con destellos de luz blanca,
avisaban a los barcos
que hacia tierra se acercaban.
La noche, llena de estrellas,
mil diamantes enseñaba
en su bóveda celeste.
Y un cielo de nardos vivo
donde los ojos no alcanzan,
iluminaba el camino
por senderos de esperanza.
El mar, su espejo inundaba,
cuando el sol, llegando al punto
del horizonte, asomaba
sus barbas ultravioleta.
Rosáceo e indiferente,
despuntando en el Oriente,
el amanecer, llegaba.

Galeote

Ay, qué poema más tierno… Como un beso furtivo al amanecer.
Precioso. Enhorabuena.