Nieves Pradillo (9). Por Manuel de Mágina

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Fue a buscar a Luz Ángela al sitio donde tenía el negocio. Necesitó acceder a una de las vías rápidas que rodeaban la ciudad para ir hacia aquella barriada del extrarradio y abandonarla poco después para adentrarse por ella. Viejas casitas de pueblo convivían con chalés cerrados por altos muros, setos y rejas. Aparcó el coche y salió tras las gafas de sol con paso resuelto, portando el discreto maletín. El gabinete de Luz Ángela estaba en una esquina y compartía los bajos de un edificio de no más de dos plantas con una empresa de instalaciones eléctricas y un bar. Los clientes que desayunaban en la terraza se le quedaron mirando. El negocio, por fuera, era un derroche de radiante diseño. En los estilizados letreros: Scorpio, gabinete de estética. Salud y belleza. En los ventanales, de un enorme y solo cristal. Por dentro lo era más aún. Los materiales, los colores, la decoración, respiraban lujo. Hasta el olor. Bueno, el olor era un tanto dulzón. Un tanto dulzón para el gusto de Nieves Pradillo. Claro que había que tener en cuenta que ella era un poco adusta. Luz Ángela no estaba atendiendo a nadie a esa hora, demasiado temprana. Se daba pequeños toques en las uñas con un pincel, sentada en uno de aquellos sillones giratorios tapizados en crudo y rosa, vistiendo una de sus faldas y enseñando mucha nalga, de un tostado excesivo y probablemente artificial. Los zapatos que llevaba, sin embargo, eran un primor. Un auténtico primor. Se preguntó dónde los habría comprado. Cuando vio a Nieves, fue hacia ella abriendo los brazos —en una mano el frasquito, en otra el pincel—, haciéndole llegar dos besos.
—¡Hola, ¿qué tal?! Gracias por venir. Como puedes ver, a esta hora no estoy atendiendo a nadie, así que podré dedicarte todo el tiempo que haga falta. Además, está por llegar Carmen, la chica que está trabajando para mí.
Luz Ángela se esforzaba por ser amable con ella.
—Pues este es mi negocio, ¿qué te parece?
—Una maravilla.
—¿Sueles ir a algún gabinete?
Nieves no esperaba la pregunta.
—Sí… Sí…, a veces. Cuando me lo permite el trabajo.
Nieves hizo un gran esfuerzo para recordar cuándo fue la última vez que se lo había permitido. Más allá de lo que era estrictamente peluquería…
—Pues ya sabes que, si algún día decides venir, tendrás un descuento especial. Y ahora, si eres tan amable de acompañarme, estaremos mejor acá, en mi despacho —dijo, abriendo una puerta en un lateral.
—Claro. Como gustes.
Para la boda de su cuñado. Su cuñado tenía ya un muchachito casi mozo.

—Pues, tal como te dije, es un chico muy posesivo, celoso; y no entiende que yo me vista como me visto, me relacione con otros hombres, sea esto por trabajo o con amigos, ¿me entiendes? Y ya pasó de los gritos.
Nieves había desplegado su cuaderno y tomaba notas. ¿Cómo no la iba a entender? Le estaba dibujando el cuadro del perfecto maltratador. Los gritos, aun siendo algo lamentable, todavía entraban dentro del capítulo de las disputas maritales. Pasar de ellos suponía que el individuo podía haber estrenado la categoría de delincuente.
—¿Te ha llegado a tocar? Me refiero a si en algún momento ha empleado la fuerza contigo.
—Sí. Sí que lo ha hecho.
—E interpusiste denuncia…
—¡Claro que lo hice! Cada vez que pasó. Es por eso que me conociste allí. Pero de nada valdrá, ya me lo dijo el abogado.
—¿Acompañaste parte de lesiones en alguna de esas denuncias?
—No.
—¿Por qué?
—No sé; no lo creí necesario, la verdad. Pensé que bastaría con mi testimonio.
Qué ingenuidad la suya. ¿Y la del abogado?
—¿Te quedó alguna secuela? Quiero decir, alguna marca, cicatriz…
—No. Hasta ahora se ha limitado a abofetearme, a lanzarme para el suelo. Pero tengo miedo de que pueda ir más allá. Tengo miedo de él, ¿me entiendes? No para con sus amenazas.
—¿Qué te dice cuando te amenaza?
—Que cualquier día se va a ver obligado a hacer algo que no quiere.
Nieves respiró profundamente.
—Bien.
Movió las manos al maletín y extrajo nuevos documentos.
—Como ya te dije en la primera entrevista, he confeccionado un presupuesto de lo que te costaría el seguimiento del caso durante un mes. Tendrás una notificación semanal de mi trabajo y un informe final que te servirá para acompañarlo en una eventual denuncia. En todo este tiempo deberemos estar perfectamente comunicadas. Me hará falta conocer cada uno de tus movimientos. Por mi parte, te mantendré informada de cada paso que dé. Espero que no pase nada y que te gastes el dinero en vano. Seguramente sería lo mejor. De no ser así, confío en que mis averiguaciones te sirvan como medio de prueba.
Le acercó varios impresos con la orden y las autorizaciones.
—Tienes que firmarme todo esto.
Luz Ángela las firmó una por una.
—Necesitaré también un adelanto. En principio tengo abierto el porcentaje, pero pienso que estaría bien un treinta.
—No habrá problema con el dinero.
Luz Ángela miró la cantidad final que figuraba en el presupuesto. Luego se levantó y fue hacia una dependencia contigua cuya puerta se abría a su derecha. Nieves supuso que se trataría de un pequeño almacén o trastienda. Luz Ángela regresó con un pellizco de billetes de cien en la mano. Los dejó en la mesa, ante Nieves.
—Puedes contarlo. Creo que debe haber de sobra.
Y tanto que lo había. A Nieves se le alegraron las meninges con aquel florecido verdor. Introdujo los inmaculados billetes en un sobre, sobre que guardó en un bolsillo del maletín. Anotó la cantidad en el recibo y le dio una copia a Luz Ángela.
Suspiró, respiró al salir de allí. Pero, lejos de llevar una gran alegría, lo que sentía era una gran responsabilidad. Una responsabilidad que empezaba en la organización y eficacia de su trabajo y terminaba en la integridad física de Luz Ángela. Bien —se dijo—, primer caso, primera experiencia. Primer dinero. Todo era empezar, como había dicho Paco, y acababa de hacerlo. Ahora había llegado la ocasión de demostrarse a sí misma y a los demás.

Nieves jugaba con el vello rizado abundante (la mota que le asomaba entre las solapas del pijama) que su marido tenía en el pecho, el mismo que por casi todo el cuerpo. No hacía ni diez minutos que se habían acostado y prolongaban la conversación que mantenían en el estar.
—Por si fuera poco, él está en paro y es ella la única que lleva ingresos a la casa.
—Algunos no solo no valoran lo que tienen, sino que encima son tan malas personas como para hacer eso.
—Sí. Y la pobre chica está en un verdadero aprieto. No le han hecho ni el más mínimo caso. Ni una sola orden de protección, un alejamiento, nada. Debe esperar a que le haga daño de verdad para justificar que le pega. Tiene narices.
—Bueno, la justicia, ya sabes.
Paco, con su brazo derecho rodeando a Nieves, le acariciaba el bíceps. Sentía la blandura del pecho de su mujer en el costado, una pierna encima de la suya.
—¿Qué tal ha ido con el tutor de Minguito? No te he preguntado nada.
—Bien. Lo de siempre. Que es un crío con una inteligencia extraordinaria, pero que la usa solo para lo que quiere y cuando quiere. Que es cuestión —lo que yo te vengo diciendo— de estar encima de él y no transigir lo más mínimo. O lo que es igual: que hay que estarle enseñando la vara todo el rato.
—Es tan pequeño todavía…
—¿Pequeño? Desde pequeños es como se enseñan, Nieves.
Quedaron en silencio y Paco estrechó a Nieves y le dio un beso, mientras Nieves estaba un tanto abstraída. Luego Paco se giró y pasó directamente al ataque, momento en que Nieves se zafó de la presa y le dio la espalda.
—¡Venga, Paco, deja; que es muy tarde!

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