Oralidad y literatura para la infancia: Aprender a escuchar y responder con la paciencia de la tortuga. Por Salomé Guadalupe Ingelmo

¿Por qué no escuchamos suficientemente a nuestros niños? ¿Por qué no siempre se sienten libres de preguntar a sus mayores?  Y ¿por qué, cuando lo hacen, no siempre reciben respuesta o ésta no es siempre exhaustiva y satisfactoria?

Citaré muy brevemente un fragmento del Manifiesto universal por los derechos de las niñas y niños a la oralidad y a los cuentos presentado al mundo por la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE) en la Feria del Libro de Madrid de 2009 con el auspicio del Vicerrectorado de Cultura y Deporte de la Universidad Complutense de Madrid. Me limitaré a centrarme en algunos puntos concretos que se me antojan especialmente trascendentes, aunque todo él habría de ser tenido muy en cuenta.

3. Todas las niñas y todos los niños de cualquier raza, continente, país, idioma, posición económica, tenga su familia la visión del mundo que tenga, tienen derecho a que su madre y su padre, a que sus abuelas y abuelos, sus tías y tíos, y los seres humanos próximos, les hablen y les cuenten cuentos y narraciones diversas, todo animadamente y sin que estén presentes otros sonidos (la radio y la televisión encendidas, por ejemplo, que a esa edad no los influyen en positivo con sus resonancias, pero sí son interferentes).

 

El habla surgió ante todo
para testimoniar amor
y solidaridad.

 

4. Todas las niñas y todos los niños tienen derecho a que en las sociedades de escritura, y en las de escritura y medios audiovisuales, a las acciones insustituibles de contarles a palabra, voz y gesto vivos, se le sume el leerles cuentos en prosa y en verso, y comentárselos durante todo el primer año de vida, que es cuando se establecen las principales bases neurológicas y muchas de las conexiones que, en gran medida, dependen para constituirse de la presencia del habla, dependen de la presencia de la oralidad en los primeros meses; desde la ciencia se señala ya que la cantidad de palabras que una criatura escucha cada día en sus primeros meses es determinante para su desarrollo y para su posterior inteligencia, imaginación y capacidades creativas o creadoras, para su posterior interés y su comprensión lectora, para sus futuros avances y éxitos escolares, y para sus futuras aptitudes sociales.

 

La oralidad es cimiento colectivo de lo humano;
en verdad, nos definió como humanos.

 

7. Todas las niñas y todos los niños tienen derecho a que se les explique el mundo por medio de la oralidad, y, mucho, por medio de las conversaciones; derecho a que se establezca comunicación con ellos como interlocutores; y, cuando ya estén en condiciones de conversar, derecho a que, respetándolos como individualidades, se les escuche hablar para comunicarse, y se les responda a todas sus preguntas; y derecho a que siempre se tenga tiempo para conversar con ellos, y con ellos como participantes y protagonistas.

 

La oralidad es con el otro y no para el otro.
Contar oralmente es contar con el otro como interlocutor
y nunca como espectador.
De inicio los niños y las niñas tienen que comer,
que ejercitar y desarrollar su cuerpo y su mente,
y estos son los tres factores indispensables

para la salud y el crecimiento. Su ejercicio y desarrollo
mental comienza realmente cuando se habla para ellos,
y prosigue con la oralidad cuando se habla con ellos,
una oralidad que debe ser en plenitud
a lo largo de toda la existencia humana.

 

10. Todas las niñas y todos los niños tienen derecho a que se les compartan, siempre desde la oralidad y, paulatinamente, también desde la lectura, las tradiciones orales y las tradiciones memorísticas de los pueblos, aquellas tradiciones que tanto en ética como en estética respondan a los derechos y valores humanos universales y a los de la oralidad y el arte; derecho a que se les narren mitos y leyendas, cuentos populares comunitarios y cuentos populares maravillosos y cuentos de nunca acabar, entre otras artes y géneros de las tradiciones que narran historias, y entregan creaciones hermosas y críticas, creaciones imaginativas y sugerentes, esclarecedoras y soñadoras, todo desde la certeza de que en la medida en que se cuenta oralmente con las niñas y los niños se están desarrollando no sólo su capacidad de imaginar y su capacidad de crear, sino también su necesidad de aprehender cada vez más el mundo que los rodea.

 

La oralidad es de palabras verdaderas: de palabras ciertas y mágicas
de la razón y el sentimiento; de palabras ciertas
y mágicas de la invención y la reinvención.

 

Quizá nuestra sociedad, tan desarrollada en otros planos, no ha comprendido aún que está perdiendo un patrimonio precioso y privando del mismo a sus hijos, a los que habrían de ser legítimos herederos.

En un pequeño microrrelato escrito hace algunos años, “El niño y la tortuga”, yo venía a manifestar esa misma preocupación que reflejaba tan detalladamente en su día el manifiesto de la CIINOE. Ciertamente se trata de un cuento que se puede considerar dentro del género dirigido a la infancia, pero que en realidad pretende tener más repercusión entre los adultos. La intención, en definitiva, es hacer reflexionar a los padres sobre la necesidad de pasar más tiempo con sus hijos. Todos sabemos que las circunstancias, en estos momentos tan complejos para la economía en general y el panorama laboral en particular, no son las más proclives para fomentar la (re)conciliación entre familia y trabajo. Sin embargo hay que lograr, como sea, este difícil reto. Porque de ello depende nuestro futuro; el tener una infancia más sana y feliz, que se convertirá el día de mañana en una sociedad de adultos más sanos y felices, mejores y más equilibradas personas.

En este sentido el papel de los abuelos ha sido siempre fundamental. Generalmente en ellos ha recaído de forma habitual la responsabilidad de legar las tradiciones a las nuevas generaciones: contar sus cuentos, refranes, anécdotas, chascarrillos, trabalenguas, canciones para la infancia y demás bagaje cultural dependiente de la oralidad. Algo que en sociedades como la nuestra, marcadamente centrada en la escritura y cada vez menos comunicativa y dialogante, se está perdiendo. Por eso, entre otras cosas, la figura del abuelo, parangonable a la del anciano de la tribu en núcleos humanos más extensos que los meramente familiares, resulta fundamental. Ellos son custodios y trasmisores de la sabiduría del grupo.

Cosmogénesis maya a partir del caparazón de una tortuga

Cosmogénesis maya a partir del caparazón de una tortuga

En mi relato, ese abuelo o anciano de la tribu se vería representado por la tortuga, identificada siempre con la longevidad y la serenidad, con la sabiduría y la perseverancia. Además la tortuga aparece muy a menudo asociada en diversas tradiciones de culturas dispares a los mitos de creación, al nacimiento del universo. Así cobra más sentido que, en esa hipotética conversación entre el niño y la tortuga, el animal, con extrema paciencia, respondiendo a todas las dudas infantiles ‒como a veces los adultos de su entorno no hacen‒, descubra al infante los misterios del universo; su funcionamiento y rumbo. Porque no habríamos de olvidar nunca que el niño es un recién llegado; por fuerza en un principio ha de sentirse ajeno a cuanto le rodea. La familia, mucho antes que la escuela o que cualquier otra institución o grupo humano, es la primera en introducirle en el ámbito de lo social, en sus formas y costumbres. ¿Cómo podrá orientarse en un ambiente desconocido y a veces hostil si los adultos no responden sus dudas y calman sus inquietudes con explicaciones comprensibles y sinceras? Sin explicaciones a las que aferrarse, se sentirá abandonado y perdido.

Los adultos han de acompañar a la infancia en ese viaje iniciático hacia la adolescencia y la madurez: han de servir de prudente guía. Han de saber estar al lado, vigilantes pero concediendo libertad y autonomía al nuevo explorador que se acerca lleno de curiosidad al mundo. Velando y protegiendo discretamente: manifestándose cada vez que su presencia sea requerida o aconsejable, cuando el niño reclame o necesite una explicación en la que apoyarse. Hemos de aprender a estar ahí para evitar el tropiezo y la caída, pero no para coartar el avance y la indagación personal. Es muy complejo, lo sé. Pero convertirse en un buen educador nunca ha resultado sencillo. Y requiere, siempre y por encima de todo, mucho compromiso.

 

EL NIÑO Y LA TORTUGA

La tortuga es tan vieja como el universo. Ha visto y oído todo. Sabe cuanto se puede saber. Por eso no tiene nunca prisa, no corre enloquecida de un lugar para otro. Ha comprobado ya que todo seguirá en el mismo lugar al día siguiente, y al otro y al otro. Sabe que lo que se marcha inesperadamente sin siquiera despedirse no es lo suficientemente importante como para que merezca la pena perseguirlo. Tan lentamente se mueve que la Tierra la confunde con una piedra: entre sus escamas crece el musgo y los líquenes cuelgan de su cuello. Todo el tiempo es suyo. Tiene todo el tiempo para contar, para explicarle al niño su mundo, para narrar cómo éste fue creado. Cómo nacieron las nubes y los ríos, y por qué el sol cuelga del cielo sin caerse. Cuando el niño hace una pregunta, la vieja tortuga abre la boca y de ella salen mares y cielos y conchas y gaviotas voladoras. No hay una sola pregunta que quede sin respuesta. Y mientras el niño pregunta y la tortuga contesta, va surgiendo el mundo y se puebla la muda nada de pájaros, mariposas y cometas.

Salomé Guadalupe Ingelmo
Salomé Guadalupe Ingelmo

Blog  de la autora

 

*El niño y la tortuga recibió el Premio Extraordinario de Cuento Hiperbreve en el Concurso Internacional de Microficción para Niñas y Niños ‘Garzón Céspedes’ 2009 del Cuento, la Poesía y el Monólogo Teatral Hiperbreves de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE). Desde entonces esta pequeña joya inspirada en los mitos de creación de diversas culturas antiguas, y sin duda también homenaje al desaparecido Mario Benedetti, ha sido incluida en varias antologías del microrrelato, tanto dirigidas a la infancia como a los adultos. 

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