CASA DE MUÑECAS, de Henrik Ibsen bajo la dirección de José Gómez-Friha: La dignidad enmascarada bajo las lentejuelas del amor. Por Ángel Silvelo

CASA DE MUÑECAS, de Henrik Ibsen

Casa de Muñecas

Todo puede ser tan pequeño como una casa de muñecas o tan grande como el amor que no tiene miedo al engaño, porque la diferencia se encuentra en los márgenes de la realidad con la que nos fabricamos los sueños; sueños rotos por el silencio y la fantasía. Tras esas gotas de lluvia en las que parece la protagonista, Mamen Camacho (Nora) hay un potente mensaje de lo que era y, sigue siendo, ese terreno dentro-fuera que la mujer representa en la sociedad, porque la expresión de la actriz con sus labios pintados y sus ojos enmarcados en tonalidades rosas mientras se apoya contra el cristal que la separa del mundo exterior con el simbólico vaho que le sale de la boca (mundo interior = fantasía), existe un mundo exterior: frío, mojado e inaccesible para ella y, del que tan sólo le separa una fina capa de cristal: transparente por un lado y amurallada por otro, que la aísla y la enmudece (mundo exterior = silencio). Con esa simbología dual, en cuanto a los colores y las situaciones, juega esta versión de Pedro Villora acerca del famoso texto de Ibsen, encaramado por méritos propios a la cumbre de la escena teatral y feminista, y que desemboca en una puesta en escena en la que sobresale el simbolismo del piano-costurero-armario-buzón de correos que, en sí mismo, representa aquello que guardamos de cara a los demás y nos guardamos para nosotros mismos, en un nuevo juego dentro-fuera que define muy bien la esencia de la obra. Aparentemente no hay un gran clímax dramático a lo largo de la misma, salvo en la escena final, donde brilla con luz propia en su discurso, Mamen Camacho, a la que no pudimos ver su particular juego gestual en dicha escena, pues al estar la sala configurada en U, nos tocó presenciarla de espaldas a la actriz. Y salvo ese salto mortal final, la obra se nos presenta como una comedia romántica inicial que avanza hacia la intriga y desemboca en un drama con marcado acento realista.

La Casa de Muñecas de Ibsen, bajo la dirección de José Gómez-Friha es fiel, en cuanto a su desarrollo, a la versión original, y nos muestra la dignidad enmascarada bajo las lentejuelas del amor. Una dignidad, la de Nora, que se encuentra sumergida en la música de la pasión hacia su marido y, que transcurre por las siluetas de las caricias, la superficialidad y la necesidad de salir adelante, mientras esa dignidad se nutre y manifiesta hacia el exterior. Una dignidad que, sin embargo, se contrapone a los números escritos en las baldosas de color negro y, que la luz violeta, nos muestra en varias ocasiones para desenmascarar la ficción de un amor escondido en la singularidad y fragilidad de una pequeña casa de muñecas. Las verdades y mentiras de la vida y, los sueños que volcamos sobre ella, siguen manteniéndose de una forma asombrosa, a día de hoy, como hace ciento treinta nueve años. Los fornidos y opacos muros de antaño ahora son transparentes, pero siguen estando ahí, en ese mencionado juego dentro-fuera sobre el que cabalgan la verdad y la mentira, la dignidad y la desdicha, la realidad y los anhelos. En este sentido, no está de más que nos recuerden de dónde proceden esas fallas y cómo nos comportamos ante una de las taras más sonrojantes de la sociedad, a la que revestimos, eso sí, de unas telas propias muy llamativas para reivindicarla y engalanarla; unas telas que aún resultan insuficientes y, sobre todo, muy frágiles de cara a abordar un problema que, como tanto otros, está sumergido en la educación. El ostracismo de la mujer en una sociedad hecha y dirigida por hombres es todavía es más que evidente, y aún nos queda un largo camino que recorrer, para que a través de la igualdad, lleguemos a la dignidad.

CASA DE MUÑECAS, de Henrik Ibsen

En definitiva, Casa de Muñecas, es un buen ejemplo de por dónde empezar, pues no hay mayor dignidad que la que comienza por la de dar luz a la propia, pues se trata de una dignidad sumergida en demasiadas ocasiones en las tradiciones y en el vaho del auto-engaño. Es verdad que el amor es el gran impulsor de las pasiones humanas, aunque en ciertas ocasiones, como en este caso, la dignidad se halle enmascarada bajo las lentejuelas del amor. Un amor que se pudre en el silencio y que busca refugio en una frágil casa de muñecas.

 

Ángel Silvelo Gabriel

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