Los obreros. Por Salvador Pliego

I

Donde se amartillan en láminas las lágrimas del hierro
y las ámpulas abren sus calderos
al golpe firme del acero,
alzan las sirenas sus ojos,
sus rezos a los huesos taladrados,
y los pulsos de las vigas, en chispas rojas derretidas,
recogen las sombras de todos los lamentos
para que en sus botas, descalzas de casquillos,
griten las almas el gemir de los obreros.

II

Levantareis los estruendos de torretas,
los dedos vencidos por las fraguas y carbones,
los años en meses sudando medias horas,
las dulces Marías de las trenzas en el metal amortizadas.

Alzareis, digo, dientes, armaduras, cascos,
a las puntas altas del hornillo,
y de las ollas brotarán las contraseñas humeantes
por sirenas y fusiones derramadas,
llamándoles a ser los punzones eximidos.

Id, os digo, al asalto de la tierra, obreros,
a ponerle águila a la mira
y al águila un peto descubierto.
Salid de las bigornias sin fatiga
al ancho corredor de este mundo,
donde los ácidos se arden,
llamándose: utensilios, hombres, vino.

Vosotros, paladines, que a los ciervos orbe les reparten
y a la nada entregan su rodada,
porque hablasteis de honra con las pinzas
y al formón la dignidad templasteis, os digo:
Repartid las horas y los tiempos,
los guantes y las manos,
los cielos de nudillos y talleres;
fabricadnos en calderas hornadas por música de siglos,
dejadnos esa marca mecánica de calma,
esa rúbrica de acuerdo en nuestra espalda.
Y contad a todos, a todos por millones;
de uno en uno y pares, cada cual como punzones,
hasta que el kilo al gramo le sature,
hasta que el hígado a la gota le obnubile,
hasta que las fábricas desmoronen nuestras pieles
y sean rehechas con bosquejos de orfebres.

Tocad sirenas, obreros sin telares,
paladines metalúrgicos de mil fogones:
la manufactura fluye en serie.
Tocad las arpas minerales,
los follajes y sus luces,
los rincones encendidos del futuro.
Tocad hasta la muerte que vive haciendo muerte
y pide ser precoz antes del tiempo.

¡Id a despertar a las águilas de bronce,
a los cóndores de curio, a las sílabas de bromo!

¡Acerad los moldes esqueléticos del hombre!

¡Platicad del hierro emblandeciéndose en las calles!

¡Juntad a los metales, unid a las calderas,
y con una antorcha prometeica,
encended el fuego más humano en los pechos inmortales!

III

Un overol se ensambla a la línea
y se libra de su cinturón porta-herramientas;
su manga desarma la mesa giratoria
y las máquinas le miran asombradas.

El overol desmonta las calderas
y un río se desboca incandescente.
El río señala a las mangas
y los robots observan inquietados.

El overol desintegra su taladro
y al martillo lo aturde hasta quebrarlo.
La piedra, que chilla confundida,
recoge sus pedazos y se oculta.

El overol quiebra el rotor
y deja el ensamblaje sin turbina:
la línea muere, la fabricación exhala el último respiro.

El overol, de su manga, saca una mano y la extiende;
su índice apunta y señala al big bang que se contrae.
Le toca con el dedo…
El universo emerge y la creación florece.

Salvador Pliego
Blog del Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *