
Puede llevarse usted, señora Vida,
los años más entregados de la gesta,
la honra de sentirse grano de una duna,
la noche devorada, la aurora con sed bebida,
los despojos de la clara oscuridad, la certeza, la duda,
-de la luz tenebrosa los jirones también se los llevará-;
podrá llevarse usted, señora, los nudos de los lazos
que se bruñeron en la sangre compartida y una,
y las mudas palabras de quienes no las dijeron ni a trazos.
Puede usted llevarse la mano que me enseñó el manejo de la suerte,
en su rueda arbitraria tan inexacta, tan rara,
podrá llevarse el sonrojo de un aliento o la llama de una muerte,
puede llevarse el recuerdo de mi almohada de piel y llanto
-disimulado en fragores de pasión, de frágil debilidad fuerte-
en los sueños que yo le forjé a besos y mordiscos. En mil, en un tanto…
Pero intente llevarse la intención del beso imaginado,
el recuerdo del atusamiento de flequillo con distracción
o el ánimo sordo que dejaron los silenciosos de alma y voz.
Llévese, si puede, la noche con su sol en mi pecho incrustado.
Llévese, si es capaz y le parece decoro, mis alboradas de alma fuera,
mi salud enferma de esperar, mi enfermedad sana de saberme viva,
el hechizo de atenderme como vena de una existencia pasajera
y la verdad absoluta y eterna de cada verso de mi ilusa misiva.
Se podrá llevar usted, señora, todo cuanto yo le permita,
todo cuanto fue de usted y yo, ingenua, quise mío,
aquello que canto, que amo y que mi aliento incita.
Se llevará más de lo que tengo, más de lo que tuve o tendré.
Se llevará hasta el polvo. Se llevará caminos, se llevará la fe.
Y yo, un peón de su jugada, altanera, la reto a usted:
Llévese mi alma, si puede, y todo, lo que siendo suyo, es la copla de mi querer

Verónica Victoria Romero Reyes
Blog de la autora
De tu voz la travesura.
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