Rosalía entre los pinos. Por Betty Badaui

ROSALÍA ENTRE LOS PINOS

Ella no sabe que la estoy mirando, casi como un espía…

Está desnuda como las piedras que descansan sobre su tocador.

Sus manos acarician el rostro con la crema rosada; la vincha, del mismo color, está pegada a la frente. Esa frente, ¡Dios!, esa frente… Pulida, con una suave curva que se divisa de perfil, algo enigmático traspasa el espacio que nos separa.

Veo en esa frente gotas antiguas, aguas rumorosas, arroyos claros que reflejan bermejas piedras…

Bajo ese marco, el misterio de sus ojos… ¿me permitirá, alguna vez, conocer el color verdadero de sus ojos? Hoy son lilas, de un lila casi rosado; podría decir que desde este lugar, cercano y en penumbras, los identifico con la vincha.

Sus orejas desprovistas de aros (sólo mientras se masajea la piel) tienen ese peculiar encanto del caracol y sus sonidos. Está escuchando a Lucas Braulio Areco; se emociona, los alargados ojos se humedecen, agua clara con leve tinte róseo; ahora hunta su cuello elástico y fino.

Conozco esa galopa que tanto la conmueve: se llama Misionerita; nunca me dijo quién le regaló el casette cuando fue a Misiones, con sus libros y nostalgias.

PinosSus lágrimas se mezclan con la crema y Misionerita le dio lugar a Canción de cuna guaraní; algo cortante y frío baja hasta mi hombría: celos.

¿Dónde dejé mi carácter de quebracho colorado?

Creo que perdí el arrojo bestial del músculo alerta y arrollador… Pero la amo.

Sus pechos están enrojecidos, vuelvo a sentir celos, tomó sol totalmente desnuda; treinta años de piel masajeada y estimulada. Treinta años con curvas ardientes bajo el sol, desnuda como el aire.

 -¿Te gusta?

-Me gusta porque estás vos, sólo por eso.

-Ahora vas a poder contarles a tus amigotes que Rosalía te obligó a venir a Sedona. Y falta lo mejor: el bosque de pinos.

No sabía si estaba sonrojada por el sol y el clima, o por la excitación que le causaba llevarme al bosque de pinos de Flagstaff. El día en que fuimos llovió; ella, palpitante, me dijo: «no lo puedo creer, llueve, qué belleza; es un privilegio la lluvia aquí».

Y corría entre los pinos con su liviandad etérea, casi… casi parecía un ave fénix agradecida de la lluvia después de los cuarenta grados de calor. Yo sentí mi sangre agolpada en mi sexo, como coces de potro sin domar.

Corrimos. Rosalía bajo la lluvia… y yo tras de ella.

Cuando llegó el sosiego frené el impulso de mi tropilla para contemplarla… Deidad de mis sueños, con milenarios recuerdos inasibles para mí.

El encanto lo quebró ella, sólo ella; Rosalía, bajo la lluvia, exclamó: «cómo le gustaba a Manuel el olor a pinos mojados».

Y calló.

Volvimos una semana después. Hace un mes.

No me atrevo a preguntar; presiento que la verdad nos alejará.

¿Y qué es la verdad? «Lo que es verdad en un tiempo es error en otro».

¿Te acordás, toro implacable, de la frase de Montesquieu…?

Trato de aferrarme al pensamiento del filósofo, tomo impulso…, ya dejaré de espiarla y mientras la bese depositaré la pregunta en su lengua…

Montesquieu… tonteras; no soy filósofo, soy un músculo herido. Y ella es una rosa.

Puedo perderla; puede punzarme o devolverme la tranquilidad.

Músculo débil y herido… Seguiré con la espina.

Las cuerdas de Braulio Areco me llegan con Rocío

 

Betty Badaui 2015

 

BETTY BADAUI

Argentina

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