Madrid Negro (Capítulo I). Por Antonio Marchal-Sabater

Empiezo a rememorar mi vida, a contármela a mí mismo y a ustedes, justo antes del que creo que va a ser mi último minuto sobre la faz de este perro mundo del que ya nada espero. Si nada me ha dado hasta ahora qué puedo esperar ya de él. Si lo hago es solo por esa necesidad irracional que el ser humano siente a veces de contar las cosas, aunque sea a sí mismo. Machado dijo que quien habla solo espera hablar a Dios un día. Quizá sea eso, que ya estoy hablando con él y siento la triste sensación de que siempre ha estado ahí, mirándome oculto desde las tinieblas que habitan en lo más hondo de mí ser, desde mis sentimientos. Quizá Dios solo sea eso, nuestra conciencia, no lo sé; sólo sé que al llegar mi hora me estoy juzgando y no tengo compasión alguna de mí.
Conozco el lugar donde me tienen colgado del quicio de una puerta. Y aunque tengo la cabeza dentro de un saco de gruesa aspillera cuyo hedor a vómito antiguo, Dios sabe de qué desgraciado, me está ahogando, sé que a mis espaldas hay una ventana abierta y otra en algún lugar opuesto. Lo hacen para que la corriente de aire me debilite y acabe contándoles un secreto por el que ellos matarían y por el que yo estoy dispuesto a morir. Decirles lo que quieren saber no me costaría ningún trabajo, pero no estoy seguro que a mí me sirviera de mucho y haría mucho daño a un hombre que se merece un respiro en la vida.

Sé lo que va a pasar a continuación porque oigo el agua de la bañera llenándose y oigo sus voces, y, aunque aún no he visto sus rostros, tampoco lo necesito para saber quiénes son. Dentro de unos minutos, cuando esa herrumbrosa y descascarillada bañera, cuya imagen tengo grabada en mi mente, esté llena de agua fría, vendrán a por mí de nuevo. Luego, tras un baño de varios minutos, enjabonado a puñetazos y patadas, volveré aquí con el cuerpo entumecido, dejarán que el agua de mi cuerpo se evapore lentamente llevándose mis energías y de nuevo me meterán en la bañera, y después otra vez aquí; y así hasta que cante y muera o muera sin cantar, qué más da, mi suerte está echada, pero antes me llevaré mi ración de hostias, los insultos tampoco me van a faltar. Lo peor será al final, cuando desnudo y tiritando como un cachorro, con el cuerpo lleno de moratones me lleven a la habitación de al lado, quizá debería decir al calvario, y me metan la cabeza en una de esas bolsas de plástico que han dejado sobre la mesa. Entonces llegará el final. La práctica es peligrosa y sólo unos pocos sabemos hacerla; si no, que se lo pregunten al desgraciado que arrojó el vómito que ahora respiro ¡Perra vida!
–Anda, que no te ha ido tan mal –contesta una voz ronca y burlona desde el aseo que pronto será mi cadalso.
Sé que a lo largo de mi vida me he granjeado muchos enemigos, y sé que entre los de dentro de casa más, pero nunca esperé este desenlace; y todo por una simple quijotada, un absurdo en el que mi honor está en juego: no delatar a un hombre a quién prácticamente no conozco, pero que se merece vivir tranquilo los años que le queden.
Hay una nota cómica en todo esto, si es que en mi vida ha habido alguna vez una nota cómica. Por motivos que si puedo contaré, acabo de someterme a un largo tratamiento de dolorosas inyecciones de penicilina que no me va a servir de nada porque mi vida no le queda ni media hora de futuro. Ni ese pequeño sufrimiento de las dolorosas inyecciones ha querido ahorrarme Dios.
Todo este sufrimiento empezó hace apenas un par de meses, cuando decidí dejar mi puesto de jefe de la Brigada Político Social para dedicarme a ser detective. Aún recuerdo la tarde en que fui a visitar a mi hijo David para contarle mi decisión…

Continuará…

Antonio Marchal Sabater

Antonio Marchal-Sabater

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