
La Integridad.
Apelando a la inteligencia y pericia de mis lectores, les propongo un juego. Así a manera de acertijo. Seguramente tengan la solución ágilmente nada más les formule mi pregunta o quizá prefieran esperar a leer mi reflexión para madurar su respuesta. Y así sin dilaciones, les lanzo la cuestión como un dado de parchís con todas sus aristas: ¿han conocido a lo largo de sus vidas a alguna persona que puedan describirla como “íntegra”?.
Así de primeras, la palabra Integridad me sugiere a mí personalmente un campo no sé si llamarlo abarcable, porque no lo es, de cualidades positivas, saludables y cuando menos vitamínicas (acuérdense de las famosas personas vitamina) por las que decididamente no me alejaría de una persona que lo fuera. Integra. Me refiero.
¿Qué tal si estudiamos para empezar el nivel semántico y lingüístico del adjetivo INTEGRO?. ¿Qué queremos señalar cuándo decimos que alguien es íntegra o íntegro? ¿Por qué me chirría el oído de manera cacofónica si le añado al adjetivo en cuestión el adverbio “completamente”? Completamente íntegros. Sí. Lo sé. Acabo de escribir una auténtica obviedad como “subir arriba” o “bajar abajo”. Pero mi pleonasmo les llevará a donde quiero llegar. La razón para que el adverbio no añada absolutamente nada al adjetivo es muy esclarecedora. La noción de “integridad” ya tiene en su propio poder lingüístico el significado de plenitud, de completo, de lleno. Las personas íntegras reúnen todas y cada una de lo que podríamos identificar como “virtudes humanas” y cito, para no andarme por las ramas y no en orden de importancia porque todas ellas me parecen igual de importantes como para salvarlas de la hoguera: honestidad, dignidad, lealtad, sinceridad, generosidad, caridad, bondad, afectuosidad, humanidad, amabilidad, responsabilidad… ¿Se les ocurre alguna más? Todas ellas con el mismo sufijo en común proveniente del latín “tat” que significa cualidad. ¿Mera casualidad?. En cuanto a la raíz de integridad… ésta navega en la idea de estar completos, de no estar tocados por el mal.
Después de esta sana pelea semántica, ya tienen fiables pistas para que contesten si lo desean a mi iniciática pregunta y nada me haría más ilusión que llevarles a otra e igual de saludable reflexión crítica. A estas alturas de la película, honestamente, no sé si a mí me sobrarían o me faltarían dedos de las manos para contar a las personas íntegras que conozco. ¿O pondría la mano en el fuego por algunas de ellas?.
Valiéndome esta vez del típico símil, con la esperanza de que este recurso les sume en algo, me voy a dirigir a la Integridad como a un árbol muy jovencito con sus dos tutores de madera a ambos lados de su tronco y dos tensores, cada uno ejerciendo su tensión y su fuerza. (Ortega y Gasset ya hablaba cuando escribía entonces sobre Europa de que tan importante como la fuerza central era la fuerza de dispersión de sus naciones y no andaba equivocado). El crecimiento de un árbol chico es todo un proceso misterioso. Único, complejísimo y sagrado como lo es la educación íntegra de nuestros niños. Las raíces del árbol se desarrollan de tal manera que ellas mismas, por su poder de subsistencia, absorben el agua necesaria y los nutrientes del subsuelo para su correcto y óptimo desarrollo natural. Estaremos de acuerdo en que nada ni nadie crece y se desarrolla por ciencia infusa. Hasta Crusoe necesitó un balón de juego. El árbol joven así como los niños requieren de un contexto muy favorecedor que reúna los condicionantes externos, determinantes para su correcto y sano desarrollo. En cuanto a los niños, lo que los tutores son para el árbol, lo son para el niño o la niña, su padre y su madre, o sus dos papás, o sus dos mamás. O su papa. O su mamá. Naturalmente. El concepto de familia hace tiempo, afortunadamente, que se democratizó. Además, los nutrientes y el agua son a las raíces y al tronco lo que es el amor y la educación para los niños. El árbol, símbolo ancestral de conocimiento y de fortaleza desde el inicio de los tiempos, produce sus frutos. De la misma manera, las personas, a medida que vamos creciendo, desarrollamos, pulimos, mejoramos y trabajamos unas virtudes u otras. Obviamente, y desde el punto de vista de que la perfección no existe, como tampoco la seguridad al 100%, no podemos ejercitar todas y cada una de las virtudes del amplio y sofisticado abanico. Así y de forma categórica, no conozco, Dios me guarde, a personas que presuman de ser perfectas. Es más. Opino, que la integridad poco o nada tiene que ver con la perfección. Son dos conceptos totalmente alejados en su significado. Y no hay nada tan humano y tan encantador, añadiría, como la imperfección.
La segunda pregunta que me hago ahora es totalmente recurrente o viene al caso. ¿Se puede ser una persona integra imperfecta?. Y mi respuesta evidente. Claro que sí. Las personas en tanto que humanas, jugamos siempre con esta carta de la fragilidad, que decidimos esconder o enseñar, pero que es una fragilidad especialísima que no nos resta integridad y que no nos hace vulnerables, todo lo contrario. Nos servimos de este imbatible cocktail que nos da nuestra frágil y humana condición para producir en nuestro organismo el justo y necesario, que nunca estrambótico, -aconsejablemente ordenado y a poder ser regular- nivel de alerta para nuestro estado de supervivencia. Charles Darwin ya se adelantó a esto con la “supervivencia del más apto” en su conocida Teoría de la Evolución. Y como Gasset, también hilaba fino.
Así que puestos a ser optimistas, (el optimismo y el sentido del humor son armas innegables que nos ayudan a vivir mejor…) seguramente, y con alguna excepción, conocen a más personas íntegras de las que a priori pensaban. Y hasta se asombren y para bien. Piensen por ejemplo en su padre o en su madre, en su forma de ser y de sentir y de vivir y de actuar y de quererles, o en sus dos mamás o en sus dos papás. O en su maestro preferido de la escuela de infancia con ese porte rechoncho y cara de pan. O en la afectuosa, sabia y risueña monja de su colegio de niñas que siempre nos recordaba llevar limpios o pulcros aquellos uniformes de faldas plisadas hasta los tobillos. O en sus exigentes y disciplinadas profesoras de piano o de ballet que les exigía, con ese rictus de “la fama cuesta” hasta quedar extenuadas pero de la que tanto aprendían. O tal vez recuerden a su amigo de toda la vida al que siguen perdonando sus pequeñas y salvables imperfecciones pero al que le tienen, ya ven con “las cosas del querer” que cantaría Concha Piquer, en gran estima y admiración porque en definitiva es una buena persona en la que poder confiar. Y cuando digo buena, digo buena.
O mirémonos esta noche, antes de ir a dormir, al espejo. A ese espejo alguna vez tiránico. Otras agradecido. Los espejos y la propia conciencia no suelen engañar al corazón. A ver qué imagen de nosotras mismas nos devuelve. Es entonces cuando nos vamos a descansar con la convicción personal, no de reunir todas las cualidades humanas habidas y por haber, no somos ninguna super woman o doña Perfecta, sino con la tranquilidad interior que nos da el hecho de saber que pertenecemos al selecto y exigente, nunca estulto y casi siempre abierto club de las personas íntegras.
USUE MENDAZA
