“Escribir un libro ha de ser como cerner el trigo”.

Doménico Cieri Estrada (1954) Escritor mexicano.

Mercedes Alfaya, escritora, trabajadora incansable de la cultura y autora de “El mundo de Aroa” nos explica:

«Le llamo ‘mal-jugar’ con el lector a llevarlo por un camino con los ojos cerrados para luego sacar el conejo de la chistera y esperar el aplauso (algo tan fácil como poco elegante). La magia hay que ponerla sobre la mesa y currarnos el truco; que el espectador piense que no es real, pero que le guste y le sorprenda lo que ve (o lo que no ve). Con respecto a ‘engañar’ al lector, hay una frase que me gusta mucho y que podría resumirlo muy bien: “Si eres burro teñido cuando llueva estás perdido”. Por fortuna, antes o después, siempre llueve en las historias del mentiroso, del engreído, del que mira al lector por encima del hombro pensando que el único listo es él..

Lo que sí debería quedarnos claro es la intención que nos mueve a escribir una historia, porque de ello va a depender en gran medida que el lector se sienta engañado o no. Por ejemplo, no es lo mismo que nos mueva la vanidad, a que nos interese compartir una historia, un hecho sorprendente, mágico, inusual o de otra índole, para lo que, desde luego, resulta lícito y hasta profesional el uso de cualquiera de los trucos o recursos que aprendimos en la ‘escuela de magia’.

Creo que lo que falta en este mundillo es reconocer que escribir, escribe cualquiera, pero a ser escritor se aprende: con oficio, tiempo, dedicación, adiestramiento, ganas y echándole muchas horas. Y cuando, a fuerza de todo esto, conseguimos que el burro de la frase luzca impecable ¿quién necesitaría teñirlo?…».

Sin embargo ENGAÑO Y DECEPCIÓN no siempre van de la mano. Hay autores muy reconocidos, aclamados por la crítica y con una larga estela de premios en su haber que nos pueden defraudar en un momento dado y no por ello sentirnos engañados con su trabajo. A estas alturas, algunos escritores con fácil tendencia a la decepción, deberían saber que MENTIR, ENGAÑAR y DEFRAUDAR, aunque parezcan sinónimos, albergan contenidos sutilmente distintos. Según la RAE, mentir es ocultar algo o decir lo contrario a lo que se sabe. Engañar aparece como primer sinónimo de mentir y alude a dar a la mentira apariencia de verdad, inducir a alguien a que tenga por cierto lo que no lo es. Sin embargo, defraudar, aunque uno de sus sinónimos sea engañar, en su segunda acepción significa frustrar, desvanecer la confianza o la esperanza que se puso en alguien o en algo. Por lo tanto no podemos equiparar engaño y decepción, aunque es cierto que un texto, relato o novela, nos puede inducir los dos sentimientos, como nos ha pasado con la historia de Emily. Además, la mentira de un escritor siempre será juzgada de forma más dura que la decepción; la primera alberga un carácter objetivo, más fácil de reconocer por los lectores; sin embargo, el sentirse defraudado es muy subjetivo y no todo el mundo lo sufre con la misma obra.

Tampoco podemos confrontar engaño y mediocridad. Es decir, pensar que la mediocridad del escritor conduce, sí o sí, a engañar al lector; o que el que engaña es mediocre. Un escritor puede ser mediocre, pero honesto; sin embargo, hay escritores de talla y tronío que alguna vez han engañado al lector con descaro y sin ninguna clase de elegancia. Ser buen escritor no es, en absoluto, sinónimo de “no engañar al lector”; se puede escribir de fábula y pergeñar textos enrevesados y poco creíbles…

Lo importante, aunque seas aún mediocre y estés en el camino de la alfarería literaria para aprender a hacer bellos jarrones con tus letras, es ser honesto contigo mismo porque es la única forma de serlo con los demás… Así, se hará más difícil que tu ego se interponga para engañar al lector y lucirte tú. Esto no es óbice para meterte a fondo en la piel de tus personajes y dejar de ser quién eres por un rato; exigencias del guión que no tienen nada que ver con mentir al público… Es parecido al teatro… No porque seas egoísta vas a dejar de interpretar el papel de generoso o porque seas reservado no puedas hacer de imprudente… Sin embargo, el lector (o el espectador) va a quedarse con el personaje, con la fuerza que le imprimamos al papel (de actuar o de escribir…), al margen de que en nuestra vida personal, por ejemplo, nos cueste dar al otro o nos guste la discreción… Vamos, que un vividor podría interpretar perfectamente a un cura, y viceversa. Siempre y cuando la historia siga una lógica y nuestro ego no quiera despuntar a toda costa; o sea, que si somos verdugo, no giremos de repente el asta a nuestro favor para alzarnos en una víctima vitoreada y ensalzada por el público…

Me viene a la memoria un micro que escribí hace tiempo… Comenzaba con las disertaciones de una madre muy preocupada por su hijo; parecía que había perdido la cabeza por una esposa (nuera para la madre) ingrata, pero al final, ¡se trataba de una tortuga! Mi profesor me comentó que la reacción del hijo era muy exagerada y que además, la madre lo exponía con demasiada seriedad y complicidad hacia el hijo, provocando, al terminar su lectura, que el lector se sintiera algo engañado y defraudado… Al principio no lo entendí y por más vueltas que lo daba, no lo pillaba. Creo que mi incipiente ego (literario) se interponía en la sencilla tarea de la comprensión… Siguiendo los consejos y sabias recomendaciones de mi profe, conseguí al final un micro muy divertido que incluso fue publicado en una Antología de microrrelatos. Ahora, lo he leído de nuevo y comprendo “aquel engaño” (inconsciente) mucho mejor: sacar el conejo de la chistera para lucirse uno… eso fue lo que hice, sin proponérmelo, claro. Así que otra conclusión que saco de este tema es la siguiente: hasta el escritor novel más bisoño, comete este tipo de “fallos” al principio… ergo, escribir es también un camino de evolución personal o como dice José Luis Sampedro :«escribir es vivir». Al principio, el tierno egito busca su hueco para lucirse y llenarse el ánimo con aquello de: «¡et-voilà!… ¡mira que conejito más reluciente!», pero a medida que uno se va ejercitando, entra en el noble arte de camuflarse con el papel (de actuar o de escribir), sin importarle (porque ya no se piensa en ello) que suenen más o menos los cascabeles que inflarán el ego. Por eso, si nos lo cuentan desde el corazón, si el escritor es capaz de “meterse en la piel” de sus personajes, hablar y actuar por ellos, el lector sentirá una inevitable empatía por estos seres ficticios y, aunque es consciente de que no existen, de que es un “engaño” del escritor, los integrará en su ser como si fueran coetáneos a su propia existencia.

Mar Solana
Blog de la autora

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Sobre el engaño al lector (Segunda parte). Por Mar Solana, 10.0 out of 10 based on 1 rating
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